Ajustes, reajustes y desechos


Tengo la sensación de haber estado en contacto con mucha cultura en menos de doce horas, entre las cuales de paso también he dormido. Algo que me hace profundamente feliz. Borges, Levinas, Habermas, Piaget, Popper, Ángel González (¡Para que yo me llame…!”) Todos me han enriquecido. Sin embargo, mientras me metía un poco en la cuestión del tercer mundo de Popper y el diálogo poco equilibrado entre el egocentrismo y el descentramiento de Piaget, me ha surgido una inquietud respecto a las novedades, las cosas antiguas, y el diálogo entre ellas a la hora de vivirnos a nosotros mismos.

Para mí es una gran evidencia que vamos cambiando. Al ritmo del tiempo, más que con el tiempo. En la sucesión de aquellas cosas que vamos viviendo, y cómo se integran en nosotros, combinándolas con las ya presentes en ese momento y esperando a su vez futuras novedades. Siempre a más, siempre a más. Irrefrenablemente. Al menos al principio, cuando la persona se lanza en la conquista del mundo que le rodea (o de los mundos de los que se ve rodeada), porque de la avaricia del inicio surge la debilidad e impotencia ante la pretensión de cargar con todo, y la consiguente selección. Aquí entran en juego las tres palabras del título. Pueden recibir muchos matices, por lo que voy a explicar qué significarían para mí hoy, aquí y ahora.

La primera, ajustar, me habla de la tarea ingente de lo nuevo. Algo así como acoplarme a lo que no conozco, reconociendo por tanto el punto de partida ignorante en el que me encuentro, y la necesidad de entablar un diálogo, no sólo teórico sino práctico y concreto. Sería también, fuera del conocimiento, trasportable al ámbito de las relaciones personales, al desarrollo adecuado de las habilidades sociales. Toda persona, en este sentido, implica novedad. Y también genero novedad, no lo perdamos de vista, en el mundo en el que vivo. Puedo, de este modo, estar presente a mí mismo de forma continua, siempre centrado en mis cosas, o puedo provocar el “ajuste” del mundo, de los mundos de otros, del gran mundo en los pequeños mundos. Si el volar de una mariposa ha sido considerado paradigma de este fenómeno global, ¡cuánto más una acción humana pequeña e insignificante no puede ser germen e inicio de una gran transformación social! Sé que estoy soñanado, pero también soñar entraría dentro de las acciones humanas puramente encaminadas al futuro. Los sueños no nos anclan en el pasado, nos despiertan cada día con el recuerdo de lo que quizá sucederá. Al menos así lo trata la revelación onírica. ¡Qué grande es El libro de los sueños de Borges! Invita a soñar, y en esa medida, haciéndolo compartido, a transformar el mundo. No te silencies, amigo Borges, porque estamos necesitados de tus letras. Ajustar, dicho de otro modo, me despierta a la verdad que no existía y que ahora es, o que existía para siempre y por siempre y secundo, con confianza y en fidelidad. Afirmando la vida, negando la muerte, apostando por el amor, quebrando la existencia en dos, saliendo de mí mismo al encuentro del otro, entablando un diálogo asimétrico en la altura de aquel a quien escucho, a quien me he aproximado, por quien me he dejado invadir incluso de preocupaciones. Todo novedad, siempre novedad. Cada día, toda hora, siempre nuevas. Reclamando salir de un círculo del tiempo inexistente que, para trabajar y ser ordenados, queriendo anclarnos en la seguridad, nos hemos imaginado que rueda siempre, e imparablemente, como las manillas del reloj del que Chaplin aparece colgado.

Reajustar difiere de la anterior en un mero prefijo invencible. Lo novedoso, aquello que sucede por primera vez, nos dejará permanentemente el regusto de su inexistencia segunda. Nunca más una segunda vez, ¡nunca más! ¡Terrible constatación para cuantos desean repetir, para quienes deseen volver a lo de antes, para quienes no tengan fuerzas para destacar la buena noticia de la segunda vez! Hay quienes, por ese anhelo de lo primero se abrazan a lo eterno, y quienes por buscarlo decididamente en toda ocasión nunca quedarán ni satisfechos, ni agradecidos, ni en paz con su propio vivir. Buscan aquello que ya sucedió, y nunca más volverá.

El párrafo anterior me parece interesante. Pero queda poco claro, demasiado golpeado por la estela de Heráclito. Por reajustar comprendo que todo aquello que existe, al acoger lo nuevo, debe relacionarse de forma diversa en su conjunto. Como pasa en la habitación que repleta ya de cosas debe hacer sitio y disponer un hueco para algo más. Como pasa en el estante de libros después de un pase por la feria del libro, o como sucede, de la misma manera, en nosotros mismos después de un viaje, del orden que sea, más allá siempre de lo habitual. O incluso en lo habitual, con sus tensiones. Estos reajustes, que son saltos y transformaciones de nosotros mismos, no andan con contemplaciones. Hacen hueco, quiebran existencias, dejar al descubierto que estaba o lleno o vacío, que no se podía más o que se vivía bajo mínimos insufribles. Les pasa a los niños, por ejemplo, cuando un abrazo les saca una sonrisa, porque carecían de él, o porque lo ofrecen demasiado viciados por un trato mimoso. Cuanto sucede se incorpora en cada persona a lo que vive en su momento. Pues bien, estos reajustes se me antoja pensar que vienen dados de dos formas. Unos por el pasar del tiempo, la historia forzada a nuestro alrededor, que avanza con suavidad sin hacerse notar demasiado y, de repente, un día miras hacia atrás y ves todo un camino dibujado entre luces y sombras. Los otros, por rupturas de nivel, sin paliativos de ningún tipo, con fuerza y excesiva virulencia. Está ahí, lleva mi nombre, debo ir hacia él porque haga lo que haga impactará conmigo, no podremos mirar ni a derecha ni izquierda para esquivarlos, pide demasiado hueco. Aunque no quiero dar la impresión de que tiene que ser algo que públicamente se reconoce, que dada su magnitud tiene que ser compartido con todos. Quizá sólo me pase a mí, o a un grupo reducido de personas en las que me encuentro. Tendré entonces, casi siempre, la sensación de una soledad grande, de una responsabilidad enorme, y además faltarán modelos en los que mirarme para entenderme y responder. Momento de máxima fe. Buscaré, probablemente, sin encontrarme del todo.

Esta tarea de reajuste da la posibilidad de lo re-bello. De verdad que el ejercicio de memoria, de historia, de agradecimiento, de lo sublime puede surgir. Reordenar saca a la luz, manifiesta lo que quizá nos constituye, aún medioolvidado y arriconado. Está, crea hueco, da sentido, provoca, convoca, reúne, llama. Y lo habíamos normalizado. Será entonces tiempo para dar mayor esplendor, poner placas de honor en su nombre por doquier, rescatar y desempolvar. Otras, que ya no tienen sentido en el conjunto, habrá que ponerlas a un lado, soltarlas. Por muy bello que sea el puerto en el que está atracado el barco, y maravillosa y acogedora la gente del lugar, nadie estima que el barco de Chanquete puede ser paradigma ni referencia para la vocación universal de todo navío. Debe lanzarse, abrirse a la mar. Sin saber qué sucederá, dejando atrás verdaderamente, a las espaldas hasta no ver ya más. Y volverá al puerto, como yo regresé a la Fontana Di Trevi hace un par de años, y tendrá aún más belleza, y yo sabré más, y disfrutaré de nuevo con lo de siempre. Pero para eso, para la hermosura del segundo encuentro, hay que dar espacio y tiempo entre él y el primero. ¡Cosas de la vida! Y el tercero, puede ser incluso mejor.

El tercero de los verbos, desechar, porque hablo de acciones, no hace falta ni que lo explique. Pero, ¡cuán difícil me lo fiáis! ¡Desprenderse! ¡Renunciar definitivamente! ¡Tirar! ¡Ahogar en mares de lágrimas! ¡Romper y quebrar los puentes que unen para nunca más volver! ¡Regalar y donar! ¡Morir a lo vivido! ¡No desear conservar nada, de nada! ¡Qué difícil! Mirad que la psicología habla de regresiones, como si los niños caprichosos y malhumorados vivieran todavía en los adultos y sus preocupaciones, correteando y jugando entre ellos (por cierto, ¡qué mirada más pobre hacia la tierna y débil infancia!). Los que se acostumbran a sus cosas no pueden cambiar, ni siquiera cuando éstas les enfurecen. ¡Qué complejo es transformar una pasión, una inclinación torcida del corazón! Se pueden incorporar novedades, hacer ajustes, ajustar el mundo, reajustes y reajustar el mundo propio y global, y sin embargo, hay pasiones que condenan permanentemente a los hombres. ¡Qué sincera es la crítica de Habermas a Piaget! Querido Piaget, parece decir Habermas, tu optimismo natural y creciente sobre la evolución del hombre no te ha dejado ver que también el egocentrismo puede permanecer agazapado por mucho que dé la sensación de que el joven crece en extroversión y descentramiento. Nada asegura que se deje atrás esa descorazonadora presencia.

Lo dicho, que lo último parece también fundamental para no acumular experiencias y riquezas sin medida ni criterio alguno. Que limpiar implica tirar, y crecer vencer. Y aunque no esa tan llamativa como las otras, ni tan tan deslumbrante, puede ser mucho más significativa. Incluso para acoger la novedad, previo hueco hecho, necesidad de vacío, de apertura, de quiebra interna de los propios prejuicios, de las verdades conformadas al mundo en el que vivimos pero tomadas de otros, de las presencias calculadas de aquello que queremos ver, y de sólo aquello que queremos ver.

(Tomado de Preguntarse y buscar)

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s