Cultivar los secretos – Preguntarse


Se extienden en nuestro mundo, medias verdades y opiniones globales a las que no les hemos dedicado todo el tiempo que merecían para escrutar a dónde nos conducen ni cuál es su dirección. Porque toda palabra y acción, no lo olvidemos, lleva una intención y, por lo tanto, nos puede transportar aún cuando pensemos que estamos gobernando bien el coche y la nave de nuestra vida. En mis clases, para jóvenes niños no tan adolescentes, tocamos ligeramente la ventana de Yohari, y hacemos una práctica con matices y prudencias que no percibo tristemente en otros contextos. Mis clases no son lo mejor del mundo, pero pienso en ellas, y sin duda hago pensar. Según la propuesta de estos dos psicólogos (Yohari) es sana aquella persona que no teme mostrar quién es a los demás, reduciendo “lo oculto” a ligeras expresiones y engrandeciendo el espacio “abierto” entre ambos, de modo que reservas y secretos no acechen en exceso la vida humana. El movimiento querido alegremente es de “salida de sí hacia el otro”, manifestando la propia verdad sin remilgos. A esto le llaman autenticidad. Los otros dos cuadrantes esquemáticos que dibujan en su estudio, también interesantes a mi pareder, enseñan que hay realidades que los demás conocen “de mí” que a mí me resultan opacas y las cuales ignoro, y un cuarto ámbito reservado a lo inconsciente y mistérico, donde pugnan conflictos no evidentes ni para mí ni para mi prójimo, que amenaza paulatinamente con adueñarse de todo in crescendoa través de mi historia y dejando mis verdades en ridículas apariencias y engaños.

Hasta aquí la presentación y marco general de la situación, notablemente aplaudida en nuestro mundo. Una sociedad que ha relegado el mundo íntimo a puro intimismo, donde se encierran culpas, vergüenzas y engaños que se deben llevar y cargar en una soledad humillante; reducto perpetuo de la fragilidad de una vida con otros donde sólo se debe manifestar lo positivo, lo excelente, lo glorioso, pero de forma siempre incompleta y desprovistos de la humanidad y humildad de la fragilidad, la debilidad y la precariedad. Así lo secreto se equipara con lo que indignifica y todo cuanto empobrece y desprestigia al ser humano. Lo secreto, por lo tanto, pisado por la verdadera hipocresía, aquella que no puede mirar con autenticidad al hermano, y pide siempre lo excelso y lo perfecto incalcanzable, aquella que cierra los ojos al misterio que el otro esconde, y es en esencia. Una pregunta terrible se cierne por los comentarios fatuos de nuestras sociedades facilonas: “¿Por qué no lo dice si es bueno? ¿Qué sentido tiene esconder y guardar lo importante? ¿No es eso signo claro del mayor de los egoísmos que le contradicen?” Y se responde a sí mismo: “Si no dice nada, si calla y permanece en silencio, si no lo enseña y se pavonea con lo que le sucede, sólo puede ser por un motivo: ni es bueno, ni es verdad. Por eso vive en el secreto.”

Reivindico ahora lo contrario. Aprender a cultivar secretos, defender lo importante de nuestras vidas con esmero, y apoyar la vida en cimientos sólidos y contundentes, que no aparezcan tan fácilmente expuestos a la vulgaridad y vulnerabilidad de un mundo que camina de prisa, sin fijarse, y no está dispuesto a comprender lo diferente, lo otro, lo impropio, lo escandaloso. Necesitamos los secretos como el comer. Los necesita cualquier hombre y mujer de carne y hueso, y la tentación de subirle a un escaparate o un circo mediático para que cuente, para que hable, para que se aclare, para que enseñe lo que es, no puede conducirnos a mucho más que al desastre humano de los shows y reality shows televisivos, pero extrapolándolos a la vida en las aceras y en los trabajos. Necesitamos los secretos, porque somos así. Necesitamos los secretos no para ocultarnos, ni defendernos torpemente, ni para ser aparentemente maravillosos, sino porque somos personas capaces de distinguir lo interior de lo exterior, y porque nuestras palabras no son ruidos lanzados al aire. Necesitamos los secretos, y punto. Espacios que no requieran tanta justificación, ni tantas aclaraciones. Ese secreto nos da tiempo, nos da cobertura, nos convierte en reflexivos, nos transforma en prudentes, da valor y calidad a lo humano y toca lo divino, el misterio y lo insondable. El secreto roto, quebrado o forzado, parece más bien tesoro que se desaparrama, con quien la historia no ha sido suficientemente generosa para darle tiempo y acumular fascinantes muchos. El secreto concede el privilegio de interpretar, de escarbar en el sentido y escudriñar en él, de ahondar la existencia. Y cuando alguien viene, peligrosamente decidido a quitármelo, en ese momento el silencio me ofrece la oportunidad de silenciarme, de cambiar de tema, de conversar sobre aquello de lo que se trata en innumerables ascensores repartidos por la faz de la tierra. Si esto es así, si reconocemos la necesidad bondadosa y la humana petición del secreto, ¿por qué no atreverse a proponer la aventura contrario, verdaderamente ir contracorriente al hoy de los tiempos, e invitar a otros a mi secreto sin que éste se destruya? Intuyo que esta alternativa va de la mano de una mayor madurez, salud y lo que quiera decirse, en lugar de hacer pública una existencia frágil como la del corazón humano. Aquí sí reside el misterio de la comunión, que no se deja llevar de la ilusión de estar junto a otros, y que se adentra en el interior de las personas. Esta interioridad habitada, este corazón lleno de vida tiene puertas de entrada. Nos han llevado a la destrucción de lo secreto, con la excusa de la autenticidad, y quieren que todo lo publiquemos, que todo se muestre, que parezcan modernos y héroes los que, sin sentido alguno, no saben guardar con prudencia y pudor sus propias riquezas.

  1. Potenciar la intimidad e interioridad, sin confundirla con el sentimentalismo adolescente. La capacidad autotélica de los jóvenes y de los adultos decrece por reducir sus espacios de soledad y silencio a la mínima expresión, ahogados y cansados ya de la sociedad que les muerde y devora. Sólo ante ciertas lágrimas de impotencia parecen apagarse las cosas que a nuestro alrededor partolean sin cesar. ¿Qué pasa entonces con los tiempos de alegrías, de decisión, de reflexión, de contemplación y de meditación?  ¿Tantas cosas necesitamos para vivirnos a nosotros mismos?
  2. Reservarse. No andar aireando fácilmente el corazón, sus inclinaciones, sus preocupaciones, lo que somos. Percibo que con exceso e impudor se enseñorean cuestiones muy intesas en casi cualquier parte y de cualquier manera. Lo cual no contribuye a encontrar ninguna respuesta que pueda estar verdaderamente a la altura, y termina apagándose lo que probablemente fuera el inicio de una luz esplendorosa para muchos. A costa de tanta “publicidad” de uno mismo, de tantas imágenes, sentimientos en 140 caracteres como máximo, o estados prestados que viajan universalmente llevados por conexiones sin cables, terminamos sin saber qué fue lo que realmente sucedió y está pasando. Quienes así obran se anuncian permitiendo que otros hablen, comenten, y les interpreten más allá de lo escrito o dicho. Hace falta un tiempo grande para conocerse y aprender a saborearse, acoger esa dignidad que ya teníamos desde siempre. Me parecen muy pobres aquellas personas que esperan que todo sea dicho en sus vidas por los demás, y cuando les haces una pregunta te dicen que eso son otros quienes deben responderlo. Como si ellos no viviesen para sí mismos en primera estancia. Entiendo que el verbo “reservarse” cae mal en los oídos de muchos jóvenes, y no tan jóvenes. Pero pensemos a qué nos está llevando en verdad esta actitud innoble, y si es posible que alguien dé aquello que no ha poseído previamente y hecho suyo antes, que no ha cuidado y conocido, que no ha dignificado y humanizado, que no ha hecho divino aún en su naturaleza.
  3. Dejarse habitar e inundar de vida. Insisto en la diferencia de vivir junto a otros y sentirse unidos a ellos, y su pareja negativa, la relación entre estar separados y sentirse divididos. El secreto del hombre no está condenado a la soledad o lo intransferible. Quien así lo perciba, creo que se ha dejado engañar demasiado por la divisiones de nuestro mundo y las ha hecho suyas. El secreto de uno mismo, y esto es glorioso, puede ser compartido sin perder su condición de secreto, personal y único, y de autenticidad. Mientras que hay secretos que se convierten en olvido, se alían con fuerzas impersonales, dejan de ser únicos por la fantasía, y pierden autenticidad en la medida en que fueron encerrados en baúles de cinco llaves. Parece mentira que años y años de experiencia con nosotros mismos, y me refiero a la humanidad, nos hayan arrinconado de tal modo haciéndolos luchar en un combate imposible contra nosotros mismos. La vida, que tantas veces buscamos, no está “dentro de nosotros” al modo como una cierta y amplia psicología barata propugna, y máxime si esta “propiedad” de uno mismo no ha sido conquistada con dignidad. Este camino sólo conduce a la frustracción o al acomodamiento y conformismo. Sin embargo, sí existe la posibilidad de dejarse habitar, de dar el paso a terreno sagrado a otros que me acompañen desde el interior, vivir el secreto que yo conozco y amo o sufro, como una revelación cuidadosa hecha a otros que también me aman, que también lo conocen, que son sabios en esta escuela interior. Aunque parezca muy difícil, muy complejo, una ensoñación más entre otros deseos del ser humano, cuando se produce nos admiramos del milagro realizado en la sencillez de una vida compartida y de una conversación sincera.
  4. Reconciliar el secreto, exterminar lo impropio de nuestro misterio. En este ámbito me va haciendo sabio la vida misma. A través del sacramento de la confesión descubro muchas cosas y soy testigo directo de grandes personas enjauladas por el mal repetido una y otra vez, que reconocen que no se gustan a sí mismas y caen con facilidad aun sabiendo la insatisfacción de las cosas que viven, que sonríen sin fuerzas, que viven sin pasión, y que se encuentran muy solas. Ante esta realidad en ocasiones me planteo la valentía de la primera mirada sobre nosotros mismos, cuando esta mirada no busca justificarse ni defenderse, sino sólo encontrar la verdad. Creo firmemente que Dios habita en el corazón de todo hombre, que el Espíritu le mueve, pero cuando el hombre se mira a sí mismo busca demasiadas cosas grandes que no encuentra y tapa algunas bajo alfombras para no verlas que encierran demasiadas verdades. Para vivir lo secreto con su dignidad y humanidad más grande hay que reconciliar al ser humano herido. Una tarea que le lleve a la verdad sobre sí y lo que porta, sobre los demás, sobre el mundo y sobre Dios. En ese espíritu de verdad que no se niegue a sí mismo, puede el hombre escuchar su vocación y acoger el amor de Dios y del prójimo.
  5. No abandonar el secreto a las pasiones, sin motivación ni virtudes que lo gobiernen. Aquí sí que reside un enorme problema de nuestro mundo moderno, con su exterioridad pavoneante y apariencias perpetuas. En nuestro mundo se ha sometido el secreto de la persona al gobierno de sus pasiones. Entonces lo secreto realmente es lo oculto, lo escondido, lo que no queremos que se vea porque no será aceptado, porque no será comprendido. El secreto queda en mano de nuestras pasiones y de las pasiones de los demás. ¡Una lástima! El mundo interior también conoce virtudes enormes, como la prudencia, como la humildad, como el saber sufrir en secreto y alegrarse con las conquistas de los demás. El secreto de la persona también está constituido por aquello que no se puede explicar del todo, o requerirá tantas explicaciones en alto que sólo se podrá garantizar su dicha y dignidad cuando encontremos a una persona capaz de compartir con nosotros toda una historia y permanecer siempre a nuestro lado, pase lo que pase. El secreto es sede de las decisiones que nos mantendrán en fidelidad perpetua, que nos sostendrán en el dolor, que nos harán creer con unos ojos que existen más allá de los de la cara, y contemplar un mundo justo y fraterno por el que luchar hasta el cansancio, la extenuación, con fuerza y debilidad. En el secreto también se requiere escucha; una apertura diferente a lo trascendente, aunque asuste tanto preguntarse por esa capacidad que Dios ha manifestado de hablar con cada uno de nosotros llamándonos por nuestro nombre. No sólo es intimismo, porque nos llevará lejos. Las pasiones humanas, con sus torceduras y maldades, nunca nos mostrarán otros mundos, sino que nos encerrarán a diario, nos enclaustrarán en cada paso, nos mentirán sobre la humanidad, nos harán desconfiar para que nunca ventilemos y dejemos pasar al Espíritu a sombrías y apagadas estancias. Pero eso, insisto, sólo sucede cuando se ceja en el combate por ganarse a uno mismo. Lo secreto se convertirá en obras, acciones, acontecimientos, transformaciones, revoluciones incluso, pero a su debido tiempo. Sin lo secreto no hay virtud, ni amor.

En síntesis, quería mostrarme contrario en el artículo a lo que considero una mentira flagrante, a esa que dice que auténtico es el que se muestra sin remilgos ni pudor a los otros, y que es verdaderamente libre y no vive de prejuicios ni opiniones aquel que ni siquiera ha tenido tiempo de aprender a reservarse y esperar el momento adecuado y las personas adecuadas para entregarse de verdad. Dicho de forma muy simple, que quien cuenta todo a todos espontáneamente llegará a ser más feliz, y que los secretos sólo esconden pasiones. Y de paso, hacer la propuesta contraria, llamarnos a habitar en lo secreto, a entrar en lo secreto, a obrar en lo secreto, a entregarnos en lo secreto, a soportar nuestro misterio en su inmensidad y belleza.

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