¿Por qué eres cura?


Os aseguro que es una de las preguntas que más me hacen. En dos situaciones, además, muy diferentes. O bien no me conocen de nada. O bien, tienen mucha confianza conmigo. Como podréis adivinar, las respuestas no pueden ser iguales. No es lo mismo hablar con alguien que no sé qué piensa realmente de lo que estoy diciendo, y para quien mi lenguaje es ajeno totalmente, que para una persona que, además de ser cercana a mí por lo que sea, me conoce en mi vida cotidiana.

Sinceramente, me gustaría que me lo plantease más gente, para mí es una oportunidad.

Y no tengo una respuesta clara. A los primeros les digo que sentí la llamada de Dios a la vida escolapia siendo alumno del colegio de Getafe, teniendo trato con los grupos de fe y con algún que otro escolapio y calasancia (una rama femenina de nuestra familia), que aquello me ayudó a enderezar mi camino y entonces fue cuando me planteé: “Si he cambiado yo gracias a ellos, ¿será que Dios me quiere en el mismo lugar, tomando el relevo?” Y entonces, ya en serio o medio en broma, surgió la pregunta, fui, probé, dialogué con escolapios que, gracias a Dios, me enseñaron muchas cosas y libremente vi que era mi lugar en el mundo.

Entonces es cuando me preguntan: “¿Y cómo lo sentiste?” Para mis adentros pienso: Este es el momento en el que me apetece decir: “A que mola sentir que alguien tiene un sueño para mí. Tú también lo buscas, ¿verdad? El sentido de tu vida, algo que te haga ser feliz, estar lleno…” De verdad, es uno de los momentos en los que más me doy cuenta de que todos tenemos una llamada, que Dios sueña con todos.

Lo cierto es que lo anterior, todo lo que he dicho, es verdad. Pero hay más razones. Ni mi vida, ni mucho menos toda mi historia, y ni de lejos el plan de Dios se puede reducir a lo anterior. A los segundos, a esos que digo que Dios me ha acercado de forma particular, les cuento algo mayor. Les digo, con el corazón en un puño y los pelos como escarpias, que un día que buscaba, como todos los días, algo de paz y sosiego escondiéndome un poco de mí mismo, Dios me quiso y me hizo ver que a su lado nada es comparable. Les cuento que no era un joven entre otros, porque la verdad es que era verdad que andaba metido en más líos de los que me correspondían y había dado un giro raro a mi adolescencia. Pero aquel día, entre la penumbra vislumbré una voz y una Palabra. Escuché… Y me interrumpen para preguntarme si escuché de verdad una voz. Momento en el que yo, casi tan pesadumbrado como indignado, les digo que no, que una voz en sí no, pero que sí viví que alguien me hablaba. ¿Escuché? Sí. ¿Una voz? Sí. ¿Algo extraordinario? No. Quizá tan ordinario como los impulsos del corazón, los deseos, los vértices de la propia vida y los irrenunciables que todos tenemos, pero sacados a la luz con tanta fuerza que no eran, ni de lejos, algo mío. Os aseguro, prosigo yo diciéndoles a mis amigos, que si entonces me dicen que “voy a ser cura” el primero que se ríe no soy yo, sino cualquiera que me conociera entonces. Yo no me reí.

Y aquello no se fue de mi vida. Se clavó hondamente aquella palabra, de tal manera que todo a mi alrededor era incomparable a lo vivido entonces. Por donde iba venía conmigo, no repitiéndose como el pepinillo, sino sazonando todo. Empecé a mirar de forma diferente, a sentirme diferente, a descubrir que algo particular y único, no por extraordinario sino por personal, había acontecido en mi vida. Es cierto. Los lugares por los que iba y salía no parecían los mismos. Al contrario de lo que alguno puede pensar, no condenaba por “malos” a los demás, sino más bien por “mejores” que yo. Casi todos me parecían mejores para la llamada que sentía, pero es que la llamada era mía.

Mal hubiera hecho pensando que aquello se pasaría, sin más. Hubiera perdido el tren de lo que soy ahora. Y, créeme, no quisiera saber en qué líos andaría, a estas alturas.

¿Soy mejor que otros? No. ¿Soy distinto? No demasiado. ¿Soy anormal, extraordinario, extraterrestre? Ni de lejos, y cuanta más gente conozco y situaciones aparecen ante mí, menos. ¿Soy único? Sí, como cualquier persona. Y, en parte, en esto consiste mi vocación. Como soy cura, y eso para muchos es rarísisisimo, aprovecho para decir, cuando me hacen esta pregunta, que para Dios todos somos únicos. En esto consiste la vocación. La mía, y también la tuya.

(Tomado de Preguntarse y buscar)

Por cierto, el de la foto no soy yo.

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2 pensamientos en “¿Por qué eres cura?

  1. En relacion a la foto:

    Es un sacerdote, un instante antes de ser fusilado a causa de su fe. La foto estaba en el despacho del recientemente fallecido, en trágico accidente de montaña, don Pablo Domínguez, Decano de la Facultad de Teología San Dámaso, de Madrid. El pasado mes de enero, lo visitaron unos Legionarios de Cristo. He aquí su testimonio:
    -«¿Eres tú, Pablo, hace unos años?», le preguntamos.
    -«¡No!», y sonriendo dijo que le gustaría haberlo sido… «La conseguí en Moscú, en un congreso. Me gustó y, al leer las frases del recuadro, me interesé mucho más. Es la fotografía -lo explicaba brillándole los ojos, se sentía emocionado y con ganas de imitarle; parecía que hablaba de sí- de un sacerdote español, el Beato Martín Martínez, operario diocesano, natural de Valdealgorfa (Teruel), diócesis de Zaragoza. Se la tomó un fotógrafo ruso que estaba entre los republicanos, durante la guerra civil española. Fijaos bien en su mirada firme, los brazos en jarras, seguro y valiente… Se la tomaron un segundo antes de fusilarlo».

  2. Creo que a veces tenemos la respuesta a saber cuál es la vocación de vida y no la vemos porque no queremos. Me sorprenden siempre tus escritos y en este caso ver qué claro que lo llegaste a tener, la llamada. Claro que vino el proceso de formación, pero la clave de la escucha de la llamada es vital. Sin embargo, me pienso que desde la vida que tengamos en la Iglesia igual tenemos una llamada. Si yo no estuviera en la iglesia activamente estaría en qué sabe qué enredos. O sea que al final he escuchado una voz que no me ha dejado solo, como tú. Te preguntan porqué eres cura, creo, por el mundo en que vivimos, que hay muy pocos que quieren dejar este ‘mundo’ para servir a los demás o pensar que hay alguien que desea servir a Cristo es un demente. Los escolapios y las calasancias sí que fueron una huella en mi vida escolar también. Conocí a varios de ellos y me ayudaron a ser mejor persona, a conocerme, a saber que había dentro de mí y empezar a moldearme. ¡Qué bueno que eres cura y estás en el siglo XXI haciendo reflexiones para todos! Gracias por tu servicio a los demas.

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