Leer a E. Levinas


Como a todo filósofo, hay que dedicarle tiempo, darle espacio, buscar entenderlo. Sin esa cautela y pausa, que se hace tan necesaria ante alguno de los grandes, se desechan y pasan por alto interesantes hallazgos y notables alumbramientos de una inteligencia que anhela descubrir la verdad por encima de cualquier cosa. A diferencia de otros periodos, el siglo XX, con sus muchas convulsiones, ha descrito una humanidad terriblemente destructora, capaz de suprimir en sí misma todo signo de compasión y benevolencia para con el prójimo a golpe de afirmar su propia identidad y no respetar la dimensión de altura que nos enfrenta a cualquier persona en su misterio cuando la tenemos delante. Levinas, que nos ocupa, significa para la filosofía la renuncia pretendida, abiertamente manifestada, de construir al hombre bajo el signo de una razón meramente instrumental o primordialmente lógica. Lo primero, básico, fundamental y constituyente es siempre la ética, la solidaridad.

Insisto en que el mejor modo de leer a un filósofo de altura (lo divulgativo está al acceso del vulgo, es decir, casi cualquiera) exige una previa conversión mental, y una conversación con alguien que pueda básicamente introducirnos. De este modo, tanto la propia mirada como la propia escucha, se familiariza con los conceptos del otro, que no son los nuestros, y le abre espacio suficiente como para que pueda trabar y trabajar las relaciones entre ellos. Conceptos que, siendo verdadera filosofía, remiten más allá de sí mismos, desean y piden ser interpretados en relación de verdad, y nunca se quedan en el universo de una metafísica que no fundamente las acciones del hombre. Conceptos traslúcidos y transpartes en el grado en que se comparte con él, aunque sea en la distancia y la diferencia, las vivencias infinitas a las que concede estructura e inteligibilidad.

Lo dicho, algo que digo siempre, si empecé a leer a Levinas no fue sino por el aprecio de un profesor sublime que no nos permitió pasar por él “de rositas”. Nos introdujo, nos insertó de algún modo en sus esencias, que son las más humanas, que son las más divinas, siempre otras, absolutamente otras. Tan distantes que, ahora sí, nos conceden el privilegio de amarlas sin poseerlas, de desearlas sólo viéndolas en el horizonte al que tendemos. De aquellas clases, de las que no guardo un recuerdo pasado, de las que poseo memoria viva, me dediqué a Totalidad e Infinito primeramente. Lectura que hoy no recomendaría, bajo ningún concepto a un primerizo como soy yo incluso ahora, y que me causó un terrible bien. De ahí a otros escritos, obras menores. De modo que su compañía estuviera siempre, con su distancia, siempre vigente.

Sirva esto de aviso, para comenzar a estimar al Otro. Porque regresaré, a no mucho tardar, para seguir adentrándome en su misterio, que nunca será totalmente el mismo que el mío. Casi, ni parecido.

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