No sólo con palabras


Relato 2. Contando otras cosas
Agosto 23, 2007, 4:03 pm
Archivado en: bien y mal, cristiano, drama, películas, pensamiento, reflexiones, relato, vida

Vuelve a ser protagogista Andrés, que no se llama nunca a sí mismo. Miento, se llama cuando recuerda el número de su segundo móvil. En esas ocaciones, hoy dos veces, tiene que marcar el número que conoce, el de su primer móvil. Es entonces cuando en la pantalla de éste puede tomar nota y entregarlo a quien lo requiera. Así son las cosas. Piensa en estas ocaciones que no debería ocurrirle, que esta es la última vez. En el fondo, aunque Andrés piensa y reflexiona mucho las cosas, es totalmente consciente de que no será, ni mucho menos, la última. La penúltima en todos casos, como dicen los jóvenes.

Y es cierto, vivimos y convivimos contando relatos. Unos cortos y jugosos, otros entretenidamente largos y en contadas ocasiones acertamos con el meollo de la vida. Precioso. Siempre contando relatos, como Big Fish. Entre relato y relato es cierto que metemos un cuento, de los de Calleja, casi sin saberlo incluso. Y es cierto, vivimos y convivimos contando cuentos. Se entremezclan en nuestra vida relatos y cuentos como se suceden en el parlamento los partidos políticos en el debate sobre el estado de la nación. Unos insultan a los otros como “cuentistas” y los otros responden “relatistas”. De igual manera nos sucede a cada uno en particular, en la asombrosa reproducción microcósmica del macrocosmos y sus reglas.

Andrés, que de vez en cuando se llama a sí mismo, seamos sinceros, tiene una existencia curiosa que ni él quiere comprender. A Andrés, de familia quizá normal y acomodada a la clase media con asombrosa perfección, le inculcaron (palabra fea donde las haya, pero necesaria) aquel viejo refrán, que no recuerdo pero incitaba a no decir mentiras y ser siempre gallardo defensor de la verdad. En esas se movió durante años, los años más importantes de la vida según los psicólogos, su infancia. El Andrés infante parecía más bien un caballero de la mesa redonda (siempre que fuera redonda) respetando el juramento de honor que le permitía llevar espada y otorgaba derechos de caballero del reino, porque nunca mentía. Como en las películas modernas, esto se vuelve incómodo. Sabemos que los niños no dicen mentiras (jajaja, creemos más bien) pero a Andrés mejor no preguntarle nada. El padre de Andrés tenía un oficio vulgar por tanto, mientras los de su generación presumían sin medida. Y la profesora (cruela) se aprovechaba incesantemente de su dolorosa virtud. Donde Andrés estaba no había problemas, ni nadie quería que los hubiese, porque en breve se entereba Pili, no la madre, sino la profesora. Cuando sus compañeros querían gastar alguna broma o estaban dispuestos a dar rienda suelta a sus picardías por saltarse las normas, no la miraban a ella (que normalmente era fácil de burlar) sino a Andrés.

Y es que es cierto. Andrés pensaba de mayor que sus padres le habían engañado, que eran los primeros mentirosos del mundo porque no le habían dicho cómo funciona todo aquí, no en el mundo de los platónicos deseos e ideas, sino de lo más real. No le habían dicho que había mentiras y mentiras, y que casi todos aprenden de pequeños a vadearse entre relatos y cuentos cuando él aprendía sincrónicamente a ser un incrédulo al que todos podían engañar.

Y es cierto, conocer la mentira va parejo de aprender a dudar, a sospechar. Peligrosa senda. Por aquí no entro.

¿Quién está libre? ¿Quién no ha puesto más de una excusa diaria pensando que es mejor decirla, porque si no mi amigo o amiga se va a sentir mal? ¿Quién no sueña ser, más de tres veces al día, otra persona y se narra a sí mismo sus cuentos hasta el punto de creerlos? ¿Quién ha superado ya el momento de las, por lo memos, cuatro mentiras diarias a sus padres para que le dejaran tranquilamente en el sillón o agitadamente en la calle lanzado a nuevas emociones? ¿Quién cree que no hay quinto malo?

Como Andrés y con Andrés, todas y cada una de las personas se enfrentarán en su día a esta cuestión, pero de forma real y consciente: “Verdad o mentira”. Para sí todos elegirán una, pero no tendrán claro que le quede igual de bien, la misma cuestión, al resto de personas. Me parece que, junto a la Verdad debería aparecer la palabra Amor. ¿Estaría dipuesto a darme cuenta de que, abrazando mentiras, nadie me conoce y realmente no me querrán, a mí realmente no a mis cuentos, en la vida? A lo mejor así se torna diferente el asunto.

Yo no estoy dispuesto. Y ahora es cuando siento que puedo vencer el miedo, que puedo atravesar las dificultades y sospechas que lanzan otros sobre mí, sin piedad. Ni estoy dispuesto ni quiero. Y si no lo vivo del todo, no me excuso, pido perdón.

Que conste, como final, que me admira la capacidad de la mentira. En absoluto la menosprecio. E igualmente creo que no podría vivir sin dudar. Me hace grande saber que delante de mí tengo razones tan poderosas para creer que la verdad existe. Esto me estremece, sin más.



Harry Potter y un nuevo mundo
Julio 24, 2007, 11:12 am
Archivado en: bien y mal, películas

Son muchas las películas en las que hoy podemos observar cómo se propone la lucha entre el bien y el mal. Sin duda, Harry Potter ha sido desde el inicio una de ellas. En su temática está explícito.

Hay un fuerte contraste entre lo que vemos en la gran pantalla y lo que vivimos en la realidad. Mientras en una se muestra cómo esto es “real” en la realidad no se percibe, por la inmesa mayoría de las personas. Y esto me parece serio.

Para no desvelar mucho sobre la película, sí quisiera comentar una escena que me llamó poderosamente la atención. Llegado un punto de la película a Harry se le da a conocer cuál es la causa de sus extraños pensamientos: alguien le está dominando desde el interior de sí mismo, desde su propia personalidad; alguien, en definitiva, controla su vida. Este pensamiento no es agradable para la sociedad de la libertad, de la elección siempre posible y siempre única. Sólo hay una razón por la que Harry se resiste a ser controlado. Me parece genial la intuición que se plantea respecto a este arma poderosa: no es la autoafirmación de Harry sobre el resto de cosas, no se plantea su capacidad de decisión, no es una llamada a la libertad moderna (“yo puedo solo”)… El diálogo en ese momento es increíblemente sano: el amor y la amistad.

 Os invito a ver esta escena. Al menos esta escena por su gran valor pedagógico y educativo. Ojalá muchos jóvenes, al salir de la película, puedan recordarla y aplicarla en su “lucha” entre el bien y el mal (ojalá, dicho sea de paso, todos los jóvenes recuerden siempre que están inmersos en esta lucha, en esta guerra que es perderse o ganarse a sí mismos).

Un abrazo.