Ver “El hombre tranquilo”


Para escribir algo sobre esta película hay que seleccionar previamente el punto de vista desde el que se quiere hablar. Porque la multitud de tramas que se suceden y entrelazan, superada la presentación inicial característica del cine de la época, no deja quieto al espectador ni un solo momento. La primera atalaya desde la que miré tenía relación con la fuerza de las costumbres, la socialización, la dificultad para aceptar las normas que no recibimos de pequeños, y la resocialización adulta por el camino del amor. De este modo, alcancé una segunda perspectiva en la relación de noviazgo, y en cómo ha cambiado todo en menos de cincuenta años de expansión del cine por el mundo. Me parecería riquísima y atractiva en la actualidad semejante aportación, sobre el trato exquisito y prudente, al tiempo que rompedor, de esta pareja de enamorados. Llegué sin embargo a colocarme en la mirada de una mujer feminista, y quedé horrorizado por la sumisión y la consideración de la guapísima pelirroja. A una feminista, sin lugar a dudas, la película de J. Ford le parecería una consolidación de la injusticia, y por momentos creo que se desesperaría ante la soledad que condena a la falta de libertad y elección a una mujer tan bella y apasionante como la protagonista. Lo que no soportaría, la abominación de la desolación sería el instante en el que aquellas de su mismo género le ofrecen una vara al boxeador protagonista para que la dome mejor mientras la arrastra por la campiña irlandesa. Y la última perspectiva, un detalle para el asombro, sería la capacidad para encender fósforos en cualquier situación. Habilidad que comparten, junto con el exceso en la bebida sin coger una melopea, diferentes personajes de esta bella historia.

Como tengo dudas sobre el asunto que tratar, diré que los trenes, las casas, las ropas, los coches de caballos, la taberna, las iglesias con sus sacerdotes, pastores y obispos, las reuniones familiares y las cenas, los recortes de periódicos, las carreras de caballos, y otro sinfín de mundos no escritos en papel ni en el mismo papel en el que se firmaban las dotes, nos han abandonado llevándose consigo el núcleo de la película, que sigue siendo eterno.

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