Tengo amigos y hermanos


Veo el mundo y encuentro mucha gente en soledad, aburrida y tristepor ahí caminando, viajando, cambiando de espacios y ambientes. Me duelen algunos comentarios de alumnos en clase cuando expresan que su mayor dificultad en la vida son las relaciones con otras personas, como ellos, que también lo pasan mal. Algunas veces la familia, otras los amigos de la infancia, otros los compañeros de clase, o gente de otros sitios. Me entristece comprobar la soledad inmensa del corazón en el que se ven sumidos y mordidas algunas almas, aparentemente encerradas en existencias alegres. No lo pienso de forma general, sino que lo palpo particularmente. A veces me roza demasiado esta existencia anónima de las ciudades y de los trabajos deshumanizados, de las acciones que requieren que dejes de ser quien eres para ponerte a desempeñar una función, aparentar unos recursos, conceder una palabra vaga. De verdad que en esto no me permito caer en el comentario fácil, en la crítica sencilla, y que tengo por costumbre fortalecer los lazos que veo a mi alrededor con la acción de gracias, su reconocimiento y palabras que lo signifiquen. Si algo me hace especialmente feliz es ver a los demás contentos, sean quienes sean. Gente que, además, se deja ver y muestra la maravilla de la relación de la que han sido parte agraciada.

Y en este mundo tan deslavazado tengo amigos y hermanos. Los primeros, numerosos y distribuidos en los diferentes lugares por los que he pasado. Personas con las que he compartido y por las que me he dejado afectar. Fue un reto dejarles entrar en mi vida, y se han quedado. De mis amigos destacaría que me han hecho ser mejor en todos los sentidos, han cuidado de mí tanto como yo he intentado hacer con ellos. He compartido su historia y sus vidas con la mirada que Dios me ha regalado, que no es cualquier forma de estar en el mundo. Esto de ser sacerdote y religioso tiene sus originalidades. Entre estos amigos numerosos cuento compañeros, antiguos alumnos, familias enteras, gente con la que he reído tomando una cerveza y con la que he ido de viaje, personas con las que he trabajado, personas a las que he acompañado y que me invitaron a celebrar, y muchos con los que se ha roto el cielo y hemos pasado tiempo de llanto. Y con la que se ha provocado una sintonía ciertamente especial. Me hacen sentir un privilegiado. Pocas son las ocasiones en las que he podido sentirme solo. Es más, la soledad tengo en ocasiones que andar buscándola. Si me dejase, probablemente no cenaría en mi propia casa casi nunca. Pero más allá de los amigos he encontrado hermanos y hermanas. La amistad se puede buscar y lograr dando pasos. A mis hermanos me siento unido por lazos que vienen de lo alto, que son fuertes, que nacen del amor. Los hermanos no viajen en la vida junto a ti, a tu lado, sino dentro de ti, siempre presentes. Las alegrías no están completas si ellos no las pueden compartir. La felicidad es perfecta si se comparte, si las risas vienen a cuento de lo mismo, aunque no sea mío. La dicha y el júbilo, grados de la alegría, iluminan su significado pleno.

Ahora bien. A todos los que andan cabizbajos por el mundo, les dirijo estas palabras. Creo firmemente que, siendo un don inmenso, no está reservado a unos pocos. Más bien, es querido para muchos, y deseado para muchos. Ojalá todos pudieran compartir en semejante intimidad y compromiso, ojalá todos abran su corazón y las puertas de sus pasos a esta compañía. Hoy, que pienso en estos hermanos particulares, de carne y hueso, de lágrimas y sonrisas, de esperanzas y frustraciones, no quiero reservarlos sino invitar a todos a nombrar los suyos propios. Estos hermanos son para mí:

  1. Felicidad compartida. Como he dicho antes, los hermanos son aquellos a los que llamas cuando tienes una buena noticia, a quienes deseas decirles que la vida ha sido grande contigo y que algo maravilloso has visto, has oído, te ha tocado. Uno de los signos más claros de la fraternidad está en la distancia con la envidia que corroe y corrompe el mundo y tuerce la mirada. Entre hermanos, la envidia no tiene lugar, ni cabida, ni ocupa nunca el corazón de ninguno.
  2. Casualidades y coincidencias. A medida que se van conociendo, van coincidiendo. Se contagian formas, se asemejan y se unen perspectivas. Todo va sirviendo para seguir uniéndose entre sí. Incluso los dolores más grandes. Y desde entonces, se producen casualidades y coincidencias hasta entonces consideradas fruto del azar y el destino, y ahora entendidas y leídas desde el amor más grande. Muy bien no podemos explicar por qué a ellos les permitimos lo que a nadie más consentiríamos, si no se trata del amor que lo justifica y acoge todo. El grado de afectación diría que alcanza máximos, el impacto toca al máximo, y comparte al tiempo la delicadeza suma.
  3. Cercanía. Todos somos conscientes de que la presencia de algunas personas en una reunión, en una convivencia, en el trabajo, en la celebración, en la casa, hacen que todo se transforme. Para bien o para mal. Ganaremos en libertad, o perderemos espontaneidad y frescura. Cuando es un hermano quien tengo delante la cercanía no se mide en centímetros. Insisto en lo que antes decía, que los hermanos no están “junto a”, ni “al lado”. Me atrevería a decir que sentir su presencia próxima cuando ni siquiera están físicamente tampoco sirve para expresar semejante nivel de comunión. El hermano, la hermana permanece dentro. E incluso tiene palabra en el corazón, donde otros no han pisado jamás, ni hemos permitido que se vea desde la distancia.
  4. Tiempo juntos, no cualquier tiempo ni juntos de cualquier modo. Todo empezó cuando los hermanos, que por entonces no eran tales, se encontraron en un lugar cualquiera. Aquel sitio fue un sitio más entre otros muchos. Quizá algunos con memoria especial podrán darle sentido con el tiempo. Pero no fue nada más que un lugar. Sin embargo, el tiempo que transcurrió desde el primer encuentro hasta el día del reconocimiento de la fraternidad, no ha sido cualquier cosa. Han concurrido acontecimientos, que se han aprovechado para sacarnos de la vulgaridad. Si haces recorrido de tu vida con el hermano, te repetirás a ti mismo al escuchar su propia historia.
  5. Deseo y libertad. De lo más hermoso de la fraternidad camina de la mano de la no posesión. No se necesita tener al hermano cerca, aunque sea magnífico disfrutar de él. No es imprescindible para vivir, por mucho apoyo que preste. Al tiempo que las vidas están unidas, se reconocen igualmente diferentes. Sin ser muy bárbaro, no diría que cada uno está en sus cosas, sino los todos en todas, nunca por separado. Al hermano nunca se le rechaza cuando desea compartir algo, ni tiene que pedir ser escuchado como tampoco ponerse a la escucha. Surge. Por lo que la relación se torna libre y liberadora.

Creo que no he expresado adecuadamente lo que quería decir. Últimamente leo demasiada literatura, poco conceptual. Las palabras se adornar a sí mismas dibujando tirabuzones en el aire. Si algún día puedo escribir mejor sobre esos hermanos que están por el mundo, lo haré. Hoy, mientras escucho una canción especial, termino agradeciendo la literatura, la poesía, la novela que voy viviendo. No descarto intentar hablar de esto en otros momentos, quizá con mayor pausa.

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