Leer a Shakespeare


A nadie se le ocurrirá pensar que alguien puede pasar a la historia como un genio y artista de la lengua con dos o tres frases magníficas. Eso no sucede ni en Twitter. Lo del amigo William rebasa cualquier espectativa humana. Como decía hace poco un amigo, te puedes entrenar, asistir a cursos y formarte, ensayar hasta el desmayo, que serás superado fácilmente por alguien que haya sido dotado por la naturaleza del don que tú buscas alcanzar a través de la tenacidad y la constancia. Competir escribiendo con Shakespeare sería absurdo. Si acaso, intentar imitarle, copiarle en cierto sentido, educarse en sus letras. Lo dicho, que sus obras no se reducen ni mucho menos al “be or not to be”, pero en la vida o eres o no eres y no hay muchas más vueltas de hoja. Ni la locura de Hamlet, ni la trágica Macbeth, ni el apasionante Otelo, ni la pasional Romeo y Julieta surgieron en una noche de verano, junto al mercader de Venecia, o al son del cascar de las nueces. El tiempo en ellas sólo ha conseguido afirmar que era necesario que hubieran sido escritas. De hecho, algunas de estas grandes obras esperaban en los tinteros desde tiempos de Cleopatra, y por fin en su pluma quedaron moldeadas en piedra que perdurará.

El teatro se hace fácil permaneciendo dentro del auditorio, dialogando internamente con los personajes que aparecen. Pero su lectura privada se hace más rica, más pensantiva, más ligera por momentos y más rebelde según las circunstancias. Trasporta a mundos dibujados con los ojos de la imaginación que esta vez permiten entrar en los monólogos, pensamientos, almas, luchas y combates de sus personajes. El Shakespeare que yo he leído, aquel que se ofrece traducido con lenguaje castellano antiguo en sus tragedias, hace pensar sin descanso. El ritmo de su lectura se diferencia mucho de las películas y obras representadas, y prefiero la pausa y paciencia de la primera a la provocación de las segundas. Algunas veces, al menos.

Sus sonetos, poco conocidos, encienden el alma. Aguardan y desean ser conocidos. Sonetos que en nada se parecen a la rígida métrica y orden español. Porque los ingleses siempre han ido por libre. Y que hay que aprender a leer en la propia lengua. Pero me apasionan. Hoy os dejo con el primero que encontré, en una Feria del Libro, el mismo día que compré este volumen eterno que al poco tiempo me vi obligado a regalar a alguien que lo disfrutará más que yo, al ser una edición bilingüe. ¡Cuánto me gustaría leer a Shakespeare tal y como escribía él mismo!

XXIV

Pintores son mis ojos: te fijaron
sobre la tabla de mi corazón,
y mi cuerpo es el marco que sostiene
la perspectiva de la obra insigne.
A través del pintor hay que mirar
para encontrar tu imagen verdadera,
colgada en el taller que hay en mi pecho
al que brindan ventanas tus dos ojos.

Y observa de los ojos el servicio:
los míos diseñaron tu figura,
los tuyos son ventanas de mi pecho
por las que atisba el sol, feliz de verte.

Mas algo falta al arte de los ojos:
dibujan lo que ven y al alma ignoran.

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