Provocando alegría


Comprendo que no siempre es posible. “No siempre” significa, entre otras cosas, que “quizá sí muchas veces”. Es verdad, no lo niego, que hay situaciones que superan ampliamente las capacidades que tenemos para sobreponernos a ellas, y nos toca bajar la cabeza humildemente y callar. O afrontar el sufrimiento de forma irrevocable. Sin embargo, en todo momento podemos hacer opción fuerte y decidida por la alegría en mitad del mundo que nos ha tocado vivir, poner buena cara (evangélicamente hablando, que por algo en concreto se cita hasta el Evangelio) y buscar el rostro más amable, bondadoso y generoso a cuanto estamos viviendo. ¿Podemos darnos alegría a nosotros mismos? ¡Ciertamente no! ¿Podemos hacer algo para que comience a ser un día alegre? ¡Probablemente sí!

Del ramillete de la vida, os presento algunas ideas posibles cotidianamente que nos alegran y dan un tono sólido, sin engañarnos a nosotros mismos.

  1. Una buena música. Que cada uno escoja, pero que tenga vida, sea dinámica, hable en consonancia con lo que pensamos y creemos (no sea que seleccionemos una música potente instrumentalmente pero cuya letra nos dañe). Una canción especial que termine en colofón, que no se apague al final, que no hable de la melancolía de las relaciones ni del final amargo de las parejas. Que hable de que “todo es bonito”, que la vida es maravillosa, que nos invite a la épica del día a día, y a resaltar lo bello que nos encontremos.
  2. Llamar a alguien para que se ría de mí. Porque hay personas que saben como somos y nos pueden ofrecer ese punto de contrapunto que nos haga reír y darnos cuenta de que, una vez más estamos apunto de perder la alegría. Son esos amigos VIP con los que comenzamos la conversación creyendo que estamos hablando de lo más trascendental de la historia y terminamos hablando con sentido y entre lágrimas de alegría con los pies en el cielo. El amigo al que le permito decirme tonterías porque “ser tonto” es maravilloso también, y las “tontunas” de la vida tienen que ponerse adecuadamente en su sitio. ¡Hay amigos con esa maestría!
  3. Compartir vida con los demás. El rostro más triste se alegra en la medida en que sabe sobreponerse y amar. Amar sin condiciones, amar con libertad. Amar porque me siento amado, amar gratuitamente. Amar como sea, pero amar. La alegría comienza, no pocas veces, muy alejada de la estupidez e injusticia de nuestro mundo, poniendo un nuevo grao de arena en la construcción de lo que todos deseamos recibir de los demás. Sin esperarlo, siendo generosos. Afrontando valientemente que “en mí” hay algo que “otros” puede recibir. Y es la magia del compartir vida. Podemos dar vida, y eso nos engrandece. Salir con alegría incluso de las situaciones más tristes.
  4. Atreverse a abrazar lo diferente, y expresar nuestros sueños. ¿Por qué no romper en algún momento el molde? ¡Romper y tirar! ¡Desechar lo insulso e insípido de lo que carece de sentido y repetimos sin conciencia! ¡Abrazar lo divertido que es bailar en clase, contar un chiste a alguien, improvisar una música para otros! ¿Por qué no atreverse a lo diferente? ¿A conocer al desconocido? ¿A recibir en casa a quien nos visita sin que lo conozcamos demasiado? Abrir las puertas de par en par para que lo distinto, que aporta novedad e interroga, entre en nuestra vida y se siente a gusto entre nosotros. Y lo diferente se abre cada día en rendijas no pocas veces incómodas, porque señalan que lo que estoy haciendo no es lo único a lo que podría estar entregándome, y que las rutinas de algún modo están cumpliendo una función de inhibidoras de pensamiento y libertad.
  5. Mostrar la mejor cara. Que es cansado, que sí que lo es. Que estar atendiendo a lo que los demás puedan pensar no es justo. Pero no lo hago por eso. Lo hago porque si aprendo a mostrar una cara indecente, triste, lastimera y penosa, no recibiré del entorno nada más que compasión de grado ínfimo y una palmadita de apoyo en la espalda cuando alguien se percate de que es necesaria. Sin embargo, mostrar buena cara supone decir al mundo, de forma romántica, que no me dejaré vencer por el mal y que lucharé sin descanso con la fuerza más hermosa que he descubierto que está a mi alcance. Porque el rostro es reflejo del alma, de lo que soy, y no de mis circunstancias. Y lo que soy no debería depauperarse jamás. Antes bien, es la mayor de las resistencias que puedo ejercer contra cualquier agresión del entorno: una sonrisa.
  6. Las buenas conversaciones. Que no son las más interesantes, profundas y entregadas de la vida. Sino las que tratan del bien, las que se enredan en cosas buenas, alejan las cosas malas y la negatividad. Son positivas y esperanzadas, destacan naturalmente -no artificialmente- lo bueno que ha sucedido, que sucede  y que está por suceder, en lugar de matizar incansablemente aquello que se podría haber hecho de otro modo, mejorar, o no haber hecho así sino asá. Las buenas conversaciones, y esto es algo que enseña la vida, sólo es posible entre buenas personas, lo cual significa claramente que estoy rodeado de lo mejor del mundo y que a los demás no les importa que esté yo en medio; es decir, que formo parte de lo mejor del mundo.
  7. Agradecer lo mucho recibido. Una fuente de alegría que brota incansablemente ante nuestros ojos y de la que bebemos con escasa frecuencia. ¡Gracias sin remilgos ni dobleces ni hábitos insignificantes! ¡Gracias de la vida, de la vista, de los sentidos y del pensamiento, de las relaciones, de la bondad, de la generosidad, de la proximidad y de la ausencia importante! ¡Gracias porque vivo, porque sueño, porque pienso, porque amo, porque alguien me ama, porque Alguien me ama en mayúsculas, porque Alguien me acoge como soy!
  8. Apartar la negatividad de mí mismo. Es cuestión de educación, pero todos tenemos ese punto que nos hace caer en el cuestionamiento en espiral, en el interrogante y en la inseguridad. Todos tenemos una clave, nota, punto, botón que pulsado con intención o sin ella nos hace pensar las cosas más allá de lo que se dice, quiso decir o se puede saber. Y caemos una y otra vez. Y aprender a reconocerlo es también la puerta abierta al autocontrol. Como decía Teresa de Jesús, “la loca de la casa” viene a estorbar y descentrar. Ese pensamiento es controlable y, lejos de permitirle hacerme sentir culpable, conocerlo y reconocerlo es igualmente la oportunidad de reírme de mí, de perdonarme y de disculparme, para volver a lo esencial: la alegría.

 

Anuncios

Un pensamiento en “Provocando alegría

  1. Hola, ya un poco más de mes de no dejarte comentarios. Saludos! Me llaman la atención sobremanera, ‘mostrar la mejor cara’ y creo que esa ha sido la lucha de mi vida, quizás por mi temperamento o creo que alguien de mi familia me decía y ¿esa cara? Pero se puede hacer lo contrario y tener buena cara, que claro es el espejo de cómo estás por dentro. ‘Agradecer lo mucho recibido’ tal como lo enfocas es como debemos hacerlo y a mi se me olvida tantas veces, que damos por sentado muchas cosas y no vale así: la vida regala tantas cosas que el agradecimiento debería ser ley de día a día y finalmente el autocontrol de la negatividad (que se mete en el momento menos pensado) que entra sobre todo cuando estás bien, pero creo entender por lo que dices que es autocontrol, así es que deberé poder trabajar en dejar que se meta y desastre el día. Todos son puntos para el día a día. Empezaré por estos tres. Saludos desde aqui! y gracias por una buena reflexión una vez más!

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s