Lo fácil es decir que nada pasó


Como mi memoria es especialmente pobre y frágil, a diferencia de la de muchos de mis amigos y personas que me rodean, ando con cuidado. Lo esencial lo guardo a buen recaudo, y procuro escribirlo en uno de esos cuadernos de pasta dura y que quedan bien en la estantería. O contárselo a alguien capaz de entrar en mi secreto con los pies descalzos. Para no engañarme, y no errar en mis pasos, y para poder repasar. Si alguien me preguntara por un momento decisivo de mi vida sería capaz de ir a la fecha exacta, abrir la página, leer y recordar. Algunas veces la perspectiva ha variado tantoque me sorprenden las pasiones y me ilumina mucho con qué afán, virtud y pasión acogía el acontecimiento que tenía delante. Dicho sea de paso, las grandes páginas no se escriben sólo en las circunstancias más favorables ni más adversas, existe un largo camino de preparación cotidiana. También de esos momentos guardo buena memoria escrita. No digo dónde están los cuadernos, no sea que alguno los asalte y atraque impunemente mis recuerdos, que no son los suyos. Los amigos los piden, los conocen y los guardan también. Aunque insisto, ellos tienen mejor memoria y no necesitan portar siempre con ellos las cuadrículas en las que yo escribo. ¡Qué suerte tienen!

Acompañando a otros, una de las primeras tareas consiste normalmente en revisar la propia historia, para buscar luz sobre nosotros mismos, explicaciones, fundamentos. También en la amistad procedemos de igual manera, y nos vamos contando la vida en diálogos aislados, que poco a poco van teniendo más memoria compartida. ¡Qué bonito es aquel momento en el que comienzas a decirle al otro que ya te lo dijo, que eso ya lo sabes, o lo completas en tu interior e incluso le haces recordar algo! Insisto, como yo soy de pobre memoria, agradezco a mis amigos que cultiven mi historia.

Lo que me sorprende en determinados momentos es la falta de claridad, como si nada hubiera pasado, respecto a puntos cumbre de nuestras historias personales. Por ejemplo, cuando le pides a una pareja que se va a casar en breve cómo se conocieron y cómo empezó todo. ¡Claro que recuerdan el sitio, la fecha y la situación! No hablo de eso, tan externo, sino de sus movimientos internos. Ahí hacen aguas, se mueven con inseguridad, parecen pisar terreno incierto. O, siguiendo con los ejemplos, respecto a la elección de la carrera en la universidad. Ya sabemos que a mayor cercanía, menos memoria es necesaria. Pero cuando preguntas a alguien adulto, en una conversación adulta y madura, con inquietudes propias del momento, que qué hace trabajando en esto si siente que su vocación va por otro lado, que sus dones encajan en otros lugares, que su pasión poco o nada tiene que ver con lo que hace, no sueles encontrar muchas o muy sinceras respuestas. De nuevo, surgen sombras, faltan piezas, aquello no encaja, la versión de la realidad y la que pronuncian los labios discrepan y pelean entre sí. Más ejemplos, en los comentarios sobre la fe y la iglesia que se dan en lugares insólitos. Al menos en mi caso, Dios sale a mi encuentro en cualquier rincón. Parece que suscito preguntar por mí mismo, pero no es así. La gente me pregunta sobre Dios, sobre la Iglesia. Y cuando hago yo lo mismo, cuando empezamos a meternos en la harina de su vida, de su fe, de su recorrido, de su tiempo de cercanía y de su distancia (en muchos casos) respecto a la vida religiosa, vida de oración, vida de caridad y compromiso… volvemos a lo mismo de antes. La gente cuenta se cuenta a sí misma como si no hubiera pasado nada. Algo así: “Pues nada, las cosas fueron cambiando.”

Negar que en nuestra historia han sucedido cambios intensos, que existen existen bisagras y fisuras que amenazan girar o romper, que ciertos acontecimientos son decisivos y que somos terreno disputados por unos y por otros, por el amor y por el odio, por la desconfianza y por la fe, por la verdad y la mentira… negar todo esto nos sepulta en la ignorancia de nosotros mismos. ¡Claro que pasó algo! ¡Claro que sigue pasando! ¡Claro que pasará todavía más! Y está en mi mano, en mi voluntad en cierto modo, secundarlo, propiciarlo, amarlo o evitarlo, ser inteligente con lo propio o potenciar el olvido y esa fluidez líquida que gobierna las sociedades modernas.

Insisto, lo fácil viene a ser decir que nada pasó. Que todo fluyó con normalidad. Que no hubo ninguna motivación, ni voluntad, ni manipulación, ni deseo por medio. Que no existió ni lucha, ni combate, ni cambios importantes. Como si nada hubiera pasado, aun siendo elementos que trastocan la vida humana por completo. Seguir por ese camino, el de dejarse llevar, el de no gobernarse, el de no reconocer qué nos aleja o acerca a lo importante, el de tratar todo con el pesimismo de lo vulgar y el sinsentido del relativismo. El único momento en el que justificaría realmente esta frase sería cuando quieres disculpar, en presente, a otra persona. Pero aquí, no se utiliza demasiado. Al menos en lo que yo veo y compruebo habitualmente.

Yo no me lo creo. No creo que nada sea tan limpio, ni tan puro en las cosas de los hombres, en contacto con lo humano sincero, ni en la relación entre las personas. Tampoco sucio y oscuro. Sí relativamente complejo, o abundante. Como la foto de arriba. Desde fuera se parece más a un nudo que a un camino. Pero lo cierto es lo segundo. Y además, un trayecto breve y sencillo. Subirse, dos o tres sustos, una curva, y todo completo.

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