Ver “Maktub”


Hay cine que hace pensar. Te regala una preciosa reflexión sobre la vida mientras estás en tu butaca. Suele tener algo de incómodo, provocador y agresivo. Rescata lágrimas que se habían guardado en hondos pozos cavados en corazones heridos, y ayuda a pagar este humano tributo. Otras películas que entran en esta categoría serían aquellas que cantan hazañas de héroes. Otras, las que tratan temas espinosos y enredados con humor y frescura. Y Maktub convoca todas esas perspectivas.

No es que te haga pensar, soñar con lo imposible y alegrarte. Sino que lo pretende desde el momento cero, a través de estos dos protagonistas desconocidos entre sí, reunidos en la sala de espera de un hospital cualquiera del mundo. Un niño cara dura de corazón blanco, y un calzonazos y desesperado adulto cargante y roto. La enfermedad no creo que sea el tema, sino el motor, el pretexto para el amor, que sin dejar de estar en primer plano y sin sepultarla para que se olvide cobra una dimensión nueva. Sitúa ante lo último, lo definitivo, empuja la luz y claridad, desvela horizontes, impide que retrasemos lo que deseamos y que seamos cobardes en los miedos.

Invito a todos a verla. Nunca solos. Sería una traición a una película hecha para reunir, conmover, dialogar, mirarse y sonreir. Propongo que al final de la película cada uno diga una palabra. La mía, muy trillada algunas veces, cobra mayor sentido aquí: “Amor.”

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