No sólo con palabras


Mi vida al descubierto
Septiembre 8, 2007, 11:39 pm
Archivado en: amor, bien y mal, cristiano, pensamiento, reflexion, reflexiones, sorpresa, verano, verdad, vida

Es cuestión de luz y de claridad. La luz la necesito para guiar mis pasos y no provocarme en falso. La claridad, creo que es más interior, creo que es más personal y potente. Se requieren ambas. La una sin la otra se confunden porque se demandan para mostrarse diferentes.

Para descubrir la vida se requiere amor. La luz se asemeja al amor por el calor y frescura que supone su presencia. Los rayos que desprenden enlazan, se centran, tocan y languidecen pareciendo no ser eternos. Pero la huella ha sido dejada. Como ocurre con la luz, que nunca se ilumina a sí misma, el amor supone servicio. Por eso es capaz de descubrir la vida, mi vida. Empuja y sale de sí. El amor a sí mismo es como estrella que todo lo absorve y se convierte en oscuridad. Para nuestra imagen, una estrella así ha dejado de ser estrella, porque no se muestra y nadie se puede acercar. La luz no arrastra. La luz no empuja, ni absorve. La luz toca. El amor es necesario para descubrir la propia vida; sin amor la confianza es absurda e insufrible; lo mismo que sin luz. La confianza dispone las personas para abrir caminos y arriesgar, y ¿qué sería vivir al descubierto sino precisamente esto?

La claridad es distinta. Algunos conversan sobre su definición. Para mí la claridad es algo personal. Decimos si tenemos o no claridad sobre las cosas, porque es importante. Cuando todo se confunde, se junta y se desordena afirmamos con total claridad sobre la situación: “Esto no está claro.” ¿Paradójico? ¿Contradictorio? ¿Posible? Sí. Tenemos claridad sobre las cosas, sobre todo cuando están des-clarificadas. Es como si en nuestro corazón permaneciese siempre presente, pase lo que pase alrededor, la constante llamarada de la verdad. Cuando me miro a mí mismo, ocurre lo mismo. Soy capaz de decirme si están o no las cosas claras, dispuestas con orden o al margen de la verdad. ¿Paradójico? ¿Posible? Para vivir al descubierto necesito esta claridad, ahogarla o no escucharla, sería condenarme a la oscuridad. Cuando hablo o callo, esta claridad está presente. Es más, la claridad me hace vivirme con verdad, arriesgado, al límite de lo que soy y hago, vivir al descubierto, mostrando, enseñando … no cosas, sino lo que soy. De igual manera que antes decía que esta llama es complicado apagarla, igualmente creo que es igualmente complicado vivir “sin mostrarme” de alguna manera. Para algunas personas, con nombres y rostros concretos, esta claridad sirve para ordenar y mostrar orden, pero para otros esta claridad lo único que hace es transparentar vidas desordenadas, tensas, necesitadas y demandantes.

Mi vida al descubierto requiere del amor y la verdad. ¿La tuya? Yo necesito amar y decir la verdad, y confío en ser amado de verdad y que me digan la verdad con amor. ¿Te ha ocurrido alguna vez esto? ¿Has sentido la presencia de lo contrario? ¡Es aterradora!



Sé que suena a tópico
Septiembre 3, 2007, 6:30 pm
Archivado en: bien y mal, cristiano, generosidad, pensamiento, reflexiones, relato, sorpresa, vida

Sé que puede sonar a tópico, y ojalá lo fuera. Viajaba hoy en tren, algo que habitualmente he dejado de hacer. Ya saben, el poder de los coches, te ahorra tiempo y esfuerzo aunque te quite dinero del bolsillo. Durante el viaje, por ser el primer día de trabajo aquí en España, todos íbamos de pie, menos los típicos afortunados que viven más lejos, que se suben antes a la carreta.

Ya no es un tópico ver cómo alguien cede su sitio a otra persona. Lo contrario sí. Comienzan a ser tópicas las miradas entre los pasajeros postrados en sus sillones, como invitando a otros cómodos compañeros de trayecto a levantarse por educación. En España es una desgracia pero ya no ocurre. De hecho hoy, una señora con una niña pequeña ha conseguido hacerse un hueco entre tanta persona reunida, y ha llegado al centro de todos prácticamente. Allí, pensaría la señora, soy más visible. Lo contrario hubiera sido más acertado, colocarse delante inmediatamente de un pasivo y dormilón señor, o de una joven con su aislante música. Nada. En mitad, justo en mitad, en la no vista de todos.

Suena la distancia de la estación y, contra mis pronósticos poco esperanzados, una chica de hermoso interior se levanta. Esto es poco usual, por eso lo cuento. Arranca de su trasero el asiento que parece pegarse a quien lo posee, y lo cede. Impresionante hecho.

Dos estaciones más allá, junto al asiento símbolo de la generosidad y la supervivencia de la especie en su esencia humana, un hueco. Reacción menos tópica que la anterior: la señora que ha recibido el favor, coge los dos asientos, y mientras levanta la voz para llamar a su generosa promotora de seguridad vial. ¡Hay un asiento, siéntese!

Lección doble en la respuesta: “No por favor, continúe usted sentada. Deje a su hija pequeña que se siente en el otro lugar, y así no tiene que llevarla en sus rodillas.”

Señores, es triste que no sea un tópico. Pero a algunas personas, les ha “sentado” muy bien la vuelta al trabajo. También, pese a todos los comentarios sobre el posestress vacacional y mandangas varias, he de observar que pese a gestos como estos las caras (largas y duras) de la gente continúan siendo las mismas que en marzo, abril, mayo, junio y julio prevacacionales.

Hay cuestiones que se pueden hacer depender de nada. La generosidad, una de ellas.



La muerte siempre sorprende
Agosto 18, 2007, 11:41 am
Archivado en: muerte, sorpresa, vida

La muerte es un acontecimiento que siempre sorprende y es sorprendente la manera que tiene de visitarnos. Me gustaría hacer un recorrido en la literatura universal para mostrar que, a pesar de nuestra manera de pensarlo y vivirlo, tenemos en la cabeza algo así como “una persona que sí ha pensado en ella”. Me parece que esto es todo lo contrario de “sorprendente”. Quiero decir con esto que cuando escribimos siempre hay un dios griego o cristiano o quien sea que ha pensado o que viene a visitarnos en ese momento.

 Sin embargo pienso que es sorprendente y quien no lo viva así se está resguardando en su conciencia de ese acontecimiento. Lo digo por las personas que están sufriendo el terremoto, por los niños que viven la guerra. ¡Qué horror! Esto no puede ser previsible, no puede quedar como si nada, como si ya estuviera previsto o como si alguien lo planificara. Esto se sale de todos los planes posibles.

Lo único que queda es la misericordia. Pedir y ofrecer misericordia, cercanía. Por eso creo que el amor sí es una respuesta fuerte a la muerte. No valen las razones, los pensamientos, las palabras que intentan explicar. Me pueden contar cómo se ha caído el edificio o cómo disparó el enemigo al niño que paseaba, pero nunca me podrán decir por qué o para qué ha muerto. ¡Eso no! Es siempre terrible, sorprendente, escandalosa. Y el amor, que todo lo soporta, puede mostrarse cercano pero sin razonamientos estúpidos.

 Un abrazo.