Tienes una misión


Te está esperando. Sin ti no es nada. Su existencia se debe a tu vida, o viceversa. Quizá no te des cuenta porque no te lo crees, y vives deslabazadas y deshilachadas todas las cosas. Que si esto aquí, que si esto allí. Para verla debes antes comenzar a buscarla, creyendo que existe la tuya, que no se confunde con la de quien está a tu lado aunque verás cómo se comparte con muchos. Tu misión lo debe englobar todo, darle unidad, provocar sentido, conceder trascendencia y futuro a lo que en sí resulta insignificante y un tanto estúpido. Cuando apuestes por ella te darás cuenta de que lo que hoy te digo no son palabras vacías, pronunciadas sin más, ni dichas para que se entreguen al sinsentido o se las trague la impaciencia del aquí y el ahora. Una misión como ésta dura toda la vida, completará tu tiempo de vida mayúscula. Hay días en los que consentirás ser llevado por ella donde no quieres, otros en los que interrogará tu libertad pensando en hacer concesiones a tu valentía y atrevimiento, y en diversas ocasiones se tornará en pesada carga sobre tu espalda.

Retomo lo dicho antes. Te está esperando. Dialoga contigo. Se puede escuchar, ver, sentir, palpar incluso. No serás testigo de la misma, aunque para ti suponga una continua aventura y la reconozcas como no tuya absolutamente. Alcanza el corazón como demanda y requerimiento, libera tu imaginación para que contemples un mundo de posibilidades y un futuro realizando una curva en lo trazado desde antiguo. Aquí está la sorpresa de quien atiende palabras que no son suyas en su mismo corazón. Aquí se alumbra el interrogante de quiénes somos en verdad. La misión constituye la razón de tu presencia, el motivo último por el que se concede vida y dicha vida deja de estar a merced de la casualidad y del azar, pudiendo haber vivido o no, estando de cualquier modo o no, venciendo la relatividad y el desinterés por nosotros mismos aislados de nuestro tiempo, nuestro espacio, nuestras circusntancias, nuestra historia, y el tiempo, el espacio, las circunstancias y la historia de los otros.

Se me antoja recuperar la cultura básica de una sociedad que integra a sus individuos en ella no por medio de la productividad y de la riqueza material, sino en función de su propia vocación y misión. Y que como tal, por lo tanto propicia y facilita la búsqueda y el discernimiento, acompaña a las personas en tanto que personas que deben ocupar un lugar conforme a sus capacidades, y de la misma manera valora la aportación y educación de las mismas para su perfección. Una sociedad así antepone lo humano, y lo dignifica. Se me antoja imprescindible volvernos hacia lo fundamental y lo nuclear, cuantas veces sea necesario porque se ha vuelto imprescindible para nosotros, centrarnos una y otra vez, reiteradamente, corrigiendo las desviaciones del uso y del abuso de lo humano para otros fines más bajos y vulgares. Ya viene siendo urgente, porque cuando se escucha en alto y en público un discurso similar a este, que proclame que la persona es responsable de una misión, vienen ecos de lo no real, sino de la literatura antigua y de las películas épicas. Ya viene siendo urgente gritar con vigor a los niños, a los jóvenes, a los adultos: “¡Tienes una misión que cumplir!” Y nunca pasará, nunca te abandonará, nunca cejará en su empeño por reconducirte de lo interior a lo exterior, o viceversa.

Pero después de la argenga, reclamando atención y encendiendo el corazón, sobreviene un tiempo de mayor pausa y paciencia. De un cierto enfriamiento de lo afectivo, ganando intensidad el criterio y la razón discerniente, escrutadora, trascendente. Culmina el proceso con la decisión nuevamente alejada de las seguridades y de las claridades, para que podamos sobrevivir y recibir nueva vida en la confianza y en la fe. Quizá lo más genuino de un proceso de discernimiento sea esta cierta desprotección y sinceridad con nuestra pequeñez y con la provisionalidad de una existencia que frecuentemente revestimos de mentiras, para enfrentarnos con nuestro corazón de pequeños a todo un universo y todo el tiempo del mundo, en compañía de un amigo fiel, en presencia del Señor más amoroso. El último instante al que se expone el proceso antes de estas opciones fundamentales y determinantes se empuja más allá incluso de sí, incapaces de contener y procesar la información en su conjunto, imposibilitados para adelantar lo que sucederá en otros tiempos, y volcados en la relación y en la fidelidad de aquel que nos ha llamado, en aquel que nos ha requerido, en aquel que nos constituyó con una libertad tan abrupta y un corazón tan noble como para poderse fiar por amor. No hay más, ni mejor final que éste. Y sólo ha comenzado la misión. Lo que aguarda después de la decisión por la propia misión serán la vocación y la comunión. Te habrá cambiando la vida en Vida.

 

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