Archivado en: Palabra, ejercicios, espiritualidad, fe, reflexion, vida, vida cotidiana, vocación
Detenerse en uno de los verbos del Evangelio, de aquella palabra que sienta que está dicha para mí y atender a su uso durante el día. Y no sólo detenerme en su “uso” verbal, sino en cómo actúa en las personas.
Por ejemplo: Curar. Vivir durante ese día para curar a quienes tengo a mi lado de sus dolencias y sufrimientos, sean físicas por enfermedad o cansancio, o sean del corazón. Atender y estar presto para curar.
Otra cuestión: Llamar. Atender a las llamadas que se reciben, a las muchas maneras de recibir llamadas (móviles, anuncios, reclamos…). ¿A cuáles atiendes? ¡Discernimiento!
Archivado en: Palabra, amor, bien y mal, cristiano, cristianos, ejercicios, espiritualidad, fe, reflexion, reflexiones, vida cotidiana, vocación
Un segundo ejercicio, relacionado con lo anterior.
El centro de la Palabra es Jesucristo. Es evidente. Quienes oramos con el Evangelio nos detenemos especialmente en sus actitudes, en su relación con el Padre, en su persona. Intentamos orar acercándonos a Él.
Pero esto no puede ser simplemente una cuestión de reflexión personal e interior. Si ha sido realmente “orada” también se tiene que mostrar al mundo. En el Evangelio esto lo percibimos al revés: sabemos la especial relación entre el Padre y Jesús de Nazaret por su vida, no por las veces que se retiraba a orar, no por sus comentarios sobre la oración o por sus charlas espirituales. Lo conocemos en la medida en que nos adentramos en su vida, a con-vivir con él, a disfrutar de su presencia acogedora.
Ejercicio para la vida. Hacer presente esa Palabra viviéndola, es decir, que durante la jornada se encarne aquella Palabra que hemos orado el día anterior. Para esto tenemos que estar atentos a los momentos de los que disponemos y a la escucha del Padre. Se puede vivir la curación del leproso en las heridas de algún jóven abriéndole a la esperanza; se puede encarnar el anuncio que recibe María en la alegría por el hombre nuevo que nace en nosotros; se puede ser testigo de la Cruz en el mundo aproximándonos a quienes sufren; se puede vivir la comunidad evitando ciertos comentarios, uniendo personas y esforzándonos por compartir con otros; se puede ser testigo de la luz iluminando; y sal nueva dando un sabor evangélico a cuanto hacemos.
Los caminos son muchos pero quedan abiertos a la escucha de la Palabra y a las circunstancias de cada uno, donde está llamada a encarnarse para hacernos “hijos”, para incrementar nuestra relación con el Padre de forma cualitativa. Y también para experimentemos nuestra fragilidad, debilidad, flaquezas o pecado como aquello que, pese a su fuerza, no puede nunca superar el Amor de Dios.
Archivado en: Palabra, cristianos, ejercicios, espiritualidad, evangelio, fe, reflexion, reflexiones, vida cotidiana, vocación | Etiquetas: cristiano, espiritualidad, evangelio, fe, vida cotidiana
Estoy leyendo varias cosas sobre ser cristiano en nuestro mundo, en una sociedad plural y compartida, y se me ha ocurrido utilizar este blog (tengo más, para otras cosas) y traspasar a él algunos ejercicios interesantes para que la fe no sea un reducto espiritual ni la vida algo aislado de mi fe. Es un ejercicio complicado, los cristianos lo sabemos.
El primero. Vivir durante el día el Evangelio. Todos los días hay una Palabra que la Iglesia ora y quiere encarnar en el mundo. Es como la cita de muchos blogs, pero a otro nivel. Supone haber orado el día anterior (yo lo hago antes de dormir) y meditarla. En ella se escucha la voz de Dios, sin duda alguna.
El ejercicio sería estar atento a la jornada para encarnarla y luego recuperarla como oración. Vivir la Palabra no es un esfuerzo sobrehumano, sino más bien lo contrario, esfuerzo humano. Supone esfuerzo, claro, y también estar atento para saber (discernir) dónde hacerla presente, dónde se tiene que hacer presente.
Para empezar: recordarla a alguien, comentársela a alguien, compartirla con alguien a quien creamos que le puede abrir una nueva ventana o iluminar. Es un primer paso para hacerla presente.