En breve, el Camino de Santiago


Dentro de pocos días comenzaré el camino de Santiago. ¡Qué decir! Tengo leves intuiciones. Y poco más. Recogidas de la experiencia de tal y cual persona, de este u otro libro.

Una de las intuiciones más fuertes, después del bagaje de otros, es que me espera mi Camino. ¿Quién lo ha preparado? ¡Misterio! Pero conozco este Misterio y cómo me ha educado en otras ocasiones. Para mí este Misterio tiene nombre (y apellidos). Vuelve a ser lo que tantas veces decimos: no hay dos iguales, por mucho que se parezcan.

La segunda hace que compare esta peregrinación con el yudo y con la selva. En este arte marcial la fuerza y el orgullo desproporcionado y sin equilibrio se vuelve en contra de quien ataca. Me parece que Camino sabe descubrir estos puntos débiles por los que el orgullo se cuela, donde la fuerza personal se confunde habitualmetne con soberbia y prepotencia. El símil con la selva, para quienes han estado en ese lugar, envuelto por árboles iguales y nada a los pies, se refiere a ese Camino que todo lo envuelve y del que no se puede salir de ningún modo. A mayor sensación de pérdida, más complicado resulta salir, incluso, siguiendo los propios pasos.

La tercera y última intuición que comento se relaciona con el propio cuerpo, el retorno a la propia humanidad destecnologizada, desmotorizada, desprovista de todo lo que nos rodea y sirve para evadir nuestros límites. El sol o la lluvia, cada kilómetro del camino, los propios pies y las manos, la mochila a la espalda. Sea como fuere, volvemos a encontrarnos con nosotros mismos. Me resulta especialmente poderosa la pregunta, que he escuchado a todos los que lo han hecho, de quien se plantea: ¿Qué hago aquí? Este “aquí” se refiere a la situación, a la propia persona, a recuperar el esfuerzo por vivir, a desear una meta y saber cuánto cuesta alcanzarla, al dominio de sí mismo. Este “aquí” se ve mitigado, según dicen, por la escucha del otro. Algo que esta vez, antes incluso de comenzar, en estos preparativos inminentes, ya estoy haciendo.

¡Qué ganas tengo de seguir caminando hacia… !

Cuidado con las previsiones – Miniidea


Forma parte de lo humano, específicamente humano, la capacidad de anticiparse a lo que llegará. Con más o menos antelación. Y al mismo tiempo, perseguir objetivos, diseñar planes. Son las dos caras de la misma moneda: el futuro que viene hacia mí, y la persona que va lanzada al futuro. Detener esta tensión es directamente imposible. Lo humano se vive más allá del presente. Algunas de estas previsiones son, por otro lado, estrictamente perversiones, cálculos inapropiados o rémoras de una condición que no es la nuestra. Por ejemplo, esperar y desear lo inesperado e imposible (sea de la realidad entendida como cosas, o sea de otras personas). Pero este es un ejemplo entre otros muchos. Del otro lado, por ejemplo, situaría la actitud de aquellos que permanecen ciegos, sin querer ver lo que sobreviene inevitablemente, lo que sucederá. Sea como sea, la prudencia exige pensar que el tiempo no es infinito, y, por tanto, no conviene dar prioridad al “dejar que sucedan” por encima del “trabajar para que acontezcan”. A la primera le corresponde una verdad pasiva que se recibe, a la segunda una verdad posible que está en tus manos que suceda. En ocasiones, para asombro de muchos que lo consideran imposible.

La envidia también es buena


Sin dar cuartelillo ni pasaporte a la necedad de quien roba o pone la zancadilla al otro, recuerdo que Hesíodo, no hace menos de 2.600 años ya escribía sobre la existencia de dos tipos de envidias en su épico libro “Los trabajos y los días.” Una acrecentaba la guerra, la otra, anhelaba el trabajo y el bien en su propia casa. Si pudiese elegir, me quedo indudablemente la segunda. Más olvidada por ser más difícil de alcanzar. Y más deseable porque trae y acerca a la bondad y a la excelencia. ¿Por dónde puedo empezar a atraerla a mi humilde morada?

La clave para entender algo similar a esto es no encasillarse en las palabras, ni perderse en los prejuicios. Entender y comprender lo humano, en su riqueza y diversidad, acogiendo como bueno mucho de lo que tachamos “humildemente” como bueno, y dejando a un lado ciertas “bondades” que nos hacen sentir excesivamente “mal”. Juegos de palabras para abrirnos, y usar, una realidad como la nuestra que es amplia y profunda.

  1. Patear internamente, con determinación y coraje, la primera envidia. La que corroe por dentro, la que busca que el otro sea menos creyendo que así “me sentiré menos pequeño”, la que en lugar de crecer para alcanzar, empequeñece para igualar. En la primera envidia se cree que “las coas tienen vida por sí mismas y son capaces de darla”, de modo que robándolas se adquiere su poder. Sin darnos cuenta de que esto no es posible. Es como si creyésemos que por tener “los mismos trastos que un gran científico que se levanta entusiasmado todas las mañanas para investigar, buscar la verdad y pensar”, ya seríamos como él. O la de quien roba el libro de oración de un monje experimentado, pensando que así sabríamos rezar. A esta envidia, que confunde cosas y personas, lo mejor es darle una patada. Y seguir buscando la fuente de la Vida, de la Verdad y del Bien, guiándonos por la envidia que desea compartir y dialogar con quienes parece que han encontrado mucho de ella.
  2. Cuando puedo ver lo bueno, comienzo a transformar mi corazón. Y queda conectado el corazón a la realidad. Tengo una meta, un objetivo, algo que me saca de mí mismo y me lanza. Esta envidia, en su grandeza, tiene poder para extasiarme (literalmente, “fuera de mi estado”). No quisiera que confundas esta experiencia con la de la locura y la de la euforia, ni con la alienación. Más bien, con la tensión de la vida. Con el ser futurible del hombre, su capacidad para reconocer su excelencia y bondad más alta.
  3. Enseña a valorar la realidad. Cuando aparece, deja de “valer todo”, y pasa a primera plana el “ya no vale todo”. Antes podríamos decir que “queríamos” en general y ahora afirmamos “qué quiero”, con contenido y sin abstracciones, sin perdernos en las muchas posiblidades y el reino de la indecisión. Si nos diesen a elegir, podríamos decir algo con conocimiento de causa. Y esto es importante.
  4. Además, brota del interior. Lejos de imponerse, se propone. Centra, como toda envidia, y señala. Nos habríamos dejado tocar, y romper en nuestras corazas. Ya no es algo que viene de “afuera”, nace de “dentro”. Es sentimiento, afecto, emoción. Pugna por lo que quiere, al modo que quiere. El horizonte está definido. Este “brotar y este nacer” son sinónimos de romper con la esclavitud y abrazar la libertad. Ahora que sé, y que es innegable, estoy llamado a la responsabilidad. Antes podría dudar, o confundirme, y ahora tengo algo que me mueve a más y mejor.
  5. Encarnado en otra persona, se hace asequible. Aunque requiera esfuerzo, ya sé que no es una quimera, fantasía o un juego nefasto de la imaginación, que viene a traicionarme. Tendré que considerar otras cosas, como mis capacidades y de qué medios dispongo. Pero si lo veo, es humano. Y si es humano, en algo se parece a mí. También habrá tenido limitaciones, debilidades, fracasos y tropezones. Sin embargo, tiene algo que me asemeja.
  6. Aprender a mirar con claridad de juicio. No sólo lo que tiene y lo que ha conseguido, sino cómo lo ha alcanzado. Y en la medida de lo posible, sentarme un rato a aprender con él. A lo mejor, lo más probable, es que él también aprendiera de otro, y la “sana envidia” sea contagiosa.
  7. Al final, incluso descubriré que tengo algo envidiable por otros. O más que tengo, podría decir que “soy envidiable”, no perfectamente, pero sí en algo. Y podré ponerlo a funcionar para crear un mundo más justo y más humano. En esa puerta, que reclama la presencia y atención de los demás, se abre la posibilidad de transmitir a otros lo descubierto y recibido.

Quizá la envidia sólo me ayude a desear. Pero será ya mucho. Y si es envidia sana, además me pone en comunión con otros, aprendiendo, dejándome guiar, esforzándome por alcanzar lo que estoy llamado a ser. A lo mejor no puedo por mí mismo. A lo mejor no logro los objetivos. A lo mejor estoy más necesitado de lo que creo. Y si esto anterior, si todos estos “a lo mejor” se hicieran realidad y me fueran patentes ante los ojos, ya habría aprendido mucho y tendría mucho que agradecer. Me conocería más a mí mismo, sabría admirar con más entusiasmo y libertad el don que otros han recibido, y reconocería, igualmente, que ellos también son personas que han sido regaladas con algo especial. Tampoco en manos de los que tienen éxito y se esfuerzan mucho está lo que se anda buscando. Lo que se quiere alcanzar está detrás, un paso más allá, una trastienda más en el interior de todo esto. Y se llama Dios. Esta envidia me pone en la senda de buscar adecuadamente, y me da la oportunidad de reconocerla. Para mí, lo mejor, es que puedo envidiar a Jesucristo. No un Dios lejano, no un ídolo a la medida del hombre, sino Dios en el corazón de la humanidad latiendo con fuerza y atrayendo a todos hacia sí.

Esta experiencia se puede hacer real. La envidia sana, en forma de desear la vida que otros tienen al modo como otros tienen. Se mantiene al principio “como para despertar” a los que están cómodos, tranquilos y adormecidos. “Si él puede, ¿por qué no yo?” Ésta fue en parte, sólo en parte, el inicio de mi vocación escolapia. Viendo, quise y desee para mí. Viendo el bien, me contagié de su bondad. Y aprendí a dialogar. Cuando algo nace del bien, no se impone ni se produce y copia en otros. De modo que no vivo lo que “vi en otros”, sino que durante la formación aprendí a hacer mi propio camino.

(Tomado del blog “Preguntarse y buscar”, ambos escritos por mí)

El verano y las fotos de Facebook


Quien dice Facebook habla de todas las redes, del resto de las redes. Porque, si habitualmente tenemos algún que otro problema para controlar nuestras imágenes y la imagen que damos en la red, en este tiempo de vacaciones y verano se multiplican ampliamente. Entre unas cosas y otras, con la facilidad de acceso y difusión de los SmarthPhones, y sin prudencia, tendremos que dedicar excesivo tiempo a lamentarnos y corregir los desaguisados en los que no pusimos excesivo cuidado y cautela cuando estaba en nuestras manos.

Más de uno, por ejemplo, después de una relación se ve obligado a “borrar” de su perfil todas las fotos con la pareja que tenía. Una de dos, o con esa actitud se dice a sí mismo que quiere olvidar y pasar página aunque fue maravilloso mientras duró, o lo que está diciendo es que no quiere saber nada de lo que pasó. Estamos educando, no sé si estoy en lo cierto, en que la historia puede manejarse “al antojo” y se pueden “eliminar” partes. Dicho de otro modo, en futuro, que puedes hacer lo que quieras que después se pondrá remedio. Lo cual, salvo en las apariencias frágiles de los álbunes personales de Facebook o Tuenti (no tanto en los de otros, ni en sus comentarios) conlleva una profunda mentira. La vida no puede fraccionarse ni hacer con ella con collage al gusto de cada uno.

Ah, se me olvidaba. Va a ser que el problema no lo tiene ni Facebook, ni las cámaras de fotos. Sino el criterio disuelto de quienes los utilizan sin educación previa o sin cautela, con el permiso impropio de una sociedad que les ve estrellarse una y otra vez sin poner remedio para ello.

Hoy me desperté crítico. Pero no críptico.

Por fin vacaciones – Miniidea


Ahora que empiezan las vacaciones, y se puede hacer todo eso que hemos ido diciendo a lo largo del año, la lista debería ser agobiadora. Imagino que más de uno tendrá que volver a las listas A y B, lo que se puede hacer hoy y dejar para mañana. Aunque me temo que lo mejor del tiempo de descanso y de reposo, el número uno de la lista en muchos caso será “no hacer nada”. Pero de ahí al aburrimiento hay un paso.

¿A qué estás esperando?


Os comparto esta pregunta, porque puede que más de uno tenga necesidad de que alguien se la haga. Ya que no puedo sentarme “delante de ti” y hacértela “en tu cara”, permíteme al menos que mis palabras te alcancen a través de la red.

Encuentro personas que van por el mundo “deshinchadas y desganadas”. Hoy he tenido dos “visitas” de este tipo. No una, sino dos. Con dos perfiles diferentes, con dos contextos distintos, de dos realidades que nada tienen que ver entre sí, dos personas que entre ellas no se conocen. Y me sale decir que comparten un mismo perfil: No ser capaces de dar el primer paso. Les diferencia, de todos modos, algo básico. Una de ellas tiene que “dejar atrás”, lanzarse a lo nuevo, pero sobre todo hacer el tránsito de la liberación. En la otra persona, encuentro que lo tiene todo y está aguardando a “lanzarse hacia delante”. Alguien inteligente y perspicaz dirá que para que alguien abandone una vida tiene que coger otra, y viceversa. Pero os pido que penséis que son dos problemáticas diferentes unidas en la misma pregunta. ¿A qué esperas?

Lejos de ellos está el tiempo en que aguardaban una señal del cielo, un signo evidente, un testimonio rotundo que les derrumbara. Ese conocimiento de una u otra manera ya lo tienen. Ha dejado de ser una pregunta relativa a la inteligencia. Uno sabe que lo que hace le provoca daño e infelicidad, que nada tiene que ver con él. Y el otro, por el contrario, cree que lo que le llama por dentro (y por fuera) le hará profundamente feliz. El primero no sabe bien hacia dónde moverse, no tiene un horizonte definido, salvo salir de la niebla en la que está. El segundo dispone de una meridiana luz, ya tiene signos y el camino marcado. ¿Qué les pasa a ambos entonces? Si no es inteligencia, será cuestión de voluntad. Diría que mis alumnos están algunas veces, en temas de estudios, sumidos en la misma precaridad. Sin embargo, aquí hablo de algo radicalmente más importante, hablo de la bondad de la vida y de su maldad, hablo de vivir la propia existencia o seguir pasando como si no fuésemos dueños de ella. ¿Será posible que vivan otros diez años, o más, hasta que se den cuenta de que no son dueños de su vida, de sus actos, de sus decisiones? ¿Ocurrirá aquello, que tanto tememos, de no vivir realmente nosotros mismos, sino sentir que nos roban la vida a diario, en cada momento, en cada circunstancia, que no podremos comprometernos radicalmente con nada ni entregara nada porque de nada somos dueños?

Queridos ambos, y en genérico, a todos. ¿A qué esperas? Comprendo tu debilidad, acojo el sufrimiento e impotencia que manifiestas. Incluso te diría que eres muy amado cuando lo expresas con tanta humanidad. Pero, ¿a qué esperas para dar el paso que te saque de donde estás o tomes la decisión que sabes que es la correcta? Me permito decirte, sin un tono de consejo fácil, sin la cadencia de quien todo lo sabe y es perfecto, tres cuestiones que quizá pueden ayudarte en el momento que expresas. Las saco en parte de mi experiencia, y otras de la de mis amigos y hermanos.

  1. No permitas que la derrota se haga fuerte en ti. Es decir, mírate como un vencedor. O, mejor aún, acoge la victoria de otros en tu vida frente al mal que sufres. Seguramente verás, podrás escuchar, testigos fuertes que te den palabras de vida alejadas del consejo estúpido y de los ánimos ilusos de quienes creen que todo se puede lograr, que todo puede cambiar, que cualquier cosa es posible para el hombre. No seas ridículo, no expongas tu vida a la derrota. Y no condenes tu pensamiento y tu corazón a considerarte así. Hay que diferenciar batallas de la guerra. Y todo, en este sentido, habrá terminado cuando tú des el primer paso.
  2. Por muy “tuyo” que sea lo que vives, no te esclavices a una soledad en la que ya te sabes débil, frágil y pobre. Tampoco te quedes, dicho sea de paso, en un mero compartir, desahogarte, abrir tu corazón buscando compasión. No digo que no sea necesario en según qué momentos, pero sí afirmo que es radicalmente insuficiente. Es más, te empobrecerá y debilitará a medida que lo vivas con mayor normalidad. No habrá entonces consuelo para ti, o más consuelo que abandonar la esperanza. Mientras sostengas la luz de la esperanza, y creas que llegará el momento, que ya está cerca, entonces seguirás encontrando personas y grupos o comunidades en donde vivir tus primeros pasos. Evitará que sientas que todo lo tienes que hacer tú, que se adueñen de ti esa forma de pensar que todo lo hace sospechoso y dudoso al inicio. Aunque un médico tenga claro que un paciente puede empezar su rehabilitación, verás que nunca le permite que se levante de la cama sin estar él mismo y en persona cerca, sujetando por debajo el brazo, pendiente de lo que pueda pasar. De igual manera, aunque tú seas el responsable de ese primer, segundo y tercer paso, no tienes por qué esconderte de los demás para ello.
  3. Sé un tanto loco. Cuando se planifica que tal día sucederá esto, o que tal otro viviré aquello, y que éste será el momento decisivo y propicio, me entran ganas de reír. Porque veo cómo se posponen una y otra vez las decisiones importantes hasta el tiempo de lo urgente y de la urgencia, de lo imprescindible y necesario. En ocasiones incluso llegan tarde o no se toman nunca, porque no pueden tomarse ya. Se pasó el tiempo, se pasó el arroz. Ahora no puede ser de ninguna de las maneras. Te pido una cierta locura de ánimo, un cierto despojo de la planificación que hasta ahora no te ha funcionado, que te dejes llevar por el corazón y las intuiciones cuando éstas surgen. Que no las conviertas en palabras que encienden y calienta tu vida, sino en actos que lo transforman todo.

No esperes. Porque mañana bien sabemos que no sabemos si podrá ser. Hoy sí. Hoy, si tienes clavada la pregunta, si tienes certeza sobre esta opción, si lo has trabajado suficientemente y te acompaña durante un tiempo, quizá hoy sea el tiempo de encaminar tus pasos por nuevos caminos, de respirar nuevos aires, de sostener cargas diferentes a las que hasta ahora has querido llevar sin demasiado éxito y en excesiva soledad.

Ángeles, que no saben que son ángeles


Los angelotes regordetes e infantiles de Rafael han hecho mucho daño al imaginario social. Otros mucho más. Con sus pinturas, con sus palabras. Los miro y pienso para mí que no quiero ser uno de esos niños que andan mirando el mundo tan inocentemente, entre abrazos melosos rodeados de corazones hipotéticos e implícitos. Demasiado melosos, muy poco serios para lo que la vida es y conozco de ella. Aquí abajo, sin más nubes que las de la niebla, todo se pinta de otra manera.

Como a todas las personas, a mí tampoco me preguntaron si quería o no vivir. Nadie me consultó democráticamente, ni presenté curriculum en ninguna oficina. Al menos que recuerde. He sido arrojado a la vida, me han traído. O he surgido, he aparcido dentro de ella de repente. Todo empezó siendo un niño y ahora ya no lo soy. Comenzó en una familia distinta a la que ahora tengo. Ni siquiera tenía sueños grandes en sus inicios, y ahora puedo mirar “hacia atrás” en el tiempo y la historia, y “hacia adelante” con cierta prudencia y respeto. Pero insisto, como a todos, nadie me preguntó. Vivir y saberme vivo también a mí me sorprende, y no deja de ser un interrogante serio.

Algunas veces este vivir tiene mucho de atrevimiento, de coraje, de ingenuidad. Como los ángeles de Rafael, quedos mirando el cielo. Otras, en las que sabemos en qué jaleos nos han implicado, el tono cambia y se vuelve todo un tanto agresivo, como si nos robasen el tiempo, faltase espacio y supusiera todo un enorme desgaste. Y tanto en uno como en otro nos topamos con personas que van y que vienen, con quienes hablamos en ocasiones y a quienes escuchamos según qué circunstancias. Demasiadas personas cuando no demasiada soledad entre ellas, porque el corazón difícilmente se equilibra, y siempre mantiene su punto de insatisfacción y de inacomodación al mundo y con el mundo. En estos encuentros quizá más de una vez hemos hecho algo por alguien de forma desinteresada, sólo por ella. Quizá. Y, con todo, me sorprende que estemos dispuestos a este grado de generosidad, de entrega, de solidaridad y de comunión. El intento merece la pena, incluso para descubrir que nos vemos atacados por múltiples frentes. Pero no desecho aquellas ocasiones en las que se hace algo por otras personas en las que clarificamos como motivación fundamental que les queremos. Tampoco las acciones que redundan en beneficio de ambos, en las que amar será la cara que falta al dejarse amar que tanto cuesta. Y por otro lado, en la cumbre de todas ellas, está cuando vivimos por vivir nada más, cuando hacemos algo de lo de siempre, y sin darnos cuenta hemos tocado el corazón de una persona, le hemos hecho un enorme bien sin que nos demos cuenta, hemos pasado a su lado trastocando su existencia.

Hoy es un día de esos en los que todo parece finalizar. Termina el curso, y veo ángeles que no se han dado cuenta del bien que han hecho, ángeles que trajeron buenas noticias y otros que llamaron decididamente a la corrección, ángeles que van de un lugar para otro haciendo lo que creen que deben hacer y, sin querer, tocan corazones, se cuelan en las vidas de otros. Ángeles sin los cuales no podría explicar quién soy, por qué creo, qué hago ni por qué lo hago ni cómo lo hago. Ángeles que van y vienen, no sabemos a quién pertenecen realmente, ni por qué su fuerza, su tesón, su constancia. Ángeles que no saben que son ángeles.

7 maravillas de la vida cotidiana


No me entretengo mucho más. Pienso en un día, el más normal de los que pueda vivir mientras trabajo. De esos cotidianos, rutinarios, y que pasan desapercibidos. Pienso, y quiero dedicar este post, a recoger esos instantes a los que habitualmente no les doy el merecido valor, y dejo que caigan sin más en algo que podría haber pasado o no, pensando que todo seguiría igual.

Supongo que tú habrás pensado ya en alguna que otra cosa, antes de leer esto. Te invito a descubrirlas y, si quieres, a compartirlas en algún comentario. No son las únicas 7 cosas grandes que hacemos pequeñas porque pasan desapercibidas.

  1. Despertarme por la mañana. No a cualquier hora, sino a la hora debida. Aunque me levante cansado, tengo que reconocer que tener la oportunidad de empezar algo nuevo en el “hoy” de mi vida es maravilloso. Despertarme sería el símbolo más grande de querer hacer algo grande. Pasar de la noche al día, dejar el reposo y llenarme de acción. Dar los primeros pasos, como si de nuevo fuera un bebé, hasta sentir que estoy “de nuevo” conmigo mismo, en el mundo. Quizá otros no se den cuenta de que he despertado, pero estoy aquí una vez más. Y podría hacer de ese momento el primer momento de un mundo nuevo. Me levanto sin saber qué pasará, a quién encontraré, pero allá voy.
  2. Encontrarme a la primera persona del día. Porque hasta entonces estaba solo en el mundo. Sé que hay otros más allá, y mucho más allá de lo que puedo ver, escuchar y sentir. Sin embargo, el primer encuentro es la constatación real de que no vivo sólo para mí mismo, que hay otros como yo. Es una evidencia, que se regala. Para algunos esa primera persona será siempre la misma. Otros tendrán que dejar la seguridad de su casa y encontrársela en la calle. Da igual, siempre hay una primera persona de cada día. Sea quien sea, es un saludo diferente al de ayer, el saludo de hoy es el de hoy, y el del otro día no me vale. Saludarse, reconocerse, hablar, compartir lo que creemos que hoy puede ser, y planificar una vez más cómo volveremos, en algunos casos, a encontrarnos antes de que termine el día. Junto al ver a alguien está unido también el “dejarme mirar por alguien”, y recíprocamente decirle que no está solo en el mundo. Esa primera persona debería ser saludada, y a lo mejor exagero un poco, con tanta efusividad como entusiasmo.
  3. Salir de casa, abrirme al mundo. Un pequeño paso para el hombre, un gran paso para la humanidad. La confianza con la que salimos y dejamos atrás lo que es “nuestro”, junto a muchas seguridades y comodidades, para tantas otras cosas como sucederán. Si nos quedásemos en casa la vida sería totalmente distinta, sin la riqueza que aporta lo incontrolable, y la vida de los demás pasando junto a la mía, cruzándose con ella, en diálogo permanente. Expresa el compromiso con el mundo y con los otros. Se sale a la acción. Y salimos por un motivo. No conozco a nadie que salga por salir, que cierre la puerta de su casa y en el rellano se pregunte dónde iba. Al menos, con asiduidad. Alguna vez sí puede pasar, ciertamente. Pero cerrar la puerta de casa también es el interrogante sobre lo que estamos haciendo en el mundo, nos cuestiona y nos deja entrever ligeramente cómo estamos viviendo, si merece la pena lo que llevamos entre manos, si tiene sentido, finalidad… y tantas cosas. Salir de casa, cerrar la puerta, y seguir adelante es una gran pregunta. Por muy dormidos que vayamos, en algún momento de la jornada, las preguntas que no nos hicimos al inicio, volverán sobre nosotros para no dejarnos dar pasos sin más.
  4. Respirar, comer, beber… y tantos verbos ordinarios. ¡Cuánta razón tienen aquellos que dicen que “no se sabe lo que se tiene hasta que se pierde”! Y con estos verbos tan cotidianos, tan desprovistos de sentido y de importancia para la vida ordinaria, sucede lo mismo. Sociedades enlatadas donde todo lo central es algo “fast”, consumible y rápido. Gracias a Dios vamos recuperando algunas de estas realidades, y comer también es el placer del encuentro, del descanso. Si nos paramos a pensar, no son trabajos que hay que quitarse de encima, sino momentos clave del día a día, de lo cotidiano. Nos dan horario, nos centran. Es una especie de ritmo general, más allá de las horas. Es nuestro ritmo.
  5. Sentir con otros, pensar dentro de mí. Nada hay que me asombre más bajo las estrellas que la capacidad sentiente que tenemos. Las ideas serán todo lo importante que queramos. Pero ser capaz de sentir, no en soledad, sino con otros. De comunicarlo y recibirlo. Me deja sin palabras. Me provoca tal estupor y vértigo, que es alucinante. No es química (sólo) es comunión. Ver a alguien, saber cómo está. Ver a alguien y querer preguntarle cómo está. Ver a alguien y salir a su encuentro. Escucharle y comprenderle. Acogerle sea lo que sea. Y pensar dentro de mí que esto es maravilloso. Que es tremendo y fascinante. Y agradecer que estemos vivos de esta manera.
  6. Celebrar la Eucaristía y orar. Hacer presente a Dios en medio del mundo, colaborar de modo tan admirable al encuentro de los hombres con Dios, a la construcción del Reino. Recibir una Palabra, siempre exigente e intensa. Y hacer silencio para encontrar al Señor de la Vida. En lo cotidiano se convierte en impresionante. Todo parece callarse para animar desde dentro. Se encuentra consuelo cuando es necesario, se busca fortaleza en la adversidad, se anima aún más la alegría de las buenas noticias, y se bendice lo que hace. En la Eucaristía nada es absurdo, ni está desprovisto de sentido. Todo se acoge, todo se convierte, todo se transforma. El Señor nos llama a través de la celebración y la oración a convertir primero nuestro corazón para acoger cuanto Él desea comunicar, y sobre todo comunicarSe de forma espléndida al mundo en el que vivimos.
  7. Descansar y dejar reposar lo vivido. No se perderá. Sea lo que sea, se va a quedar conmigo y conmigo dormirá a partir de hoy. Es ya historia. Y descansar con la confianza de que nunca más volverá a repetirse el día, que mañana será nuevo, y de nuevo habrá otra oportunidad. Ante el descanso y el final sólo queda agradecer y pedir perdón, porque todo está hecho. La tarea de Dios y del hombre con la historia es la de permitir que todavía tenga latidos suficientes para impulsar el nuevo día, aprender de lo sucedido, descubrir nuestra fragilidad y grandeza.

Ortografía pastoral (6) – Interrogantes


Última parte dle artículo. Donde reitero que todo lo expresado es absolutamente personal. Pero cuánto me gustaría poder dialogar todo esto. Por eso, finalizar con interrogantes, no con afirmaciones rotundas.

He dejado para el final una serie de preguntas sobre la pastoral actual, recogiendo de aquí y de allá las inquietudes que actualmente se van expresando. Las preguntas tienen una fuerza en sí mismas que también pastoralmente se aprovechan. Son preguntas, esta vez, que van dirigidas a los responsables de pastoral y de jóvenes. Junto a cada pregunta, ofrezco una oportunidad pastoral.

  1. ¿Tanto han cambiado los jóvenes? Que es la misma pregunta que: ¿Tanto he cambiado yo desde que era joven? ¿Tanto me he perdido? Si creemos que comunicar hoy por hoy es importante, la necesidad de nuevos lenguajes no se pueden perder de vista ni convertirse en “moda pastoral pasajera” que ya agotó todo lo que tenía que decir. ¡Está vigente! Los agentes de pastoral, por otro lado, no pueden ver a los jóvenes sin comprenderlos; lo que no significa, ni mucho menos, que tengan que ser de edades similares. ¡Puedes hablar con ellos! La formación sobre los jóvenes de hoy tampoco puede reducirse a la lectura de un libro sobre las características más relevantes de una generación determinada. ¡Hay que acercarse! La pregunta sobre si los jóvenes han cambiado tiene una respuesta meridiana: “Sí. Y por lo que se ve, ha sucedido siempre en la historia durante muchos años.” Y la pregunta sobre si el Evangelio tiene que cambiar para que los jóvenes lo comprendan y vivan, también: “No. Pero alguien tiene que acercárselo. Escuchan, y no comprenden. Transmitir la fe ha sido siempre la tarea de la pastoral. En eso, no hemos cambiado.” / Para quien tenga claro que los jóvenes han cambiado y que el Evangelio no es recortable, hacer una lectura de ambas realidades. ¿Qué anuncia el Evangelio a los jóvenes de hoy?
  2. ¿Cómo pasar de lo espiritual a lo creyente? De las cosas que he leído sobre la Generación Y, una de las que más me llamó la atención fue que la describieran como una generación espiritual, post-materialista. Reconocer esto abre los ojos a interpretar de forma diferente casi todo, provoca impacto en el agente pastoral. Y se comienza a percibir de forma distinta la reacción de los jóvenes ante multitud de “cosas”. No están pendientes de comprar ropa, por ejemplo, por el hecho de sentir frío o calor, sino en función de realidades más espirituales y estéticas como “sentirse bien”, “ajustar la imagen de sí mismos”, “vivir una cierta coherencia con el grupo social o reclamar su identidad dentro de él”. También la experiencia de fe muchas veces la interpretan en claves de Dios etéreo sin Encarnación, sin Rostro, o desde un espíritu cósmico que en forma de energía rige el mundo y es providente y bueno “de vez en cuando”… / Subrayaría dos claves teológicas que salvan sea distancia, y que vienen en ayuda de la pastoral: la Encarnación, como misterio dentro del plan de salvación de Dios, de modo que cuando se ofrezca al joven el acercamiento al Padre se haga por medio de Jesucristo; la Iglesia, como Pueblo de Dios y Cuerpo de Cristo,
  3. ¿Cómo se entiende el ocio de los jóvenes actuales y la vivencia cotidiana de la propia fe? En esto existe un fuerte contraste. La fiesta cristiana no es una fiesta de desfase lejos de lo cotidiano, aún con su carga escatológica y la pretensión de ser, como dice un amigo, “un pedazo del cielo en la tierra”. El ocio de los jóvenes está ciertamente muy polarizado y no existen ofertas reales donde puedan ejercer su libertad y sus aficiones, y aprendan a relacionarse de forma gratuita. El análisis que muchas veces se hace es de condena de los ambientes en los que se mueven, pero ¿realmente hay algo más, que sea atractivo para ellos? Experiencias y conatos de experiencias hay, es un tema complejo y que requeriría verdaderos medios y opciones eclesiales de conjunto. ¿No se puede hacer pastoralmente más de lo que ya hay? ¿Nos debemos limitar a dar dos o tres “consignas” sobre lo que hay, a dialogar en grupo cómo “hacer frente” a cuestiones incómodas, hablarlo con libertad y sin prejuicios? ¿Éste es el objetivo pastoral preferente? / Aunque sea de forma puntual, ¿qué puede ofrecer tu pastoral local al ocio de los jóvenes? Y más allá de ella, ¿qué posibilidades tienes de relacionarte con otras realidades eclesiales de la zona para crear algo juntos? ¿Sumas en este sentido cuando surgen propuestas más amplias que la “propia”?
  4. ¿Qué hacer con la celebración dominical y los sacramentos? Un tema controvertido en el que es fácilmente criticable “todo” desde el punto de vista de los jóvenes que tenemos, pero donde se construye con sentido “poco”. Caer en el derrotismo o conformarse con lo que hay, es insuficiente. Se reduce el número de jóvenes que asisten a las celebraciones de la Eucaristía y que frecuentan el sacramento de la Penitencia de forma palpable en algunos lugares. Sin embargo, hay otros en los que aprender porque se han convertido en focos de atracción, y se convocan unos a otros. / Recuperar la “participación” con su significado: “tener parte en” lo que se está celebrando. Que no es lo mismo, a mi entender, que “hacer cosas”, “hablar mucho”, crear nuevos gestos, inventar liturgias. Todo esto puede ser parte del proceso, una “experiencia” más a vivir y que interpretar quizá comunitariamente. Cuando digo “participación” es una motivación interior que se ha generado, una actitud personal en relación a la Eucaristía o el sacramento.
  5. ¿A dónde va la pastoral con jóvenes y qué pretende? ¿Procesos o itinerarios? Un verdadero proceso pastoral supone invertir tiempo, esfuerzos y recursos, que a la larga y hablando en concreto suponen personas y años de vida semanalmente entregados. Ya no sólo es necesario un proyecto que supere –ampliamente-  a las personas concretas, sino opciones institucionales y paciencia también institucional. ¿La pastoral se mantiene por criterio “numérico”, por “medir el esfuerzo? ¿Se sostiene y potencia el criterio “vocacional específico” o de educación en la vida cristiana? ¿Cuál es el polo que más prima en la pastoral de tu realidad local? ¿Es una verdadera respuesta a los jóvenes? ¿Se hace con los jóvenes o sin ellos?

Ortografía pastoral (5) – Exclamaciones


Como en los casos anteriores, aquí la exclamación ortográfica quiere hablarnos de exclamaciones pastorales. Hay quienes prefieren llamar a estos puntos “luces de alarma”, “toques de atención” o “gritos de los jóvenes”. Pero me gustaría hablar sobre todo de lo que entiendo que un joven de nuestros procesos de pastoral está demandando vivamente a día de hoy, y en nuestra realidad.

  1. Generar espacios de vida. ¡No de muerte! ¡Ni de discursos! Espacios de vida entre las personas y con Jesucristo. Entiendo que un espacio de vida es más que un espacio en el que entrar y reflexionar, o hacer, o escuchar, o atender. Al menos por separado. Si se empiezan a conjugar cosas, por ejemplo, escuchar y hacer, orar y compartir… todo cambia. Si en la universidad se aprende académicamente, en los procesos de pastoral debería tenerse claro el aspecto vital evangélicamente.
  2. Personalización. ¡Es para mí! ¡Soy único! Ser capaces de cambiar nuestras gafas, a la hora de mirar a los jóvenes y valorarlos de forma más positiva generaría otro tipo de sinergias, sin dejar por ello de ser evangélicos y críticos con la sociedad en que vivimos y sus redes de manipulación. Como gafas no existen en el mercado, el único camino posible es acercarnos al joven concreto, “de carne y hueso” y emprender un camino con él por encima de cualquier ideología y reducción de la persona a dos o tres elementos que lo hagan bueno o malo. La personalización es un “camino espiritual” propiamente dicho, lejos de una serie de recursos o dossier de preguntas al final de una ficha. Y entiendo que es una exclamación, porque existe una fuerte tensión entre la pertenencia a un grupo y la individualidad y autonomía del individuo.
  3. Nuevas tecnologías. ¡Estoy aquí! ¡Quiero estar allí! Parto de la alegre convicción de que, por mucho tiempo que los jóvenes pasen delante del ordenador en redes sociales, entre páginas de internet, escribiendo en su blog o colgando fotos en la web por doquier, cualquiera de ellos dejaría su ordenador por casi cualquier fiesta a la que le inviten. Se lleva a clase su teléfono porque las clases son aburridas, y se llevaría el ordenador al completo o se pondría a escuchar música si le dejaran, muy probablemente. La presencia de iglesia en la red es grande, a título personal de muchos e institucional. Quizá no acertamos con los modos, pero no se nos debe olvidar que lo nuestro es “más que internet”, que la pastoral tiene una dosis de trato directo y personal. Cierto que los jóvenes hoy han variado su forma de relacionarse, porque se imponen nuevas formas, pero sólo como pantalla. La red son fotos y palabras de la vida, puestas para generar y demandar contactos personales. No sé si es vacío o que están llenos de cosas, porque las metáforas hay veces que no las comprendo; en cualquier caso, no puede ser todo. ¡Lo están gritando!
  4. Amar en plenitud. ¡Soy capaz! ¡Ámame y amaré! Y son gritos porque el amor es un tema manido y capital al mismo tiempo. Dialogando con mis alumnos en la escuela sobre las relaciones sexuales entre jóvenes ellos, que primero justificaban todo “por amor”, se dan cuenta de que no es nada fácil unir ambas dimensiones de la persona como en principio parecía; les parece incluso prudente la necesidad de esperar un compromiso mayor, una confianza mutua más probada y saberse queridos tal y como son. Y, sin embargo, luego vuelven a la carga diciendo que al menos así se sienten importantes y reconocidos, que es una forma válida para quererse como existen otras. Y es que los jóvenes buscan, como todos, ser queridos y querer, y lo hacen de manera pasional, entregada y también, por qué no decirlo, indiscriminada “por si algo cae” que sea de verdad. Creados por Dios para amar, esa voz no se puede acallar aunque sí confundir. En pastoral tenemos varios retos en este sentido, que los mismos jóvenes reclaman: (1) No dar la espalda a los temas afectivo-sexuales, sin convertirlos por ello en el centro de todo y en lo nuclear del Evangelio. El juego que establecemos entre humanizarlos-divinizarlos no está muchas veces claro y se recoge como una oferta “de represión” y fuente “de culpabilidad”. Aunque no sea, ni de lejos, la intención de la acción evangelizadora. (2) Dotar de herramientas para comprenderse a sí mismos y aceptarse tal y como son. O lo que es lo mismo, apostar por la prevención y un verdadero proceso de personalización antes de que otros criterios hayan comido a los jóvenes. Encontrarse al joven “herido” o “desbocado” es una realidad que afrontar a posteriori. (3) Tratar asuntos afectivo-sexuales en un marco más amplio que el de los propios sentimientos, por ejemplo, en relación con la propia responsabilidad, el de la libertad bien entendida, el del compromiso con los demás. Hablar de afectividad y de sexualidad es algo más que dar vueltas al egoísmo humano, su necesidad de satisfacción personal. Es un don de Dios que se debe integrar en el conjunto de la persona y su vocación.
  5. Verdades de la fe. ¡Creo! ¡Contenidos! Leo durante el último año una fuerte preocupación pastoral sobre los contenidos de la fe de los jóvenes. Es evidente que toda persona “cree”, que el acto de confiar es plenamente humano; la cuestión es en qué cree, y en qué medida esto se puede trasportar “fuera de los frágiles márgenes pastorales” para dar razón de la propia fe fuera de ellos. Lo que “en el grupo” se puede plantear sin mayor tensión o conflicto, porque les acompaña una experiencia de vida o una fe común, fuera del grupo se convierte fácilmente en un tema de discusión para el que no están preparados. Hace falta, es un reclamo fuerte, aportar contenido a la fe creyente. Pero, ¿qué tipo de contenido? ¿Ideología? ¿Doctrina “a palo seco”? ¿Seguridades? Está claro que la fe es confianza, que no hay ninguna barita mágica que enseñe “de golpe y porrazo” todo de forma racional, clara, pensada. La pastoral requiere de tiempo en el que ir avanzando, en el que ir formando y enseñando. Quizá no todo sea igualmente comprensible, y no por ello deba ser desechado. También habrá que tratar con los jóvenes los temas que a la iglesia le preocupan, invitarles a pensar y a aportar luz, educarles a leer por sí mismos, a buscar por sí mismos, a preguntar por sí mismos.
  6. No estoy solo. ¡Tengo familia! ¡Mis padres dicen…! La pastoral exclusiva con jóvenes, sobre todo a edades tempranas, es insuficiente. En las familias encuentran no pocas veces más problemas que facilidades, porque los padres no comprenden lo que hacen sus hijos, y ellos, que son responsables de la educación de sus hijos, son olvidados. Cuando un padre conoce con quién está su hijo y qué hace, se sorprende. No hace mucho, en una reunión con padres, una madre me reconocía que ella había sido el principal impedimento y desmotivación para que sus hijos mayores no estuvieran en los grupos de fe. Pero que con su tercera hija, ahora que nos conocía, no sería igual. Y es que los padres sólo tienen una o dos oportunidades para no repetir los errores adolescentes con sus hijos, y se muestran preocupados por el entorno en el que viven.
  7. La vida moral. ¡Menudo vergel! La vida moral vivida al margen de la fe provoca mayor frustración que alivio. Creer que van separadas o se pueden educar de distinto modo es un rotundo error. Y existen dos polos diversos, ya enunciados de alguna manera: pastorales en las que el primado de la fe es absoluto, sin escuchar el comportamiento moral de los jóvenes y dejándolo en un puesto marginal; y pastorales en las que lo moral se convierte en lo primero, sin tener mucho que ver con el proceso de fe del joven y de manera desequilibrada.