Leer a Jorge L. Borges


Quien no conozca a Jorge L. Borges está en deuda con la literatura. Una lectura esforzada creada por placer y por el placer mismo de las elambricadas relaciones entre palabras visionarias de sueños realizados en lo corriente y cotidiano de la existencia y su historia. Ya me gustaría a mí manejar una prosa como la suya y ser capaz de atisbar lo que anhela sin requerir la consulta permanente del diccionario. Me apasionó la lectura en tiempos selectos del Aleph  y guardo fotos en páginas de su Obra poética, Libro de los sueños e Historia de la eternidad porque encendieron la mente y dirigieron antaño rumbos y sendas nuevas para sentimientos ahogados en la vulgaridad de comentarios hechos con excesiva premura.

Los tirabuzones lingüísticos de D. Jorge Luis no están hechos para cualquiera, ni siquiera para todos los sabios. Sus detractores más nobles hablan con tanto sentido, frecuentemente, como la cámara de secuaces seguidores embobados e incapaces de explicar con claridad qué les resulta tan sublime y qué les engancha con semejante vigor al misterio de esta nueva forma de escribir en humano. Existo como parte de los segundos, dialogando con los primeros. Y todavía me quedan obras suyas por leer con reserva, y en secreto.

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