Pasear por la noche – Preguntarse


Hoy me lanzo con la mayor sencillez posible. Sin metáforas en exceso. Porque el título no va por esos derroteros. Este año he comenzado a pasear en la noche, y ahora que termina el curso, puedo ver con perspectiva que las ciudades cambian. La naturaleza ofrece en sus tiempos la posibilidad del cambio, y España goza de un clima que propicia la diversidad. En invierno, por ejemplo, parece que todos se esconden, se guardan en sus casas, todo rezuma recogimiento y protección, como defendiéndose. Y en verano, por el contrario, se vuelca todo de puertas y ventanas hacia afuera. Las casas ahora permanecen más abiertas, con vida durante más tiempo, y las ventanas o bien expulsan el calor o bien pretenden dejar entrar vientos nuevos.

Al margen del clima, lo que más me interesa son las personas. Siempre pasean por las calles en invierno, mientras que en verano parecen estar más reposadas, como descansando en los bancos, charlando en las aceras, sin prisas y sin pausas. En inverno la estampa de quien se para reflejaba su pobreza, su desvalimiento, su desarrigo. Me impactaron las personas que dormían en la Plaza Mayor de Madrid, debajo de los arcos, en cada uno de ellos una pareja no necesariamente amantes pero con un destino común. No vi niños, y lo agradecí. Sin embargo, me preguntaba dónde estaban los frutos de aquellas personas carentes de sueños y de esperanza. Uno de esos hombres recuerdo que se despidió de unos amigos míos con un sonoro “buenas noches” al que ellos respondieron con un inquietante “igualmente”. Por las calles de mi ciudad entonces, como ahora, se buscaba entre la basura algo que llevarse a la boca, con lo que hacer negocio. Es muy visual, muy simbólico, comprobar que han rasgado humanamente las bolsas negras sacadas a tiempo de sus casas por otros. A medida que avanzaba el paseo se podía describir la estela de estos buscadores. Alguna noche me detuve con ellos. Un día en compañía de otra persona que me acompañaba. “Las cosas han cambiado.”

En verano todos se confunden en los bancos. Los que se quedarán, y los que están de paso, a la fresca, tomando el aire y, no tanto, respirando. Unos porque tienen casa de la que salir agobiados, otros porque la tuvieron, quizá, y se la han quitado. Pero todos se confunden, insisto, revestidos debajo de poca ropa de similar humanidad. Todos hermanos. Hoy  pararé con uno de ellos, le preguntaré sin espanto, qué hace por la noche mientras otros dan vueltas por encargo. Al hilo de las modas, preparándose para el verano intenso de los días de vacaciones, la gente parece retomar el aprecio por las calles, por los paseos, por la gente, por las miradas por la vida sin prisas. De día en la sombra, de noche buscando luz.

Resulta sorprendente, insisto, saber que en la propia ciudad, en invierno o en verano, las calles no están desiertas ni libres de atascos. Algunas veces la ciudad sube, otras baja. Y la gente se termina amoldando a lo que ve, a lo que siente, a lo que oye. Y, si bien desea seguir sin atascarse, hay realidades que provocan llanto.

(Tomado de Preguntarse y buscar)

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