Elogio de nuestra ignorancia


El epígrafe tendrá reminiscencias más o menos vivas para cualquiera. A poco que se haya leído o estudiado conoceremos el “Elogio de la locura”, el “Elogio de la filosofía” o el “Elogio de la infelicidad”. Éste último comienza hablando de dos cuestiones: del elogio y de la infelicidad. Y traigo un párrafo de ese inicio para que todos lo disfrutemos antes de seguir adelante, pero hablando de la cuestión de hoy: 

 “Sobrevivir resulta una tarea ardua; y atenuar congojas es un cometido tan necesario como inacabado, además de entorpecido por la presencia continua e ineludible de la desdicha. Pero si, dadas las múltiples contiendas de la vida, parece querer imponerse siempre entre nosotros la infelicidad, conviene sin embargo reconocerla, usarla y esquivarla, luchar contra su fatalidad en la medida de nuestras limitaciones, reconocer sus frutos y convertirla en una palanca para tratar con nosotros mismos.”

Y como tanto el final del texto y el final del título propuesto tienen las mismas palabras, pues continuamos. Aunque parezca contrario, en dos frases hay multitud de ideas. Y esto habría que pensarlo bien, cuando de continuo proferimos sin querer o queriendo conjunciones o subordinaciones o relaciones –en el mejor de los casos- limitadas en su contenido y expresión a lo que hemos oído de paso por la vida, sufriendo nuestra propia carencia léxica y conceptual. Privados como estamos en multitud de ocasiones de la presencia de un discurso lógico, de la apasionada razón y la idea más entusiasmante, detenerse en una frase con sentido es un placer de incalculable provecho.

Destaco del texto, además de lo dicho –que enlaza con eso de conocer la infelicidad y pensarla realmente- destaco la sensación, para toda persona mínimamente intensa y profunda, de vivir en un medio hostil, armante en sus desarmes y desaires, preocupado “inevitablemente” por la seguridad y las seguridades inalcanzables totalmente nunca. Esas “dadas” contiendas, ni esperadas ni queridas, se producen cuando la inteligencia y el corazón quedan abiertos a lo que va más allá de los propios intereses, deseos y necesidades creadas. No debería sonar increíble, aún siéndolo, que los muchos viven cada uno en su mundo particular; a diferencia de los pocos, de los sabios, que una vez escuchando el Discurso no regresan nunca su mundo particular y únicamente entablan combate para permanecer en el mundo de todos. Ciertamente las luchas están “dadas” ni buscadas ni buscables. Simplemente surgen en la conciencia de uno mismo a poca luz que se encienda. Un instante después de encender una pequeña luz interior se ven las represiones mediáticas tremendas que nos tenían en silencio, las carnicerías que nos desgarraban en anhelos y requebrajamientos, los genocidios a los que nos veíamos obligados, y la militancia tan involuntaria como consciente con quienes más nos perseguían. El combate nos sorprende sin apenas desvelarnos el nombre del enemigo ni cómo empezó todo. En la sencillez de una llama siempre en movimiento se desdibuja la perfección de nosotros mismos y permanecemos atónitos y patidifusos en ese primer instante que nos muestra cómo somos víctima y verdugo al mismo tiempo incluso sin salir de los propios dominios. Peor aún es el segundo momento, la iluminación del daño hecho a otros.

Porque no es vano considerar todo esto como combate, ya que nos desconocemos y nuestro enemigo es tan interior como oculto. No conocerse, ¿qué es sino la peor de las bombas atómicas lanzadas sobre la propia humanidad? ¿Permanecerá la humanidad cual tierra desierta sin ninguno de los frutos y flores y aventuras que le son propias? Otro día leí aquello de que quien no profundiza en su humanidad la pierde, y a la postre se ve consumido como una cosa más entre las cosas al creerse sin serlo superior a todas ellas.

Lo mejor del texto es que aún da más que pensar. Es todo un símbolo, y sólo un párrafo. Porque el siguiente, donde yo he cortado hablaba de la imprecisión de lo que llamamos felicidad, y no he querido entrar en tanto, ni siquiera aventurarme por creer que nadie sabe realmente lo que es aunque todos anden buscándolo. Es más, no sé si alguna de las felicidades propuestas, como abstracto conjunto de utopías, sería capaz de hacer feliz o siquiera tocar lo profundo humano.

Dudo hasta de eso.  Y no se acaba. La segunda idea, en conexión íntima con la del conocimiento de sí mismo es la de la sensación de imponerse. Es impresionante tratar, de golpe dos cuestiones: la apariencia mediada por la sensación que oculta sin revelar en absoluto la real realidad; y la imposición. Finidad, por jugar con palabras, de realidades y discursos nos asaltan con una pretensión ya sufrida desde antiguo: la apariencia de verdad. Dos grandes personajes antiguos, antes incluso del verdadero inicio de la filosofía y pensamiento lógico en Grecia así lo expresaron. A Hesíodo las musas le revelaron que no siempre son sinceras con aquellos que poseen, sino que su inspiración es poco más que un despertar de la conciencia guiado por caminos sin término nunca agotados. Y el otro, Parménides, en la complejidad de sus formas y poesía, intenta separar, creyendo que podría alcanzar su meta algún día sin contar con nadie, que el ser para ser verdadero ser ha de ser cierto, y que no es verdadero ser ni la apariencia de ser –algo discutible si pensamos un minuto que el ser también tiene que ser capaz de mostrarse para ser conocido, a riesgo de que afirmemos en alguna torpe expresión que no podremos conocerlo nunca– ni el ser derivado de otro por ser el verdadero ser exclusivamente uno y único, común en su máxima expresión. Lo peor de todo, la imposición que sufrimos, la voluntad sistemática de que sea esta apariencia la que domine. Como siempre, o más que nunca, nuestros sentidos –externos e internos, e incluso el común- nos mueven a confiar en lo que, de mostrarse en su verdad o en comparación con ésta, no sería digno ni de la preocupación por eliminarlo porque desvanecería su encanto desde sí mismo.

De aquí a lo último de hoy. Elogiar el desconocimiento prudente de sí mismo, el respeto por la falta de conocimiento y la docta ignorancia, en su versión más cotidiana y alejada de los libros. Alabar a quien ha iniciado el camino sistemático de la duda fundada, no de la sospecha. No utilizar bien la palabra, como recuerda Sócrates-Platón, no sólo es un fallo, un defecto en sí mismo, sino que además hace daño a las almas.