En breve, el Camino de Santiago


Dentro de pocos días comenzaré el camino de Santiago. ¡Qué decir! Tengo leves intuiciones. Y poco más. Recogidas de la experiencia de tal y cual persona, de este u otro libro.

Una de las intuiciones más fuertes, después del bagaje de otros, es que me espera mi Camino. ¿Quién lo ha preparado? ¡Misterio! Pero conozco este Misterio y cómo me ha educado en otras ocasiones. Para mí este Misterio tiene nombre (y apellidos). Vuelve a ser lo que tantas veces decimos: no hay dos iguales, por mucho que se parezcan.

La segunda hace que compare esta peregrinación con el yudo y con la selva. En este arte marcial la fuerza y el orgullo desproporcionado y sin equilibrio se vuelve en contra de quien ataca. Me parece que Camino sabe descubrir estos puntos débiles por los que el orgullo se cuela, donde la fuerza personal se confunde habitualmetne con soberbia y prepotencia. El símil con la selva, para quienes han estado en ese lugar, envuelto por árboles iguales y nada a los pies, se refiere a ese Camino que todo lo envuelve y del que no se puede salir de ningún modo. A mayor sensación de pérdida, más complicado resulta salir, incluso, siguiendo los propios pasos.

La tercera y última intuición que comento se relaciona con el propio cuerpo, el retorno a la propia humanidad destecnologizada, desmotorizada, desprovista de todo lo que nos rodea y sirve para evadir nuestros límites. El sol o la lluvia, cada kilómetro del camino, los propios pies y las manos, la mochila a la espalda. Sea como fuere, volvemos a encontrarnos con nosotros mismos. Me resulta especialmente poderosa la pregunta, que he escuchado a todos los que lo han hecho, de quien se plantea: ¿Qué hago aquí? Este “aquí” se refiere a la situación, a la propia persona, a recuperar el esfuerzo por vivir, a desear una meta y saber cuánto cuesta alcanzarla, al dominio de sí mismo. Este “aquí” se ve mitigado, según dicen, por la escucha del otro. Algo que esta vez, antes incluso de comenzar, en estos preparativos inminentes, ya estoy haciendo.

¡Qué ganas tengo de seguir caminando hacia… !

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Cuidado con las previsiones – Miniidea


Forma parte de lo humano, específicamente humano, la capacidad de anticiparse a lo que llegará. Con más o menos antelación. Y al mismo tiempo, perseguir objetivos, diseñar planes. Son las dos caras de la misma moneda: el futuro que viene hacia mí, y la persona que va lanzada al futuro. Detener esta tensión es directamente imposible. Lo humano se vive más allá del presente. Algunas de estas previsiones son, por otro lado, estrictamente perversiones, cálculos inapropiados o rémoras de una condición que no es la nuestra. Por ejemplo, esperar y desear lo inesperado e imposible (sea de la realidad entendida como cosas, o sea de otras personas). Pero este es un ejemplo entre otros muchos. Del otro lado, por ejemplo, situaría la actitud de aquellos que permanecen ciegos, sin querer ver lo que sobreviene inevitablemente, lo que sucederá. Sea como sea, la prudencia exige pensar que el tiempo no es infinito, y, por tanto, no conviene dar prioridad al “dejar que sucedan” por encima del “trabajar para que acontezcan”. A la primera le corresponde una verdad pasiva que se recibe, a la segunda una verdad posible que está en tus manos que suceda. En ocasiones, para asombro de muchos que lo consideran imposible.

La envidia también es buena


Sin dar cuartelillo ni pasaporte a la necedad de quien roba o pone la zancadilla al otro, recuerdo que Hesíodo, no hace menos de 2.600 años ya escribía sobre la existencia de dos tipos de envidias en su épico libro “Los trabajos y los días.” Una acrecentaba la guerra, la otra, anhelaba el trabajo y el bien en su propia casa. Si pudiese elegir, me quedo indudablemente la segunda. Más olvidada por ser más difícil de alcanzar. Y más deseable porque trae y acerca a la bondad y a la excelencia. ¿Por dónde puedo empezar a atraerla a mi humilde morada?

La clave para entender algo similar a esto es no encasillarse en las palabras, ni perderse en los prejuicios. Entender y comprender lo humano, en su riqueza y diversidad, acogiendo como bueno mucho de lo que tachamos “humildemente” como bueno, y dejando a un lado ciertas “bondades” que nos hacen sentir excesivamente “mal”. Juegos de palabras para abrirnos, y usar, una realidad como la nuestra que es amplia y profunda.

  1. Patear internamente, con determinación y coraje, la primera envidia. La que corroe por dentro, la que busca que el otro sea menos creyendo que así “me sentiré menos pequeño”, la que en lugar de crecer para alcanzar, empequeñece para igualar. En la primera envidia se cree que “las coas tienen vida por sí mismas y son capaces de darla”, de modo que robándolas se adquiere su poder. Sin darnos cuenta de que esto no es posible. Es como si creyésemos que por tener “los mismos trastos que un gran científico que se levanta entusiasmado todas las mañanas para investigar, buscar la verdad y pensar”, ya seríamos como él. O la de quien roba el libro de oración de un monje experimentado, pensando que así sabríamos rezar. A esta envidia, que confunde cosas y personas, lo mejor es darle una patada. Y seguir buscando la fuente de la Vida, de la Verdad y del Bien, guiándonos por la envidia que desea compartir y dialogar con quienes parece que han encontrado mucho de ella.
  2. Cuando puedo ver lo bueno, comienzo a transformar mi corazón. Y queda conectado el corazón a la realidad. Tengo una meta, un objetivo, algo que me saca de mí mismo y me lanza. Esta envidia, en su grandeza, tiene poder para extasiarme (literalmente, “fuera de mi estado”). No quisiera que confundas esta experiencia con la de la locura y la de la euforia, ni con la alienación. Más bien, con la tensión de la vida. Con el ser futurible del hombre, su capacidad para reconocer su excelencia y bondad más alta.
  3. Enseña a valorar la realidad. Cuando aparece, deja de “valer todo”, y pasa a primera plana el “ya no vale todo”. Antes podríamos decir que “queríamos” en general y ahora afirmamos “qué quiero”, con contenido y sin abstracciones, sin perdernos en las muchas posiblidades y el reino de la indecisión. Si nos diesen a elegir, podríamos decir algo con conocimiento de causa. Y esto es importante.
  4. Además, brota del interior. Lejos de imponerse, se propone. Centra, como toda envidia, y señala. Nos habríamos dejado tocar, y romper en nuestras corazas. Ya no es algo que viene de “afuera”, nace de “dentro”. Es sentimiento, afecto, emoción. Pugna por lo que quiere, al modo que quiere. El horizonte está definido. Este “brotar y este nacer” son sinónimos de romper con la esclavitud y abrazar la libertad. Ahora que sé, y que es innegable, estoy llamado a la responsabilidad. Antes podría dudar, o confundirme, y ahora tengo algo que me mueve a más y mejor.
  5. Encarnado en otra persona, se hace asequible. Aunque requiera esfuerzo, ya sé que no es una quimera, fantasía o un juego nefasto de la imaginación, que viene a traicionarme. Tendré que considerar otras cosas, como mis capacidades y de qué medios dispongo. Pero si lo veo, es humano. Y si es humano, en algo se parece a mí. También habrá tenido limitaciones, debilidades, fracasos y tropezones. Sin embargo, tiene algo que me asemeja.
  6. Aprender a mirar con claridad de juicio. No sólo lo que tiene y lo que ha conseguido, sino cómo lo ha alcanzado. Y en la medida de lo posible, sentarme un rato a aprender con él. A lo mejor, lo más probable, es que él también aprendiera de otro, y la “sana envidia” sea contagiosa.
  7. Al final, incluso descubriré que tengo algo envidiable por otros. O más que tengo, podría decir que “soy envidiable”, no perfectamente, pero sí en algo. Y podré ponerlo a funcionar para crear un mundo más justo y más humano. En esa puerta, que reclama la presencia y atención de los demás, se abre la posibilidad de transmitir a otros lo descubierto y recibido.

Quizá la envidia sólo me ayude a desear. Pero será ya mucho. Y si es envidia sana, además me pone en comunión con otros, aprendiendo, dejándome guiar, esforzándome por alcanzar lo que estoy llamado a ser. A lo mejor no puedo por mí mismo. A lo mejor no logro los objetivos. A lo mejor estoy más necesitado de lo que creo. Y si esto anterior, si todos estos “a lo mejor” se hicieran realidad y me fueran patentes ante los ojos, ya habría aprendido mucho y tendría mucho que agradecer. Me conocería más a mí mismo, sabría admirar con más entusiasmo y libertad el don que otros han recibido, y reconocería, igualmente, que ellos también son personas que han sido regaladas con algo especial. Tampoco en manos de los que tienen éxito y se esfuerzan mucho está lo que se anda buscando. Lo que se quiere alcanzar está detrás, un paso más allá, una trastienda más en el interior de todo esto. Y se llama Dios. Esta envidia me pone en la senda de buscar adecuadamente, y me da la oportunidad de reconocerla. Para mí, lo mejor, es que puedo envidiar a Jesucristo. No un Dios lejano, no un ídolo a la medida del hombre, sino Dios en el corazón de la humanidad latiendo con fuerza y atrayendo a todos hacia sí.

Esta experiencia se puede hacer real. La envidia sana, en forma de desear la vida que otros tienen al modo como otros tienen. Se mantiene al principio “como para despertar” a los que están cómodos, tranquilos y adormecidos. “Si él puede, ¿por qué no yo?” Ésta fue en parte, sólo en parte, el inicio de mi vocación escolapia. Viendo, quise y desee para mí. Viendo el bien, me contagié de su bondad. Y aprendí a dialogar. Cuando algo nace del bien, no se impone ni se produce y copia en otros. De modo que no vivo lo que “vi en otros”, sino que durante la formación aprendí a hacer mi propio camino.

(Tomado del blog “Preguntarse y buscar”, ambos escritos por mí)

El verano y las fotos de Facebook


Quien dice Facebook habla de todas las redes, del resto de las redes. Porque, si habitualmente tenemos algún que otro problema para controlar nuestras imágenes y la imagen que damos en la red, en este tiempo de vacaciones y verano se multiplican ampliamente. Entre unas cosas y otras, con la facilidad de acceso y difusión de los SmarthPhones, y sin prudencia, tendremos que dedicar excesivo tiempo a lamentarnos y corregir los desaguisados en los que no pusimos excesivo cuidado y cautela cuando estaba en nuestras manos.

Más de uno, por ejemplo, después de una relación se ve obligado a “borrar” de su perfil todas las fotos con la pareja que tenía. Una de dos, o con esa actitud se dice a sí mismo que quiere olvidar y pasar página aunque fue maravilloso mientras duró, o lo que está diciendo es que no quiere saber nada de lo que pasó. Estamos educando, no sé si estoy en lo cierto, en que la historia puede manejarse “al antojo” y se pueden “eliminar” partes. Dicho de otro modo, en futuro, que puedes hacer lo que quieras que después se pondrá remedio. Lo cual, salvo en las apariencias frágiles de los álbunes personales de Facebook o Tuenti (no tanto en los de otros, ni en sus comentarios) conlleva una profunda mentira. La vida no puede fraccionarse ni hacer con ella con collage al gusto de cada uno.

Ah, se me olvidaba. Va a ser que el problema no lo tiene ni Facebook, ni las cámaras de fotos. Sino el criterio disuelto de quienes los utilizan sin educación previa o sin cautela, con el permiso impropio de una sociedad que les ve estrellarse una y otra vez sin poner remedio para ello.

Hoy me desperté crítico. Pero no críptico.

Por fin vacaciones – Miniidea


Ahora que empiezan las vacaciones, y se puede hacer todo eso que hemos ido diciendo a lo largo del año, la lista debería ser agobiadora. Imagino que más de uno tendrá que volver a las listas A y B, lo que se puede hacer hoy y dejar para mañana. Aunque me temo que lo mejor del tiempo de descanso y de reposo, el número uno de la lista en muchos caso será “no hacer nada”. Pero de ahí al aburrimiento hay un paso.

¿A qué estás esperando?


Os comparto esta pregunta, porque puede que más de uno tenga necesidad de que alguien se la haga. Ya que no puedo sentarme “delante de ti” y hacértela “en tu cara”, permíteme al menos que mis palabras te alcancen a través de la red.

Encuentro personas que van por el mundo “deshinchadas y desganadas”. Hoy he tenido dos “visitas” de este tipo. No una, sino dos. Con dos perfiles diferentes, con dos contextos distintos, de dos realidades que nada tienen que ver entre sí, dos personas que entre ellas no se conocen. Y me sale decir que comparten un mismo perfil: No ser capaces de dar el primer paso. Les diferencia, de todos modos, algo básico. Una de ellas tiene que “dejar atrás”, lanzarse a lo nuevo, pero sobre todo hacer el tránsito de la liberación. En la otra persona, encuentro que lo tiene todo y está aguardando a “lanzarse hacia delante”. Alguien inteligente y perspicaz dirá que para que alguien abandone una vida tiene que coger otra, y viceversa. Pero os pido que penséis que son dos problemáticas diferentes unidas en la misma pregunta. ¿A qué esperas?

Lejos de ellos está el tiempo en que aguardaban una señal del cielo, un signo evidente, un testimonio rotundo que les derrumbara. Ese conocimiento de una u otra manera ya lo tienen. Ha dejado de ser una pregunta relativa a la inteligencia. Uno sabe que lo que hace le provoca daño e infelicidad, que nada tiene que ver con él. Y el otro, por el contrario, cree que lo que le llama por dentro (y por fuera) le hará profundamente feliz. El primero no sabe bien hacia dónde moverse, no tiene un horizonte definido, salvo salir de la niebla en la que está. El segundo dispone de una meridiana luz, ya tiene signos y el camino marcado. ¿Qué les pasa a ambos entonces? Si no es inteligencia, será cuestión de voluntad. Diría que mis alumnos están algunas veces, en temas de estudios, sumidos en la misma precaridad. Sin embargo, aquí hablo de algo radicalmente más importante, hablo de la bondad de la vida y de su maldad, hablo de vivir la propia existencia o seguir pasando como si no fuésemos dueños de ella. ¿Será posible que vivan otros diez años, o más, hasta que se den cuenta de que no son dueños de su vida, de sus actos, de sus decisiones? ¿Ocurrirá aquello, que tanto tememos, de no vivir realmente nosotros mismos, sino sentir que nos roban la vida a diario, en cada momento, en cada circunstancia, que no podremos comprometernos radicalmente con nada ni entregara nada porque de nada somos dueños?

Queridos ambos, y en genérico, a todos. ¿A qué esperas? Comprendo tu debilidad, acojo el sufrimiento e impotencia que manifiestas. Incluso te diría que eres muy amado cuando lo expresas con tanta humanidad. Pero, ¿a qué esperas para dar el paso que te saque de donde estás o tomes la decisión que sabes que es la correcta? Me permito decirte, sin un tono de consejo fácil, sin la cadencia de quien todo lo sabe y es perfecto, tres cuestiones que quizá pueden ayudarte en el momento que expresas. Las saco en parte de mi experiencia, y otras de la de mis amigos y hermanos.

  1. No permitas que la derrota se haga fuerte en ti. Es decir, mírate como un vencedor. O, mejor aún, acoge la victoria de otros en tu vida frente al mal que sufres. Seguramente verás, podrás escuchar, testigos fuertes que te den palabras de vida alejadas del consejo estúpido y de los ánimos ilusos de quienes creen que todo se puede lograr, que todo puede cambiar, que cualquier cosa es posible para el hombre. No seas ridículo, no expongas tu vida a la derrota. Y no condenes tu pensamiento y tu corazón a considerarte así. Hay que diferenciar batallas de la guerra. Y todo, en este sentido, habrá terminado cuando tú des el primer paso.
  2. Por muy “tuyo” que sea lo que vives, no te esclavices a una soledad en la que ya te sabes débil, frágil y pobre. Tampoco te quedes, dicho sea de paso, en un mero compartir, desahogarte, abrir tu corazón buscando compasión. No digo que no sea necesario en según qué momentos, pero sí afirmo que es radicalmente insuficiente. Es más, te empobrecerá y debilitará a medida que lo vivas con mayor normalidad. No habrá entonces consuelo para ti, o más consuelo que abandonar la esperanza. Mientras sostengas la luz de la esperanza, y creas que llegará el momento, que ya está cerca, entonces seguirás encontrando personas y grupos o comunidades en donde vivir tus primeros pasos. Evitará que sientas que todo lo tienes que hacer tú, que se adueñen de ti esa forma de pensar que todo lo hace sospechoso y dudoso al inicio. Aunque un médico tenga claro que un paciente puede empezar su rehabilitación, verás que nunca le permite que se levante de la cama sin estar él mismo y en persona cerca, sujetando por debajo el brazo, pendiente de lo que pueda pasar. De igual manera, aunque tú seas el responsable de ese primer, segundo y tercer paso, no tienes por qué esconderte de los demás para ello.
  3. Sé un tanto loco. Cuando se planifica que tal día sucederá esto, o que tal otro viviré aquello, y que éste será el momento decisivo y propicio, me entran ganas de reír. Porque veo cómo se posponen una y otra vez las decisiones importantes hasta el tiempo de lo urgente y de la urgencia, de lo imprescindible y necesario. En ocasiones incluso llegan tarde o no se toman nunca, porque no pueden tomarse ya. Se pasó el tiempo, se pasó el arroz. Ahora no puede ser de ninguna de las maneras. Te pido una cierta locura de ánimo, un cierto despojo de la planificación que hasta ahora no te ha funcionado, que te dejes llevar por el corazón y las intuiciones cuando éstas surgen. Que no las conviertas en palabras que encienden y calienta tu vida, sino en actos que lo transforman todo.

No esperes. Porque mañana bien sabemos que no sabemos si podrá ser. Hoy sí. Hoy, si tienes clavada la pregunta, si tienes certeza sobre esta opción, si lo has trabajado suficientemente y te acompaña durante un tiempo, quizá hoy sea el tiempo de encaminar tus pasos por nuevos caminos, de respirar nuevos aires, de sostener cargas diferentes a las que hasta ahora has querido llevar sin demasiado éxito y en excesiva soledad.

Ángeles, que no saben que son ángeles


Los angelotes regordetes e infantiles de Rafael han hecho mucho daño al imaginario social. Otros mucho más. Con sus pinturas, con sus palabras. Los miro y pienso para mí que no quiero ser uno de esos niños que andan mirando el mundo tan inocentemente, entre abrazos melosos rodeados de corazones hipotéticos e implícitos. Demasiado melosos, muy poco serios para lo que la vida es y conozco de ella. Aquí abajo, sin más nubes que las de la niebla, todo se pinta de otra manera.

Como a todas las personas, a mí tampoco me preguntaron si quería o no vivir. Nadie me consultó democráticamente, ni presenté curriculum en ninguna oficina. Al menos que recuerde. He sido arrojado a la vida, me han traído. O he surgido, he aparcido dentro de ella de repente. Todo empezó siendo un niño y ahora ya no lo soy. Comenzó en una familia distinta a la que ahora tengo. Ni siquiera tenía sueños grandes en sus inicios, y ahora puedo mirar “hacia atrás” en el tiempo y la historia, y “hacia adelante” con cierta prudencia y respeto. Pero insisto, como a todos, nadie me preguntó. Vivir y saberme vivo también a mí me sorprende, y no deja de ser un interrogante serio.

Algunas veces este vivir tiene mucho de atrevimiento, de coraje, de ingenuidad. Como los ángeles de Rafael, quedos mirando el cielo. Otras, en las que sabemos en qué jaleos nos han implicado, el tono cambia y se vuelve todo un tanto agresivo, como si nos robasen el tiempo, faltase espacio y supusiera todo un enorme desgaste. Y tanto en uno como en otro nos topamos con personas que van y que vienen, con quienes hablamos en ocasiones y a quienes escuchamos según qué circunstancias. Demasiadas personas cuando no demasiada soledad entre ellas, porque el corazón difícilmente se equilibra, y siempre mantiene su punto de insatisfacción y de inacomodación al mundo y con el mundo. En estos encuentros quizá más de una vez hemos hecho algo por alguien de forma desinteresada, sólo por ella. Quizá. Y, con todo, me sorprende que estemos dispuestos a este grado de generosidad, de entrega, de solidaridad y de comunión. El intento merece la pena, incluso para descubrir que nos vemos atacados por múltiples frentes. Pero no desecho aquellas ocasiones en las que se hace algo por otras personas en las que clarificamos como motivación fundamental que les queremos. Tampoco las acciones que redundan en beneficio de ambos, en las que amar será la cara que falta al dejarse amar que tanto cuesta. Y por otro lado, en la cumbre de todas ellas, está cuando vivimos por vivir nada más, cuando hacemos algo de lo de siempre, y sin darnos cuenta hemos tocado el corazón de una persona, le hemos hecho un enorme bien sin que nos demos cuenta, hemos pasado a su lado trastocando su existencia.

Hoy es un día de esos en los que todo parece finalizar. Termina el curso, y veo ángeles que no se han dado cuenta del bien que han hecho, ángeles que trajeron buenas noticias y otros que llamaron decididamente a la corrección, ángeles que van de un lugar para otro haciendo lo que creen que deben hacer y, sin querer, tocan corazones, se cuelan en las vidas de otros. Ángeles sin los cuales no podría explicar quién soy, por qué creo, qué hago ni por qué lo hago ni cómo lo hago. Ángeles que van y vienen, no sabemos a quién pertenecen realmente, ni por qué su fuerza, su tesón, su constancia. Ángeles que no saben que son ángeles.