Educar para la constancia – Preguntarse


En cada época de la historia se han hecho opciones que han llevado parejas dificultades, contratiempos, oposición y desencuentros. A nadie tendría que extrañarle entonces que sea necesario, dentro del marco educativo y del desarrollo, una pedagogía de la constancia que ayude a la fuerza de voluntad, a la tenacidad y cabezonería que cualquiera puede tener de forma natural o por carácter.

Por otro lado, esta virtud supone consolidar la libertad, facilitar nuevos accesos a la realidad, situarse mirando el mundo de otra manera, ofrecer verdadera confianza al otro y a uno mismo, en todos los aspectos y ámbitos de la vida. Sea en el personal, sea respecto a estudios o laboral, sea en el plano de las relaciones personales con desconocidos, con amigos, con la pareja… o con Dios mismo.

De cara al desarrollo de esta capacidad, estimo que es importante tener en cuenta los siguientes apartados:

  1. Principio de paciencia. Nada surge de hoy para mañana. La constancia está directamente relacionada con la espera activa, que se mueve entre la desesperación y el esfuerzo permanente, con dosis adecuadas de tolerancia ante la realidad y de exigencia firme.
  2. Principio de realidad. Partimos del conocimiento de nuestros puntos débiles y de nuestros puntos fuertes. Sin embargo, no nos quedamos en ellos. Hay que hacer un estudio del ambiente y de las circunstancias. La constancia no es una virtud que se pueda ejercer permanentemente “contracorriente”, de modo que también que saber orillarse ante las dificultades.
  3. Principio de libertad. Ser constantes supone determinación en alguna materia concreta o actitud elegida. De  modo que hay que ser libres al inicio, y no estar permanentemente replanteando qué es lo que debo o no debo hacer, si está bien o mal. La reflexión es previa a la determinación. Pero una vez determinados, decididos y orientados, hay que mantener el rumbo y sacer descansar en la decisión primera. De donde conviene, como es previsible, comprender que el primer momento exige de una gran libertad y capacidad de discernimiento. Y hay que cuidarlo sobremanera. En más de un caso, la constancia se hace imposible porque la “decisión para la determinación” es una decisión tomada en falso.
  4. Principio de debilidad. Si nos planteamos ser constantes, probablemente se deba a que más de una y cien veces nos hemos encontrado en nuestras propias contradicciones debilitados. Partimos de la debilidad, sin dejar por ello que la debilidad tenga definitivamente la última palabra sobre nosotros. La constancia se puede nutrir, de forma indirecta, aprendiendo progresivamente a debilitar nuestras debilidades no atendiéndolas, no secundándolas, o canalizándolas y permitiendo su expresión a nuestra manera y de forma voluntaria.
  5. Principio de culpabilidad. Como en la mayor parte de realidades de la vida, hay que considerar que el equilibrio es una fuente de grandes beneficios y bienes. De modo que la culpa la aprovecharemos como acicate de la propia conciencia, que nos despierta y reclama, sin dejar por ello ni permitir que machaque con sus acusaciones.
  6. Principio de corrección. Ser constantes y ser perfectos pertenecen a dos órdenes diferentes. Constancia no es perfección. De modo que entendemos que puedan surgir “desvíos” y “desórdenes”. Metemos en agenda que habremos de corregir más de una vez nuestro rumbo. Y conviene hacerlo lo antes posible. Cuando nos demos cuenta, o cuando tengamos fuerzas para ello. Corregir, virar, encauzar, retomar la decisión primera.
  7. Principio de voluntad. Ser constantes desborda lo intelectual, se hunde en la acción. Necesita claridad mental, objetivos definidos y medios previstos. Pero es una cuestión moral o ética en el sentido más práctico de la palabra. De donde se deduce que reflexionando sobre un asunto no llegaremos excesivamente lejos. De las palabras, del pensamiento, hay que pasar lo antes posible a la acción. De modo que, si pienso algo y puedo hacer deberé obligarme a ello. Si pienso algo, y no lo hago, estaré engrandeciendo la debilidad personal.
  8. Principio del apoyo y refuerzo. No estoy solo. No puedo estar solo. Si ser constante es luchar contracorriente en algún caso contra mí mismo y en otro frente a las circusntancias, debo ser lo suficientemente inteligente como para despejar el ambiente de aquellos impedimentos que estén en mi mano, de aislarme de los “combates con la realidad” cuando todavía no esté asentado, y, a la inversa, procurar al máximo que las circunstancias me sean favorables. Como si fuese Alejandro Magno estudiando el campo de batalla, valiéndose de él, siendo conscientes de que no es neutro.
  9. Principio de bendición. Cuantas más veces nos felicitemos, o seamos capaces de recibir alabanzas, más fácil será el ejercicio de la virtud de la constancia. Por lo tanto, en ausencia de refuerzos externos, y siendo sinceros (en este sentido, igualmente humildes), tendremos que reconocer la fidelidad que sostenemos.
  10. Principio de gratitud. Todo lo anterior, conjugado vitalmente en la fe, debería suponer dar gracias por nuestra naturaleza, capaz de tanto, y especialmente de nuestra libertad. Como personas, como hijos de Dios, hemos recibido una inmensa riqueza de la que somos portadores en vasijas de barro. Riqueza que se expresa continuamente, desbordando nuestras posibilidades. Y que nos pide que nos preguntemos, en clima serio y profundo, de dónde proviene semejante maravilla al ver cómo estamos formados, y para qué esta inmensidad.

(Tomado de Preguntarse y buscar)

Anuncios

2 pensamientos en “Educar para la constancia – Preguntarse

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s