Leer a Unamuno


Si tuviese libros de Unamuno, especialmente algún título excesivamente provocador y llamativo, en las estanterías de mi casa habitada por personas que padecen y sufren, que lloran y dudan, cuyos ojos llorosos enturbian, empañan y desgarran el universo con su mirada, los retiraría al minuto. Por si acaso, tengo controlados dónde andan cada uno de ellos, que no son pocos.

Las sabias letras, fruto del esfuerzo de un espíritu asolado por una historia de carne y hueso, cultivadas en tantos diálogos con vivos y con las letras de otros, desprotegen la fe para encontrarla pura y confiada, y desviste la razón (o múltiples razones) de ilusiones y fantasías para dejarla en armazón asequible. Las sabias letras de Unamuno arrojadas contra quienes flaquean en sus cimientos creo que sólo les llevaría (perdonad el singular, pero esto va de uno en uno) al derrumbe más estrepitoso, a sentir derrocada una morada que, quizá y muy probablemente, hayan levantado demasiado a la ligera y moren excesivamente despreocupados. Las sabias letras de Unamuno se asemejan a un terremoto, a un huracán, a una oleada violenta e implacable para cuantos viven felices (¡pobres infelices abstractos!) en su ignorancia en los limbos de la realidad. No cualquiera, a mi entender, está en disposición de ahondar en el hombre de carne y hueso que él es hasta el punto en el que este sabio español parece haber cumplido el sueño verniano llevado ahora a lo más humano y lo más divino. Me parece por ello una barbaridad terrible creer que lo suyo son letras, sin más, ordenadas sin más al placer de la lectura y de su diálogo. Considero un error fatal que almas débiles soporten estas cargas, y creo que Unamuno incluso evitaría este diluvio, por amor, a aquellas personas que tanto ama. Porque Unamuno se revela a sí mismo como amante fiel del hombre, de la mujer, del niño, del mayor, del enfermo, de quien desea, de los esposos, de los amigos, de los estudiantes, de todos aquellos que son de carne y hueso, aunque no lo sepan, y deseen la inmortalidad en cada paso, aunque no lo sepan. Unamuno les evitaría el trance a los alumnos obligados a leer sus obras, por no conocerles y por no ser en nada amante de la imposición que no dejará comprender, ni preguntar, ni seguir haciendo camino al terminar.

De las obras de Unamuno una brilla con especial resplandor entre mis libros. Es pequeña, comprada antes de poder leerla de paso al parque de El Buen Retiro, en la cuesta del Moyano. Allí adquirí esta pequeña obra, sin notas eruditas, en una edición barata y desconocida, que nunca pude citar en la universidad por no ser digna de los registros académicos. Pero como el español sigue siéndolo en toda edición española que se precie, conmigo sigue viajando. Porque sí, y porque ahora está totalmente llena de los guiaburros que el autor también utilizaba (incluso en plan irónico, en más de una ocasión Unamuno anotaba al margen de sus lecturas cosas del estilo de “esto no te lo crees ni tú.”) y sembrada de subrayados, redondeados, flechas e indicaciones. Por eso no puedo deshacerme de ella. ¿Qué haría otro leyendo en mi lugar? ¡Imposible! El caso es que esta obra, Del sentimiento trágico de la vida, reservó y consumió mi tiempo durante noches y noches seguidas, porque las mañanas y las tardes estaban consagradas a otras tareas. Y lo hizo por párrafos como los dos que ahora cito seguidos:

No hay verdadero amor sino en el dolor, y en este mundo hay que escoger o el amor, que es el dolor, o la dicha. Y el amor no nos lleva a otra dicha que a las del amor mismo, y su trágico consuelo de esperanza incierta. Desde el momento en que el amor se hace dichoso, se satisface, ya no desea y ya no es amor. Los satisfechos, los felices, no aman; aduérmense en la costumbre, rayana en el anonadamiento. Acostumbrarse es ya empezar a no ser. El hombre es tanto más hombre, esto es, tanto más divino, cuanto más capacidad para el sufrimiento, o mejor dicho, para la congoja, tiene. Al venir al mundo, dásenos a escoger entre el amor y la dicha, y queremos -¡pobrecillos!- uno y otra: la dicha de amar y el amor en la dicha. Pero debemos pedir que se nos dé amor y no dicha, que no se nos deje adormecernos en la costumbre, pues podríamos dormirnos del todo, y, sin despertar, perder conciencia par no recobrarla. Hay que pedir a Dios que se sienta uno en sí mismo, en su dolor.” (Para quien desee investigar de qué edición hablo, está en la página 217, comienza arriba a la derecha. ¡Qué forma de citar más indigna! ¡Lo que nos ahorramos con los criterios del buen estilo de la universidad!)

Lo dicho, que si no te provocan congoja estas palabras, ¡saca tú la conclusión! Y si no entiendes lo que dicen, ¡saca tú la conclusión! Por si no te has enterado, al menos decirte que no sabes lo que es el amor. El amor que Unamuno conoce y desea, que es para siempre, inmortal y eterno, que es el amor humano en grado sumo y el amor divino encarnado. Son los únicos posibles, a decir verdad. El resto, meros subterfugios que planean en la existencia sin vivirse siquiera, abstractos nunca concretados, ideas no realizadas, verdades a medias tintas incapaces de confiarse en cuerpo y alma.

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4 pensamientos en “Leer a Unamuno

  1. Me recuerda un poema de Juan del Encina (S. XVI)

    Poema Más Vale Trocar Placer de Juan del Encina

    Más vale trocar
    placer por dolores
    que estar sin amores.
    donde es agradecido
    es dulce morir;
    vivir en olvido
    aquel no es vivir;
    mejor es sufrir
    pasión y dolores
    que estar sin amores.
    Es vida perdida
    vivir sin amar;
    y más es que vida
    saberla emular;
    mejor es penar
    sufriendo dolores
    que estar sin amores.
    La muerte es vitoria
    do vive afición;
    que espere haber gloria
    quien sufre pasión:
    más vale prisión
    de tales dolores
    que estar sin amores.
    el que es muy penado
    más goza de amor;
    que el mucho cuidado
    le quita el temor;
    así que es mejor
    amar con dolores
    que estar sin amores.
    No teme tormento
    quien ama con fe,
    si su pensamiento
    sin causa no fue;
    habiendo por qué,
    más valen dolores
    que estar sin amores.

    Amor que no pena
    no pida placer,
    pues ya le condena
    su poco querer:
    mejor es perder
    placer por dolores
    que estar sin amores.

  2. Ni te imaginas, ni te imaginas cómo me ha gustado tu entrada. Unamuno me acompañó durante mucho tiempo. Curiosamente, en el colegio, en una etapa (no la única) de mi vida en la que andaba con los índices en los oidos y tarareando para no escuchar -que sí, que cobarde, que ya lo sé pero me tenía reservado otro regalo, tres realmente – Del sentimiento tragico de la vida, y San Manuel Bueno mártir terminaron por noquearme. Y claro, uno va y para aligerarse no se me ocurrió otra cosa que D Dámaso e Hijos de la Ira, qué te voy a decir… “abre las alas”.
    Ese “Dios vino a liberarnos de la muerte más que del pecado, o de éste en cuanto implica muerte”.

    ¡GRACIAS!

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