Leer a Sófocles


De los tres grandes, probablemente sea injusta la comparación, se coloca el tercero en mi lista. Me refiero a sus otros dos compañeros, Esquilo y Eurípides. Y los tres juntos, a gran distancia de tantos otros que a pesar de distanciarme menos años de ellos, considero que no pueden llegar fácilmente a su altura. A Sófocles te lo puedes llevar de viaje en un libro pequeño, porque sólo conservamos de él siete obras completas.  Lo cual hace fácil entregarse, en sus relatos como en una buena película, al sueño de un final feliz que sería terriblemente injusto. De hecho, hacíamos de su lectura una tarea común en las clases de Cultura Clásica. Porque, sin duda alguna, todo teatro llega a su cumbre, y no puede en esencia prescindir de la multitud de voces cantando acompasadas y al unísono. Los coros se ponen de acuero para entrar en esena en su momento, las risas y los llantos de quienes asisten impasibles al trágico fluir de los acontecimientos permanecen prudentemente en la sombra sin interrumpir el desgarrador espectáculo final.

De entre sus obras, Antígona simboliza, detrás de un rostro y nombre femenino, la fuerza de oposición a las leyes injustas, aunque se plega dócilmente a su vez al modelo de las grandes tragedias. Una contradicción insalvable, como si sólo en pequeños detalles las microhistorias  portasen algo del destino de toda persona, alejándose a su vez del gran destino de la humanidad. Quiere ser libre, tan libre que no escucha, no atiende, no presta atención suficiente. No tanto a la Ley, que conoce, sino a las consecuencias por las que ésta se impone como lo mejor, lo recto, y maneja de este modo sus voluntades más íntimas, incluso familiares, privadas, personales.

Hoy siguen transmitiéndose ésta y otras historias narradas bellamente, descritas en su tiempo, en el nuestro y atemporalmente, porque no queda ninguna salida al margen de semejante fidelidad. Porque Antígona murió, y siguen existiendo irremediablemente, muchas más, todavía más, siempre más. Tramas narradas en acciones donde resurjan nuevamente el valor prohibido, el enfrentamiento noble, la insurgencia valiente, y el amor de fondo. Si has leído esta obra espero que hayas deseado guardarte palabras, que las hayas copiado incluso desprovistas de su contexto en tus cuadernos, en tus textos de anotaciones, en camisetas sin miedo a proponer alternativas carentes de las usuales consecuencias, y asumiendo noblemente incluso la terquedad de los muchos dirigidos en las sombras. Si has leído, y quieres volver a leer Antígona, hazlo en compañía, en diálogo, en conversación.

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