La vida no se deja controlar


  Es tan sencillo hacer la experiencia de indefensión y de falta de control de la Vida, que no entiendo todavía cómo somos capaces de creernos sus dueños y sus planificadores. Tampoco acabo de ver que en lugar de disfrutar, es decir, responder a la vida viviendo, multiplicando vida, andemos detrás de nuestros propios objetivos sin dejarnos llevar, ser inteligentes y participar en su torrente.

No terminamos de acoger que la Vida mayúscula se mueve en un orden de verdad y de bondad diferente al que habitualmente manejamos en el mundo de las cosas, tan pegado a la tierra, tan cercano a nuestra manipulación. Aunque estemos delante de lo sublime encontramos algunas personas que incluso tienden a apropiarse todo cuanto puedan, acaparadores sumos. Estos terminarán por reconocer que lo anteriormente dicho es una verdad irrefutable, que la vida juega en una liga superior a la nuestra, en la que participamos por gracia y don sin quedarnos relegados de su movimiento en el banquillo. Estos son los que agacharán las orejas con las coces del sufrimiento y el dolor, y aprenderán entonces una parte de la verdad antes dicha; pero no toda. Porque esperaron en sus circunstancias favorables heredar un trono que no les correspondía.

Los del párrafo anterior despiertan con sustos. Pero estimo que la Vida educa de diferente modo, e introduce en su misterio y abismo de una manera mucho más suave, infinitamente más bella, tremendamente más potente. Hasta que llega el momento del dolor, de la frustración y del sufrimiento se ha amado, se ha reído, se ha gozado, se ha soñado, se ha elegido en libertad, se ha viajado, se ha profundizado. Y todo eso sí que es vida. Normalmente Vida en Abundancia. ¡Será por oportunidades y regalos! Lo que ocurre es que esto, por desgracia, suscita habitualmente menos interrogantes, es susceptible de confundirse con sucedáneos de vida, nos permite vivir en paz y sin demasiadas angustias y preocupaciones. Es terrible considerar que despertamos a esta verdad ante el impacto doloroso de algo, en lugar de abrir los ojos a la Vida cuando encontramos alguien a quien amar, cuando realizamos la justicia, cuando ponemos orden el mundo, cuando soñamos con otros, cuando nos esforzamos denodadamente por hablar de verdad, cuando somos auténticos con el otro, cuando nos dejamos amar sin medida, cuando asistimos al perdón y la reconciliación, cuando alguien amado nace, o es sanado, o descubre su vocación. Es terrible abandonar la verdad a los cuatro rincones del dolor en los que sabemos que lloramos, y no considerar vida cuanto sucede en el sillón de nuestras casas, en lo cotidiano, en las comidas y cenas, en las visitas, en las conversaciones, en el pacífico estudio, lectura y búsqueda de la verdad.

Sería a mi modo de ver terrible darse cuenta, llegado un momento triste y de congoja,

  1. de que no hemos agradecido lo suficiente, e incluso hemos aceptado que otros nos dieran las gracias incomprensiblemente, sin ser nosotros los artífices del milagro que hemos contemplado, sin percibir en esa ocasión que el Espíritu nos movía, que se colaba entre las rendijas del corazón y de la Vida, que se adentraba en las profundidades de la vida que surge siempre entre quien habla y quien escucha, entre quien perdona y es perdonado, entre quien ama y quien es amado, entre quien sufre y quien consuela, entre quien necesita y quien da…
  2. de que hay sueños que nunca terminaron de ser soñados en absoluto y sin paliativos porque algún simpático amigo, ignorante amigo, nos educó en la ciencia de los posibles frente a la utopía de los imposibles, y todo porque lo único que algunos son capaces de considerar se mueve entre los medios de sus capacidades limitadas, de nuestras virtudes débiles, de nuestros “míos” y “yoes” solitarios y frágiles, incapacitados para lo más grande, que es salir de nosotros mismos por un tiempo prolongado y habitar en la comunión, en la relación, en lo que surge fruto de no pocos que sueñan lo mismo y darían la vida por ello…
  3. de que podíamos haber amado y no lo hemos hecho, que en el amor hay grados a los que ni siquiera hemos aspirado por reservarlos como privilegio de los dioses y de los ángeles que viven apaciblemente en nubes que no existen porque su perfección tampoco es real, y nos vimos en su momento empujados por una locura y pasión que el mundo tachó de soberbia, de idealismo, de
  4. de que hubiéramos sido mucho más generosos con nosotros mismos si nos hubiésemos comprendido como un don para otros, en lugar de un objeto entre todos los objetos que decoran el mundo, en lugar de responder a la llamada del consumo de las cosas acrecentando una pobre existencia compuesta de los fragmentos que se pagan con dinero y de las experiencias que suben la adrenalina y de las vacaciones de nosotros misos en rincones alejados de nuestra realidad cotidiana…
  5. de que nos hubiésemos adentrado valientemente en terrenos que no nos pertenecen si la compasión no la enseñásemos en el mundo como el recurso de débiles, mediocres y mujeres, si la tensión a la que llama la justicia no se rigiera exclusivamente por la prudencia y el tiempo perdido en los cálculos dominantes que nunca terminan de ajustar las cuentas entre el momento presente y el tiempo de la acción..
  6. de que cuando vamos viendo que las piezas encajan aunque tengamos todavía algunas que colocar sin saber dónde pueden ir siquiera, aunque fuera incluso la mayoría de las piezas descontroladas, bastaría con saber que unas y otras van congeniando, que comienza a tener todo sentido, que
  7. de que sintamos que estuvimos un día ante el misterio, como tal, y no fuimos suficientemente respetuosos, y quisimos forzarlo, adentrarnos en ellos, carecer de delicadeza y ternura suficientes como para dejarnos impactar sin remilgos, y sonreir porque algo así, tan grande y tan hermoso, sólo se puede contemplar desde la pequeñez y la humildad de los sencillos,
  8. de que creíamos tener derecho a recibir todo cuanto nos dan otras personas, y a las mismas personas que nos rodean, y además somos exigentes con ellos sin los límites que sabemos bien que nosotros sí tenemos, y les pedimos que sean adivinos, sabios, comprensivos, tolerantes… y tantas otras cosas…

Entonces, en qué quedamos. ¿Decidimos abandonarnos y dejarnos para que todo siga sin más su curso, independientemente de nosotros, como si no tuviésemos nada que hacer? ¿Permanecemos en los márgenes de la vida, o perdemos el control? ¿Podremos mantenernos demasiado tiempo en la ignorancia de lo que es, de lo que está siendo, de los regalos que nos ofrece sin acogerlos como tales, o esperaremos a los sufrimientos y palos? ¡Mejor elegir el camino bueno, que empieza desde siempre y por siempre a agradecer, a fijarse en lo maravilloso, en lo grande, en el terrible misterio en el que estamos adentrándonos progresivamente, en el que nos movemos y existimos! ¡Mejor seguir preguntándose en lo bueno, en lo normal!

Pues no. No nos abandonemos. Es más, diría justo lo contrario. Aceptemos de una vez, amemos para siempre, y seamos responsables con el don que decididamente somos los unos para los otros. Conservemos y acrecentemos el misterio que somos, no sólo preguntándonos ¿quién soy? sino también ¿quién ha querido que sea y para quién y para qué quiere que sea? No sólo cuestionarse teóricamente, en la juventud. También con respuestas prácticas, de acción, determinadas con determinación y decididas con voluntad y libertad en la madurez, o entrando en ella. Seamos aquello que hemos venido a ser. ¡Vida y Vida en abundancia!

(Tomado de Preguntarse y buscar)

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4 pensamientos en “La vida no se deja controlar

  1. Pingback: La vida no se deja controlar | Preguntarse y buscar

  2. Una locura imposible:Conocer o intuir estas reflexiones a los 20 años, pero Dios sabe sus caminos y ahora, al final de mi vida resuenan y penetran lo mas hondo de mi, forman parte de los pensamientos de todos los dias.Tengo un reclamo¿Cuando podremos acceder a ellos mas en su formato del papel, tan caro a los de mi generacion?Mientras eso sucede plagio la expresion que me encanta:”infinitamente agradecida”

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