No sólo con palabras


Llevar la Palabra a la vida (3)
Noviembre 18, 2007, 11:05 pm
Archivado en: Palabra, ejercicios, espiritualidad, fe, reflexion, vida, vida cotidiana, vocación

Detenerse en uno de los verbos del Evangelio, de aquella palabra que sienta que está dicha para mí y atender a su uso durante el día. Y no sólo detenerme en su “uso” verbal, sino en cómo actúa en las personas.

Por ejemplo: Curar. Vivir durante ese día para curar a quienes tengo a mi lado de sus dolencias y sufrimientos, sean físicas por enfermedad o cansancio, o sean del corazón. Atender y estar presto para curar.

Otra cuestión: Llamar. Atender a las llamadas que se reciben, a las muchas maneras de recibir llamadas (móviles, anuncios, reclamos…). ¿A cuáles atiendes? ¡Discernimiento!



Llevar la Palabra a la vida (2)

Un segundo ejercicio, relacionado con lo anterior.

El centro de la Palabra es Jesucristo. Es evidente. Quienes oramos con el Evangelio nos detenemos especialmente en sus actitudes, en su relación con el Padre, en su persona. Intentamos orar acercándonos a Él.

Pero esto no puede ser simplemente una cuestión de reflexión personal e interior. Si ha sido realmente “orada” también se tiene que mostrar al mundo. En el Evangelio esto lo percibimos al revés: sabemos la especial relación entre el Padre y Jesús de Nazaret por su vida, no por las veces que se retiraba a orar, no por sus comentarios sobre la oración o por sus charlas espirituales. Lo conocemos en la medida en que nos adentramos en su vida, a con-vivir con él, a disfrutar de su presencia acogedora.

Ejercicio para la vida. Hacer presente esa Palabra viviéndola, es decir, que durante la jornada se encarne aquella Palabra que hemos orado el día anterior. Para esto tenemos que estar atentos a los momentos de los que disponemos y a la escucha del Padre. Se puede vivir la curación del leproso en las heridas de algún jóven abriéndole a la esperanza; se puede encarnar el anuncio que recibe María en la alegría por el hombre nuevo que nace en nosotros; se puede ser testigo de la Cruz en el mundo aproximándonos a quienes sufren; se puede vivir la comunidad evitando ciertos comentarios, uniendo personas y esforzándonos por compartir con otros; se puede ser testigo de la luz iluminando; y sal nueva dando un sabor evangélico a cuanto hacemos.

Los caminos son muchos pero quedan abiertos a la escucha de la Palabra y a las circunstancias de cada uno, donde está llamada a encarnarse para hacernos “hijos”, para incrementar nuestra relación con el Padre de forma cualitativa. Y también para experimentemos nuestra fragilidad, debilidad, flaquezas o pecado como aquello que, pese a su fuerza, no puede nunca superar el Amor de Dios.



Llevar la Palabra a la vida (1)

Estoy leyendo varias cosas sobre ser cristiano en nuestro mundo, en una sociedad plural y compartida, y se me ha ocurrido utilizar este blog (tengo más, para otras cosas) y traspasar a él algunos ejercicios interesantes para que la fe no sea un reducto espiritual ni la vida algo aislado de mi fe. Es un ejercicio complicado, los cristianos lo sabemos.

El primero. Vivir durante el día el Evangelio. Todos los días hay una Palabra que la Iglesia ora y quiere encarnar en el mundo. Es como la cita de muchos blogs, pero a otro nivel. Supone haber orado el día anterior (yo lo hago antes de dormir) y meditarla. En ella se escucha la voz de Dios, sin duda alguna.

El ejercicio sería estar atento a la jornada para encarnarla y luego recuperarla como oración. Vivir la Palabra no es un esfuerzo sobrehumano, sino más bien lo contrario, esfuerzo humano. Supone esfuerzo, claro, y también estar atento para saber (discernir) dónde hacerla presente, dónde se tiene que hacer presente.

Para empezar: recordarla a alguien, comentársela a alguien, compartirla con alguien a quien creamos que le puede abrir una nueva ventana o iluminar. Es un primer paso para hacerla presente.



Elogio de nuestra ignorancia
Septiembre 24, 2007, 10:35 pm
Archivado en: bien y mal, literatura, pensamiento, reflexion, reflexiones, verdad, vida

El epígrafe tendrá reminiscencias más o menos vivas para cualquiera. A poco que se haya leído o estudiado conoceremos el “Elogio de la locura”, el “Elogio de la filosofía” o el “Elogio de la infelicidad”. Éste último comienza hablando de dos cuestiones: del elogio y de la infelicidad. Y traigo un párrafo de ese inicio para que todos lo disfrutemos antes de seguir adelante, pero hablando de la cuestión de hoy: 

 Sobrevivir resulta una tarea ardua; y atenuar congojas es un cometido tan necesario como inacabado, además de entorpecido por la presencia continua e ineludible de la desdicha. Pero si, dadas las múltiples contiendas de la vida, parece querer imponerse siempre entre nosotros la infelicidad, conviene sin embargo reconocerla, usarla y esquivarla, luchar contra su fatalidad en la medida de nuestras limitaciones, reconocer sus frutos y convertirla en una palanca para tratar con nosotros mismos.” 

Y como tanto el final del texto y el final del título propuesto tienen las mismas palabras, pues continuamos. Aunque parezca contrario, en dos frases hay multitud de ideas. Y esto habría que pensarlo bien, cuando de continuo proferimos sin querer o queriendo conjunciones o subordinaciones o relaciones –en el mejor de los casos- limitadas en su contenido y expresión a lo que hemos oído de paso por la vida, sufriendo nuestra propia carencia léxica y conceptual. Privados como estamos en multitud de ocasiones de la presencia de un discurso lógico, de la apasionada razón y la idea más entusiasmante, detenerse en una frase con sentido es un placer de incalculable provecho.  

Destaco del texto, además de lo dicho –que enlaza con eso de conocer la infelicidad y pensarla realmente- destaco la sensación, para toda persona mínimamente intensa y profunda, de vivir en un medio hostil, armante en sus desarmes y desaires, preocupado “inevitablemente” por la seguridad y las seguridades inalcanzables totalmente nunca. Esas “dadas” contiendas, ni esperadas ni queridas, se producen cuando la inteligencia y el corazón quedan abiertos a lo que va más allá de los propios intereses, deseos y necesidades creadas. No debería sonar increíble, aún siéndolo, que los muchos viven cada uno en su mundo particular; a diferencia de los pocos, de los sabios, que una vez escuchando el Discurso no regresan nunca su mundo particular y únicamente entablan combate para permanecer en el mundo de todos. Ciertamente las luchas están “dadas” ni buscadas ni buscables. Simplemente surgen en la conciencia de uno mismo a poca luz que se encienda. Un instante después de encender una pequeña luz interior se ven las represiones mediáticas tremendas que nos tenían en silencio, las carnicerías que nos desgarraban en anhelos y requebrajamientos, los genocidios a los que nos veíamos obligados, y la militancia tan involuntaria como consciente con quienes más nos perseguían. El combate nos sorprende sin apenas desvelarnos el nombre del enemigo ni cómo empezó todo. En la sencillez de una llama siempre en movimiento se desdibuja la perfección de nosotros mismos y permanecemos atónitos y patidifusos en ese primer instante que nos muestra cómo somos víctima y verdugo al mismo tiempo incluso sin salir de los propios dominios. Peor aún es el segundo momento, la iluminación del daño hecho a otros.  

Porque no es vano considerar todo esto como combate, ya que nos desconocemos y nuestro enemigo es tan interior como oculto. No conocerse, ¿qué es sino la peor de las bombas atómicas lanzadas sobre la propia humanidad? ¿Permanecerá la humanidad cual tierra desierta sin ninguno de los frutos y flores y aventuras que le son propias? Otro día leí aquello de que quien no profundiza en su humanidad la pierde, y a la postre se ve consumido como una cosa más entre las cosas al creerse sin serlo superior a todas ellas.  

Lo mejor del texto es que aún da más que pensar. Es todo un símbolo, y sólo un párrafo. Porque el siguiente, donde yo he cortado hablaba de la imprecisión de lo que llamamos felicidad, y no he querido entrar en tanto, ni siquiera aventurarme por creer que nadie sabe realmente lo que es aunque todos anden buscándolo. Es más, no sé si alguna de las felicidades propuestas, como abstracto conjunto de utopías, sería capaz de hacer feliz o siquiera tocar lo profundo humano.

Dudo hasta de eso.  Y no se acaba. La segunda idea, en conexión íntima con la del conocimiento de sí mismo es la de la sensación de imponerse. Es impresionante tratar, de golpe dos cuestiones: la apariencia mediada por la sensación que oculta sin revelar en absoluto la real realidad; y la imposición. Finidad, por jugar con palabras, de realidades y discursos nos asaltan con una pretensión ya sufrida desde antiguo: la apariencia de verdad. Dos grandes personajes antiguos, antes incluso del verdadero inicio de la filosofía y pensamiento lógico en Grecia así lo expresaron. A Hesíodo las musas le revelaron que no siempre son sinceras con aquellos que poseen, sino que su inspiración es poco más que un despertar de la conciencia guiado por caminos sin término nunca agotados. Y el otro, Parménides, en la complejidad de sus formas y poesía, intenta separar, creyendo que podría alcanzar su meta algún día sin contar con nadie, que el ser para ser verdadero ser ha de ser cierto, y que no es verdadero ser ni la apariencia de ser –algo discutible si pensamos un minuto que el ser también tiene que ser capaz de mostrarse para ser conocido, a riesgo de que afirmemos en alguna torpe expresión que no podremos conocerlo nunca- ni el ser derivado de otro por ser el verdadero ser exclusivamente uno y único, común en su máxima expresión. Lo peor de todo, la imposición que sufrimos, la voluntad sistemática de que sea esta apariencia la que domine. Como siempre, o más que nunca, nuestros sentidos –externos e internos, e incluso el común- nos mueven a confiar en lo que, de mostrarse en su verdad o en comparación con ésta, no sería digno ni de la preocupación por eliminarlo porque desvanecería su encanto desde sí mismo.  

De aquí a lo último de hoy. Elogiar el desconocimiento prudente de sí mismo, el respeto por la falta de conocimiento y la docta ignorancia, en su versión más cotidiana y alejada de los libros. Alabar a quien ha iniciado el camino sistemático de la duda fundada, no de la sospecha. No utilizar bien la palabra, como recuerda Sócrates-Platón, no sólo es un fallo, un defecto en sí mismo, sino que además hace daño a las almas.



Mi vida al descubierto
Septiembre 8, 2007, 11:39 pm
Archivado en: amor, bien y mal, cristiano, pensamiento, reflexion, reflexiones, sorpresa, verano, verdad, vida

Es cuestión de luz y de claridad. La luz la necesito para guiar mis pasos y no provocarme en falso. La claridad, creo que es más interior, creo que es más personal y potente. Se requieren ambas. La una sin la otra se confunden porque se demandan para mostrarse diferentes.

Para descubrir la vida se requiere amor. La luz se asemeja al amor por el calor y frescura que supone su presencia. Los rayos que desprenden enlazan, se centran, tocan y languidecen pareciendo no ser eternos. Pero la huella ha sido dejada. Como ocurre con la luz, que nunca se ilumina a sí misma, el amor supone servicio. Por eso es capaz de descubrir la vida, mi vida. Empuja y sale de sí. El amor a sí mismo es como estrella que todo lo absorve y se convierte en oscuridad. Para nuestra imagen, una estrella así ha dejado de ser estrella, porque no se muestra y nadie se puede acercar. La luz no arrastra. La luz no empuja, ni absorve. La luz toca. El amor es necesario para descubrir la propia vida; sin amor la confianza es absurda e insufrible; lo mismo que sin luz. La confianza dispone las personas para abrir caminos y arriesgar, y ¿qué sería vivir al descubierto sino precisamente esto?

La claridad es distinta. Algunos conversan sobre su definición. Para mí la claridad es algo personal. Decimos si tenemos o no claridad sobre las cosas, porque es importante. Cuando todo se confunde, se junta y se desordena afirmamos con total claridad sobre la situación: “Esto no está claro.” ¿Paradójico? ¿Contradictorio? ¿Posible? Sí. Tenemos claridad sobre las cosas, sobre todo cuando están des-clarificadas. Es como si en nuestro corazón permaneciese siempre presente, pase lo que pase alrededor, la constante llamarada de la verdad. Cuando me miro a mí mismo, ocurre lo mismo. Soy capaz de decirme si están o no las cosas claras, dispuestas con orden o al margen de la verdad. ¿Paradójico? ¿Posible? Para vivir al descubierto necesito esta claridad, ahogarla o no escucharla, sería condenarme a la oscuridad. Cuando hablo o callo, esta claridad está presente. Es más, la claridad me hace vivirme con verdad, arriesgado, al límite de lo que soy y hago, vivir al descubierto, mostrando, enseñando … no cosas, sino lo que soy. De igual manera que antes decía que esta llama es complicado apagarla, igualmente creo que es igualmente complicado vivir “sin mostrarme” de alguna manera. Para algunas personas, con nombres y rostros concretos, esta claridad sirve para ordenar y mostrar orden, pero para otros esta claridad lo único que hace es transparentar vidas desordenadas, tensas, necesitadas y demandantes.

Mi vida al descubierto requiere del amor y la verdad. ¿La tuya? Yo necesito amar y decir la verdad, y confío en ser amado de verdad y que me digan la verdad con amor. ¿Te ha ocurrido alguna vez esto? ¿Has sentido la presencia de lo contrario? ¡Es aterradora!