A los que hoy se casan, están casados o se lo andan pensando


¡Sed felices! Os lo digo de corazón, casi empalagosamente. ¡Sed felices! Ninguna otra meta puede ser ni tan humana, ni tan deseable, ni tan esencial hoy como esa. ¡Sed felices! Os lo repito cansinamente, ¡sed felices! Los días que corren, que son todos, pueden dejar huella en vosotros si no vivís en las nubes de la ignorancia, del deseo, de lo meramente esperado. Comprometed vuestras vidas en esta alta meta, tan pegada a la tierra y a las cosas de los hombres, como encumbrada sobre las montañas, los cerros altísimos y las nubes del horizonte.

De nuevo hoy tengo la oportunidad de acompañar a dos parejas en su matrimonio cristiano. Diacrónicamente. Por la mañana, por la tarde. Y una tercera pareja a la que visitaré, con gusto, esta noche cuando nazca su pequeña. ¡Cuánta vida! ¡Cúanto sueño! ¡Cuánto amor!

Soy de esos, por otro lado, que buscan encontrar sentido a lo que hacen. Unas veces preguntándome a base de estudio, y de lecturas. Otras dejándome llevar por la intuición. No me agrada tanto cambiar y renovar, cuanto conformarme con lo que hay entrando en su misterio. Y he descubierto con el paso de los años que la liturgia del matrimonio es tremendamente rica, verdaderamente bella, y magníficamente prudente. Supongo que se podrían decir muchas más cosas, crear nuevos símbolos, alargarla hasta la saciedad con palabras y palabras, intervenciones e intervenciones. Pero la que hay es sobria. Vivida pausadamente no supera los 45 minutos. Pero insisto, se pueden hacer, seguramente se hagan muchas otras cosas. Yo me conformo con lo que hay, y me sobra. Al mismo tiempo se proclama presente, y pide continuidad, desarrollo, crecimiento, expresión, longitud. La liturgia se asemeja de este modo a un concentrado, al que hay que ir nutriendo de agua con tiempo para que llegue a plenitud, o semilla que hoy germina aguardando el fruto que vendrá, dará sabor y nutrirá la existencia.

Los novios y las novias habitualmente llegan con cara de poema. Nada lírico, por otro lado. Se conjugan las ganas sonrisas tímidas con las histéricas, el orgullo del momento con el deseo de esconderse en el último banco. Delante de todos prometerán, y firmarán, amor todos los días de su vida. ¡Increíble! Amor y respeto, las dos tareas. Todo comienza con una procesión, un saludo, una oración. Para ese momento, los nervios dejan de punzar el estómago. Se puede escuchar libremente la Palabra proclamada. ¡Qué bonito es saber que los propios novios las han escogido porque identifican y reconocen en ellas! ¡Qué sublime es reconocer, por otro lado, que seguirán cumpiéndose, cambiando su forma de mirar y de leerlas! Esta Palabra, en dos o tres lecturas, tienen capacidad suficiente para cambiar sus vidas de arriba a abajo, siempre que escuchen, penetren en su corazón y nutran sus entrañas. Año tras año, los novios deberían volver a leerlas el mismo día, casi a la misma hora en que contrajeron matrimonio. Ya no como novios ingenuos, que no sabían de verdad qué les depararía la vida, sino como esposos que se mantienen en fidelidad.

Pasada la homilía (desde aquí hago un llamamiento a todos los curas a la brevedad y grandeza del momento, que no por mucho hablar serán más escuchados, sino por llegar al corazón), llega el momento de las preguntas. Tres suelen hacerse, pudiendo prescindir de la tercera según las circunstancias apropiadas. Se llama escrutinio. Todas las preguntas han sido redactadas con increíble acierto y profundidad. Escuchad bien los temas que tocan:

(1) ¿Venís a contraer matrimonio libre y voluntariamente? (2) ¿Estáis decididos a amaros y respetaros mutuamente siguiendo el modo de vida propio del matrimonio durante toda la vida? (3) ¿Estáis dispuestos a recibir de Dios responsable y amorosamente los hijos, y educarlos según la ley de Cristo y de su Iglesia?

Haciendo recuento se toca (1) por qué están aquí, en ese momento, y si ese momento el libre y voluntario, sin coacción y porque quieren, habiendo elegido bien qué quieren y sabiendo a qué vienen; (2) sobre la intención de lo que van a hacer, es más, sobre la decisión que les ha conducido al altar, a mirarse el uno al otro, a sonrerírse el uno al otro, a querer sacramentalizar su amor, y en la misma pregunta de la intención se concentran de nuevo más temas: amor y respecto -porque no todos los días, lo siento mucho, estamos en disposición de amar pero sí de respetar y permanecer-, el modo de vida propio del matrimonio, sin concederse subterfugios y conformarse con menos, porque el matrimonio tiene unas características propias, un estilo y modo propio que se puede conocer, que se puede vivir, que es necesario elegir y optar por él; (3) y sobre la responsabilidad de la vida recibida de Dios, no de los planes, proyectos y cábalas personales, sino de Dios y en responsabilidad, esto es, colaborando con todo nuestro ser en unión con él, y sobre la educación de los hijos, de la que tardaríamos mucho más tiempo en hablar. Los tres puntos, como se ve, radicalmente esenciales. Libertad, Intención, Vida.

Pasado el escrutinio, llega el consentimiento matrimonial. La monición del cura y la bendición final, envuelven el acto, no sólo palabras, en el que se realiza el sacramento del matrimonio (no quiero ser puntillista). El Espíritu debe descender sobre ellos ahora para consagrarlos en la verdad y en el amor, para que digan y hablan según el mismo corazón de Dios. Aquí, en este instante, su vocación deja de ser llamada y dan respuesta. Ofrecen su sí, con todo lo que son, han sido y serán. Momento, de nuevo, en el que la historia se empaqueta, se embellece, se le pone un lazo digno del mayor de los regalos posibles. En la fórmula que aconsejo utilizar los novios hablan. Todas las palabras dichas en ese instante se deberán cumplir en sus vidas. No lo saben, pero será así. Es la siguiente: Yo, N, te recibo a ti N como esposa y me entrego a ti, y prometo serte fiel en la prosperidad y en la adversidad, en la salud y en la enfermedad, y así amarte y respetarte todos los días de mi vida. Sólo comento que, a diferencia de lo que muchos piensan que es el sostén y fuerza del matrimono, que es el amor que pueden sentir para la otra persona, lo cierto es que esta fórmula breve revela que el verdadero origen está en considerar como don recibido a la otra persona, en tanto que persona con una vocación particular hacia uno mismo. Aquí no hablamos del compromiso férreo por amar, por cuidar, por el cariño y por la ternura, por la fidelidad  y los hijos. No hablamos de eso primeramente. Sino que nombramos a la otra persona, por vez primera en la historia como “esposo/esposa”. Ese reconocimiento lleva, ahora sí, a la mutua donación, a la entrega, a la promesa de fidelidad en la circunstancia que sea, y, en entrega y fidelidad, llegará el amor y el respeto durante todos los días de la vida.

Lo que viene después, en el rito católico moderado por la sobriedad, son dos meros símbolos, las primeras entregas de los esposos. Bendecidas por el Señor. Y ojalá, dicho sea de paso, que todo lo que se entregasen los esposos fuera bendecido, revisado a los ojos del Señor. No sólo “cosas” en aniversarios, sino en el día a día, en los detalles, en las palabras. O fuese puesto, y esto es tarea cristiana y de la comunidad, iluminado de este modo.

Los dos símbolos, archiconocidos, de los anillos y las arras, tiene para mí un significado particular. Algo estudiado, pero cargado de sentido por mi propia vocación de vida religiosa.

  1. Los anillos, para saber a quién pertenezco. Como los anillos medievales, que decían cómo un vasallo era de su señor con todas sus posesiones, y se entregaban en un acto solemnísimo, del mismo modo los anillos son ahora signo en el matrimonio de pertenencia en igualdad, de servicio en igualdad, de ayuda mutua en igualdad. Símbolo permanente no sólo  para la conciencia particular de cada uno, sino socialmente. Quiero que lo sepan todos, estén o no estén en este momento. Que tengo dueño, que soy siervo de otra persona por amor.
  2. Las arras refieren al mutuo compartir las cosas. Porque las cosas se pueden someter también al amor, y qué triste puede ser comprobar que no sucede esto así, sino que van cosas y corazón enfrentados por el mundo, como dos señores a los que servir. Hoy, bajo el símbolo de las arras, creo que también se esconde la voluntad de rechazar todo con tal de conservar el amor, de regalar el cielo y la tierra si fuera necesario, de no hacer nada propio, iniciándose así en el desprendimiento. Pero, ¡atención!, no sólo los bienes, las cosas, y las bondades. También la propia persona, poniendo corazón en ella y sentido en lo que se hace, hasta completar esa donación generosa de uno mismo. Estimo que aquí la liturgia, humildemente, debería considerar también la necesidad de entregar las pobrezas personales y dejarse querer en ellas. Aunque quien así vive, lo cierto es que puede ver la debilidad propia como una riqueza para un amor más grande. Mis amigos dicen que soy un romántico por verlo así, y yo les respondo, a quienes todavía no lo han vivido como digo, que les falta camino por vivir en abundancia. Que no se trata de romanticismo, sino de vida en plenitud.

Termino diciendo que el cura es mero testigo cualificado del momento, y ojalá sea un modo de incorporar un amigo más, desde el inicio, a la familia. Quienes se casan, a ciencia cierta, son siempre los esposos. Y si es gran don ser testigo del amor verdadero, tan contrastado por la cantidad de parejas que conocemos a lo largo de la vida, lo cierto es que el amor más grande está reservado para ellos dos. El matrimonio, para ser tal, debe consumarse. ¡Noche de bodas! Y debe ejercerse en lo cotidiano, en lo secreto, en lo pequeño, en el corazón de cada uno. ¡In fieri!

Hoy ha sido largo el post, pero hay mucho amor en ello. Es como una gran oración en mi corazón, de recuerdo a todas las parejas con las que comparto a diario, esporádicamente, o alejados a nuestro pesar. Queridos amigos, os brindo la oración de la iglesia sabiendo que vosotros, en ella, también oráis por quienes os quieren bien. ¡Sed felices!

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3 pensamientos en “A los que hoy se casan, están casados o se lo andan pensando

  1. Pingback: A los que hoy se casan, están casados o se lo andan pensando | Preguntarse y buscar

  2. Va a hacer un año que nos casamos, ahora, en julio. En este año hemos sido afortunados de tener una hija, preciosa, estupenda y muy buena. Y hemos pasado juntos todo el tiempo posible, porque nos queremos (es tremendo que te quieran como eres). Y así queremos seguir siempre, juntos. Nada más, pero nada menos. No sé, eso es mi matrimonio.
    El post es precioso.
    Un abrazo.

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