Fuera de la adolescencia, donde predominan los estados de ánimo por encima del resto de cosas, podemos identificar en la vida espiritual en dos grandes momentos o situaciones vitales prolongadas: la consolación y la desolación. Estos son los nombres que reciben clásicamente en la tradición eclesial, y que se hicieron “famosos” tras s. Ignacio de Loyola. De ellas vamos a hablar hoy, en clave de discernimiento, para comprender a qué atiende, cómo comprende y cómo discierne la persona espiritual en estas circunstancias.
La semana pasada estuvimos contemplando la parábola de la viña. En ella aparece un único campo con dos frutos contrapuestos por la acción de dos agentes diferentes. Lo importante es aprender a ponerle nombre, reconocernos en una situación de conflicto personal, no de simplicidad o de pasotismo. Nuestra vida, que es la viña, es una vida disputada. ¿Cómo podemos hablar de esto? ¿Qué palabras deberíamos usar para no “desvirtuar”(nos)? Podemos hacerlo de distintas maneras: las intenciones buenas y las malas intenciones, o las luces y las sombras, o como las llamó San Ignacio, consolación y desolación.
Ambas situaciones por las que atravesamos no han de ser confundidas con la simple euforia, sensación de bienestar, buen o mal humor, tristeza natural, pesimismo, meras consecuencias del mal o buen tiempo o de una mala digestión, una noticia, un triunfo o un fracaso. Estos sentimientos pueden mezclarse, o no, con la consolación o la desolación. Las distinguimos porque las primeras no llevan la experiencia a nivel espiritual, y la consolación y la desolación son propiamente vivencias de la persona a ese nivel (que por otro lado implica el resto, pero desde esa dimensión personal).
En forma de avance, antes de desglosarlo más podemos decir que:
╬ Consolación espiritual: todo aumento de fe, esperanza y caridad y toda alegría interna que llama y atrae a las cosas de Dios pacificando el alma en el Señor. Calor, fervor interior, amor que unifica y dirige a su verdadero centro: Dios.
╬ Desolación espiritual: cuando lo que se siente es aridez o disgusto por la oración y por las cosas de Dios. Cuando el alma se inclina hacia las cosas bajas y terrenas, se siente agitada, tentada y turbada. Sin esperanza, sin amor, totalmente perezosa, tibia.
Consolación y desolación reciben “mociones” y movimientos contrarios entre sí. Es importante entender que básicamente son “generadores de mociones”, de movimientos interiores, personales. En estos campos se recibe el sentido y la vida de forma contrapuesta entre sí.
DESOLACIÓN ESPIRITUAL
“Entre tantos pastores destrozaron mi viña y pisotearon mi parcela,
convirtieron mi parcela escogida en desierto desolado,
la dejaron desolada, yerma, ¡qué desolación!
Todo el país desolado ¡y a nadie le importaba!”
(Jr. 12,10-11)
La desolación es por definición “todo lo contrario de la consolación”. Lo normal es la consolación, y como variante en algunos momentos –aunque sean largos- aparece la desolación espiritual. Pero por definición es transitoria, inestable.
Una forma de definirlo claramente puede ser la expresión “no estamos en nuestro sitio”. Nos damos cuenta de que lo que vivimos no corresponde con nuestra intimidad y personalidad, con el don que hemos recibido y descubierto, porque parece que la voz cantante de nuestra vida se entona fuera de nosotros, en la noche en que la cizaña planta. Nos levantamos, como en la parábola, y descubrimos que hay algo que no hemos plantado. Alguien, en plena noche y aprovechando nuestro descanso o descuido, ha sembrado sin que nosotros ahora podamos “despejar” la cizaña a riesgo de llevarnos la siembra buena. Nos quedamos mirando, estupefactos, porque parte de nuestra obra se ha contaminado.
Cada sensación va por su lado, nos golpean sin saber por qué y qué son, y parece que nos quieren destruir como personas empujándonos de aquí hacia allí sin sentido ni salida, dejándonos reducido a un grado puramente sensitivo de vida (a una situación en la que dependemos básicamente de estímulos o de sensaciones): oscuridad, turbación, tentación, inquietud, pereza, tristeza…
Además somos incapaces, al ser apresados por lo meramente “sensitivo”, por nuestras sensaciones, de hacer una lectura profunda de nuestra vida y de lo que nos ocurre.
En desolación no vivimos nuestra vida, la sentimos y padecemos. Nos sentimos por lo tanto desprotegidos, desarmados, desamparados o perdidos. En la Escritura las experiencias de “abandono” son las que se corresponderían con la situación de desolación espiritual. El pueblo siente que Dios lo ha abandonado en el desierto, que lo ha llevado hasta allí para condenarlo; cuando suben los primeros reyes de Israel al poder el pueblo se alegra, pero poco a poco va percibiendo que se centran en sus intereses, y comienzan a pensar que Dios ha elegido un rey para ellos con el objetivo de que sufran, de que luchen contra pueblos más poderosos que ellos y sean derrotados; en tiempos de “contaminación con los ídolos de pueblos extranjeros” el pueblo de Israel se siente a merced de las nuevas modas, sin criterios fuertes para defenderse de ellos, sin haber echado raíces en su campo, y ve cómo se plantan junto a sus altares, junto a su Dios, otros ídolos que son adorados por los poderosos. Estas situaciones se corresponden con la desolación espiritual.
La primera palabra que podemos contemplar en relación a la desolación espiritual es la “oscuridad”, que sugiere un ambiente externo, ambiental y pasajero, que no tiene que ver con la persona propiamente, sino que se le impone a ella. La oscuridad que todo lo llena afecta a la vida personal, pero no se puede confundir, a riesgo de perecer en la noche, con la persona. Pero afecta. Pero necesita de un “milagro” para convertir esta oscuridad o ceguera en luz y visión clara.
De esta oscuridad provienen la mayor inclinación a la tentación. Perdidas las riendas de la propia vida, alguien las toma o las quita. Ahora es otro quien ha adquirido poder sobre la vida de quien esta en la oscuridad. La tentación es entonces “ser llevado a cosas bajas y terrenas”, empujado a ellas, como inclinado, encaminado. No es que haya cosas de suyo “bajas y terrenas”, sino que todo se puede convertir en “bajo y terreno” porque la persona lo vive sin capacidad para trascenderlo, sin darle sentido, y queda encerrado en ellas como su fuera realmente una “cárcel”, o “droga”, o “dependencia”, que genera la necesidad o sensaciones de necesitar satisfacerse continua y repetidamente.
Por bajo y terreno entendemos entonces todo aquello que es vivido y que se cierra sobre sí mismo, sin poder ir al fondo de las cosas y comprender toda su belleza y toda su utilidad y todo su sentido.
De alguna manera queremos hablar de que la persona se deshumaniza y desdiviniza, y por lo tanto su vida adquiere un matiz casi instintivo (sin ser dueño de sí mismo) que la pone en contacto diaria y constantemente con una necesidad de poder y de placer que “aparenten” que no está en oscuridad y que es dueño de sí. En conclusión: no puede marcar su propio rumbo ni se siente capaz de sostenerse, puesto que se hunde.
En resumen, la persona desolada está “in-quieta” (inhibida como persona, con tendencias internas variadas, diversas, incoherentes, chocantes, generadoras de conflictos continuos, en guerra), agitada y tentada. De tal manera que frente a la robustez de la persona en consolación (que aumenta continuamente en fe, esperanza y caridad) quien está en momentos de desolación siente que el amor, la fe y la esperanza decrecen y se agotan, perdiendo su propia alegría interior y convirtiéndose en pereza, tibieza y sensación de separación y soledad.
Esta última indicación, “sensación de separación” es el padecimiento más importante: se siente separado de Dios y de la comunidad. En la búsqueda tiende a sustituir a Dios por cualquier cosa ante el vértigo de quedarse vacío y buscará desesperadamente ese “amor de su alma”. En la búsqueda por tanto se vuelve víctima de su inquietud, de sí mismo.
Los pensamientos que nacen en ella son contrarios. Conviene no hacerles caso, pero quien no sabe esperar con calma y paciencia, y se deja llevar por ellos, se mueve de un sitio a otro creyendo tomar caminos que le sacarán cuanto antes. Sin embargo, la sensación que provoca este devenir es semejante a dar vueltas en un laberinto y en cada cruce pensar que esta vez sí que cogeré el camino definitivo, que va a tener suerte, y así arriesgar de forma permanente, liándose y desorientándose.
Cuando Ignacio habla de poner “la esperanza en las cosas bajas” se refiere a eso precisamente. La esperanza nunca se pierde. En el fondo, ninguna persona puede vivir, lo quiera o no, sin esperanza. La esperanza es como la vida, y quien la pierde permanece muerta, sin horizonte, descarriada. La cuestión es diferente para Ignacio, no pensar tanto en la esperanza o no, sino en qué cosas sitúo mi esperanza.
A modo de inciso hay que decir que la situación que vivimos en Occidente es menos prudente respecto a la esperanza de lo que era en tiempos de Ignacio. Si bien es cierto que la persona no puede vivir sin esperanza, que todos somos seres con esperanza por el hecho de ser humanos, la verdad es que no somos concientes de esta situación debido al “presentismo”, a la importancia moderna y postmoderna que se le da al “hoy”, “ahora”, “aquí”. Nosotros, por decirnos las cosas claras, tenemos que hacer un doble esfuerzo para descubrir esto (que es el mismo tema que el de los ídolos, que es el de la confianza…): por un lado tenemos que descubrirnos “sedientos”, “deseantes”, “esperanzados”; por otro, descubrir en qué situamos estas esperanzas o donde saciamos nuestra sed.
¿Qué ocurre con la esperanza en los momentos de desolación? Que se pone en las “cosas terrenas y bajas”. De igual manera a lo dicho anteriormente, no porque sean bajas, sino por la incapacidad para trascenderlas. La herramienta principal para trascender, para ahondar la vida espiritual, que es la oración se vuelve difícil: “hacer oración y permanecer en ella resulta casi imposible.” Aquí reside la causa de muchos abandonos. La fuente de la esperanza y espiritualidad se parece a un desierto inhóspito donde es imposible encontrar fuentes y agua, que cansa, que no dibuja ningún camino.
Por último comentar que la tendencia más fuerte, lo que con más pasión actúa en nosotros en tiempos de desolación es la ruptura. En diálogo con lo que anteriormente hemos dicho de la separación y abandono, el espíritu malo en la desolación rompe con lo anterior y provoca que quien se encuentra en estas situaciones deje, por tibieza y tristeza, de conducirse por el camino de siempre: “busca desviarnos del camino comenzado de nuestra conversión a Dios y a los demás, busca desviarnos el camino del amor, de la fe y de la esperanza; propiamente no puede detenernos, ni desviarnos directamente, pero sí poner inconvenientes desde fuera pero sin dominio interior sobre la persona.” Hace sufrir entonces con tristeza “sin causa” y con “derelicción” (abandonamos una cosa para que otro pueda tomarla) en forma de “renuncia” a lo que antes teníamos. Como lo que antes tenía sentido parece haberlo perdido… sentimos que hemos sido humillados, engañados, imposibilitados. Las sospechas y el miedo son las principales fuerzas.
Hoy vivimos una situación de desolación que no comprendemos y en múltiples ámbitos. Vivimos desolaciones múltiples como si fueran irremediables y conformados con ellas.
Los rasgos típicos de la desolación:
╬ De orden espiritual: la fe se perturba, se oscurece; se rompe la armonía y se buscan intereses parciales, egocéntricos, en grupos cerrados; acabamos viviendo como si Dios no existiese, aun en los ámbitos en los que más presente debería hacerse.
╬ De orden psicológico, donde sentimos la desolación: tristeza, oscuridad, inseguridad, falta de horizonte, dolor afectivo.
Estamos hoy expuestos a la desolación en los siguientes ámbitos:
╬ Vivimos eclesialmente mezquindad con respecto al don recibido. Cristianos comúnmente conformes con su situación y sin apertura a la conversión a Dios, sin apertura a recibir el Evangelio tal cual y a un diálogo continuo con Dios. El embotamiento del espíritu es tan grande que ni siquiera sabrá de desolación espiritual propia, y menos desolación de los demás. Sólo de vez en cuando aparece algún remordimiento de conciencia. Se intenta vivir con los mandamientos y algo de moral… pero poco más. La vida cristiana no adquiere un matiz de compromiso, sino de ética, de imposición externa. La desolación que podríamos llamar “por estancamiento”, “porque siempre fue así y nada más”, “por tradición familiar o social”. Quedamos en el cumplimiento de lo establecido, experimentado la esclavitud de la Ley. El paso definitivo de una a otra actitud es la pregunta: “¿Qué debo hacer por Cristo a partir de ahora?” Quienes se preguntan por esto superan el estancamiento espiritual.
╬ Decir adiós a la vida interior, que genera angustia y turbación. Agarrándonos por lo tanto a cualquier cosa. Incapaces a la larga de salir de sí hacia el otro a causa de su falta de defensas y precariedad personal.
╬ Miedo a los sentimientos impactantes y al compromiso. La búsqueda de seguridad y estabilidad como lo principal de la vida personal. Encontrará seguridad en lo de todos, en lo social y lo que se afirma a su alrededor como bueno y aceptado, que no genera complejos. Buscará por tanto lo de los demás, sin saber quién se lo presenta y por qué, sin crítica.
╬ La divinidad escondida en nuestra sociedad y el empeño laicista de “dejar a Dios para cosas de sacristía”, para la vida personal del individuo pero sin repercusión real en su vida, sin compromiso y sin testimonio de lo que vive. Lo que genera es la dualidad, en la que al final hay que optar, como quien construye dos casas paralelamente y tiene que decidir en cuál de las dos vive definitivamente. Es entonces cuando se plantea el tiempo que ha dedicado a una y a otra… En el fondo, no podemos mantenernos en medianías por mucho tiempo. La divinidad escondida va de la mano de “la vida me la construyo yo”, del individualismo más atroz y sangrante. Este ocultamiento de Dios en la propia vida, del centramiento de nosotros en ella, concluye y termina porque hemos desordenado la realidad y esta es incapaz de reflejar la utopía atrayente y posible del Reino.
╬ Dentro de una sociedad proclive a la depresión, la causa espiritual más profunda es la falta de amor. Es una relación directa que quien está en desolación no llega a contemplar con seriedad nunca: no se puede decir que no nos sentimos verdaderamente amados, por lo que no se buscará el verdadero amor; no seremos de igual manera fuentes de verdadero amor para otros, ni dejaremos que Dios hable de ese amor utópico e irreal. Frente al amor, está la autoafirmación de uno mismo y de los propios criterios, como únicos. De ahí a la depresión por soledad, por incapacidad e impotencia, por el contacto con la realidad…
╬ La relación de la desolación y la gratitud. (1) La falta de gratitud de amor provoca respuestas tibias, perezosas y negligentes. No se responde al amor ni se entra en diálogo de amor. (2) Dios desea ejercitarnos en la gratuidad para que aprendamos el servicio y la alabanza.
Abrir los ojos. Y ver sin falta ni sobra, a colmo perfecto el mundo, completo. Secretas medidas rigen gracias sueltas, abandonos fingidos, la nube aquella, el pájaro volador, la fuente, el tiempo del chopo. Está bien, mayo, sazón. Todo en el fiel. Pero yo… Tú, de sobra. A mirar, y nada más que a mirar la belleza rematada, que ya no te necesita. Cerrar los ojos. Y ver incompleto, tembloroso, de será o de no será –masas torpes, planos sordos-, sin luz, sin gracia, sin orden un mundo sin acabar, necesitado, llamándome a mí, o a ti, o a cualquiera que ponga lo que falta, que le dé perfección. En aquella tarde clara, en aquel mundo sin tacha, escogí: el otro. Cerré los ojos.
Comenzamos con esta poesía precisamente porque aporta los elementos básicos más humanos que implica el discernimiento espiritual, Aquel que pone en contacto con la voluntad de Dios y es capaz de reconocer su Presencia en el acontecer cotidiano.
Hacer discernimiento es primeramente encontrar un nuevo modo de “decir” la realidad, esto es, de nombrarla y de acercarse a ella. Nadie puede quedarse en los “hechos mismos”, y un signo de confianza y de alegría con la propia vida es “decir” las cosas según las vivo y no simplemente “decir” “he ido a la universidad, al trabajo”. Al final del día la persona no puede quedarse en la enumeración de sus actividades, sino que está imperiosamente llamada a “ir más allá”, al menos hasta sus sentimientos, y luego llegará a cómo lo han vivido los demás, hasta preguntarse por Dios. En este momento comienza con sentido el discernimiento, cuando en el día a día se deja que Dios tenga parte.
Por lo tanto es hacer algo “nuevo”, no en tanto que vaya a ser más poético o menos, sino en tanto que la poesía precisamente nos pone en contacto con una realidad vivida subjetivamente, mirada con atención e incluso escuchada de forma particular. Esta poesía de Pedro Salinas añade a todo lo anterior las distintas perspectivas en las que puede recogerse la realidad. La realidad, como decían los antiguos, no es transparente, no se cuenta ella a sí misma por ella misma sino que espera ser contada. Nosotros tampoco podemos dejar que “nuestra vida se cuente a sí misma”, sino que tenemos que ser precisamente nosotros, sus principales actores y agentes quienes entablen esta tarea. Este es uno de los grandes secretos del discernimiento, aprender a contar la realidad. Pero, en el plano en que nos movemos, dejamos de ser los únicos agentes de nuestra propia realidad y nos abrimos a una Palabra que es última sobre nuestra vida. Dejamos, de forma activa, de querer “contar solos” esta historia para abrirla a Dios. El discernimiento lleva a la persona por tanto a reconocer que Dios es, en última instancia nuestro fundamento. Al principio parece que se deja a Dios que sea nuestro apoyo y roca con confianza y a veces con esfuerzo, para llegar a decir que “Dios ha sido siempre nuestro fundamento”. En una vida vivida auténticamente desde Dios se produce un cambio hermosísimo, que comienza con la persona empeñada en el discernimiento y culmina dejando que Dios discierna. La poesía llama al inicio “contemplar la realidad”, y a lo segundo “mirar con los ojos de Otro”. Es importante darse cuenta de que la estructura de cualquier persona es una estructura discernidora. O lo que es lo mismo, que Dios, creándonos para la libertad, tuvo que hacer de nosotros “homo discerniente”. Se pueden poner muchas situaciones comunes y ordinarias, frágiles y aparentemente sin sentido, donde se comprueba esto: la persona está hecha y ha sido creada para distinguir lo bueno de lo malo, lo verdadero de lo falso. Sin ese discernimiento primero su vida no podría llevarse a cabo. Es más, no sólo en el momento de la elección, sino que también ha sido creada para vivir poniéndose a prueba a sí misma, con capacidad de reflexión. Expresión de lo primero puede ser “buscar pareja”, no conformándose con cualquiera, o “no tolerar el ser engañados o el sentimiento que queda después de darse cuenta de que “me están manipulando”. Expresión de lo segundo puede ser el sentimiento de culpa por una palabra mal dicha, por “salirse de tono” con alguien, o por haber hecho algo, y la alegría de mostrar un premio conseguido con esfuerzo, la necesidad de celebrar algo con la gente que apreciamos deseando reunir a muchos a nuestro alrededor. Discernimiento, a nivel humano, es por tanto “no conformarse con cualquier cosa”, “mantener una actitud de búsqueda crítica”, “diferenciar acontecimientos y personas”, “distinguir por las consecuencias”, “saber jerarquizar en mi vida”. Pero el discernimiento a este nivel también incluye un punto de vista “más allá de mí mismo”. No discierne el que mantiene su criterio y su juicio sin contar con otros, sin escuchar en definitiva. Es decir, que la misma vida tiene que incluir irremediablemente a otros al menos en dos direcciones: porque de los otros voy a recibir criterios, y se equivoca aquella persona que dice que puede construir su pensamiento y sus actitudes ante la vida por sí misma y sola, sin que nadie la influya; y porque con los otros tengo la oportunidad de ir guiando mi vida la mayor parte del tiempo. La primera dirección por ser más evidente, la dejamos, aunque no sin decir que es necesario para el desarrollo de la propia libertad “asumir y acomodar” los criterios de otros para hacerlos propios y que nazcan de la propia libertad y autonomía. También respecto de Dios. La segunda dimensión o dirección es semejante pero no igual. Desde que somos pequeños se nos educa para que “obremos” conforme a una determinada imagen pidiendo “aprobación” de nuestras decisiones casi de forma continua. A medida que ganamos en edad y juicio los agentes principales de esas decisiones se hacen más “inconscientes”, es decir, no se requiere que estén continuamente presentes físicamente. Ha sido suficiente por tanto el aprendizaje tenido desde niños. Y aparecen contextos en los que tenemos que tomar decisiones sin que estén físicamente presentes y ante otras personas a las que “pedimos” de igual manera “aprobación” de nuestras conductas. Esto, especialmente intenso a nivel emotivo y afectivo en la adolescencia, se prolonga a cualquier edad, cada vez con mayor complejidad. Tomamos decisiones siendo “hijos de nuestros padres”, “amigos de nuestros amigos”, “miembros de determinados grupos religiosos”, “trabajadores en tal lugar”, “ciudadanos de determinado nivel social”, “pareja del tal persona”… y así sucesivamente. Aunque parezca complejo por sí mismo no lo es. Se solucionaría sencillamente tomando decisiones en el ambiente según lo que “actúo en determinado lugar o ante determinada persona”. ¿Qué provoca entonces la necesidad del discernimiento según lo estamos planteando? Tres cuestiones principalmente: no puedo dejar que tomen decisiones por mí mismo, sino es con el riesgo de “perder” mi vida o “dejar que otros la vivan por mí”; que no soy personas diferentes en los distintos ambientes en los que me muevo, sino una sola persona en distintas esferas pero sin tener sentido en una sola esfera como persona sino en el resultado de todas ellas; y el drama de mi libertad, irrenunciable, con sus aspectos cómicos y trágicos vivida en el escenario del mundo en primera persona, de forma inalienable.
Se comprende fácilmente por tanto que “sin discernimiento” y “sin examinar mi vida” realmente no merezca la pena vivirla, parafraseando a Sócrates. O más aún, sin poner la vida en diálogo constantemente con el Padre no encuentre sentido ni al inicio de la misma ni a su final, llevándola al extremo de vida de Jesús en la Encarnación y en la Pascua. Y aquí tenemos por tanto todo lo que un discernimiento busca: lo radical del día a día, tomado con máxima seriedad y sabiendo que no hay grandes momentos fuera de lo pequeño de lo cotidiano; el diálogo de Amor y Obediencia que mantiene el discernimiento con la confianza de que Dios no sólo escucha y responde, sino que es Libre para comunicarse y actuar; la fragilidad humana que sin conocer a dónde le lleva su vida tiene que seguir caminando, que el al mismo tiempo la grandeza de su libertad y de su confianza; la debilidad con la que Dios parece que se ofrece al hombre, y su fuerza al mantener todo en su Vida y hacerse presente donde pocos (como decía Calasanz al referirse a la Cruz) le esperan encontrar.
En el NT hay dos verbos que suelen traducirse como el “discernimiento” que tanto se repite. Dokimazein y diacrinein. El primer verbo significa probar, como en Rom 12,2. Y el segundo significa separar por el medio, como “cortar” la realidad para ver qué tiene en el centro, como en Hch 10,20 “sin vacilar”.
CONSOLACIÓN y DESOLACIÓN
Conocer y saber cómo actuar en cada uno de estos momentos. San Ignacio parte de que hay dos espíritus (cf. Mt 13,24-30): uno sería el “Dueño y Señor”, y otro “el enemigo”. En un único campo se plantan semillas contrarias que van creciendo e intentando adueñarse del terreno. El uno trabaja de día, el otro de noche. Esta Palabra nos refleja lo que “es propio del Espíritu de Dios” frente a lo que sería “el que Divide”, “el Mentiroso” (por usar los términos bíblicos). En lenguaje más actual podríamos decir que se trata de “las intenciones buenas” frente a las “malas intenciones”, las luces y las sombras, las aperturas y cerrazones. A pesar de tener una rica simbología para estas dos situaciones comunes para toda persona, nos falta lenguaje actualmente para suplir expresiones como “el combate cristiano” que aluden a esta oposición dentro de nosotros, a este conflicto inevitable que es interior a la propia persona.
Discernir es “advertir y conocer (estar atentos, ver venir, conocerse, ser conscientes) nuestros movimientos (tendencias en determinadas circunstancias, impulsos, tensiones, preferencias, momentos en los que nos dejamos caer, en que nos abandonamos)”, según Ignacio.
Entiendo que una cualidad es algo maravilloso, o no. Pero en cualquier caso defiene a la persona, porque a la persona como tal no la pueden distinguir “cantidades”. Por eso se requiere que hablemos de algo cualitativo, algo denso, algo que empapa todo. Es necesario decir esto por muchas razones, aunque no puedo detenerme en su análisis con profundidad.
Pero no es todo lo que podemos decir. Una cualidad personal puede tornarse una experiencia de bondad o de crueldad terrible y maléfica. Esto es costoso de reconocer su tentadora ambigüedad. A Philip Morrison y a Marie Currie una misma cuestión les unía: son personas que han pasado a la historia de la humanidad definidas por una cualidad común, la inteligencia. Pero en un caso y en otro, la persona que dibuja esta “inteligencia” es diferente, y la persona que refleja es igualmente diferente. Esta equivocidad de la cualidad (llamar y tintar de diversos colores la realidad) es por lo tanto evidente, aún cuando en nuestro lenguaje cotidiano algo cualitativo parece siempre bondadoso. El creador de la bomba atómica y la excelente investigadora médica han contribuído de distinta manera a esa historia humana.
Comprendido esto, recuerdo que hay una parábola evangélica en la que Jesús narra cómo dos personas cabalgan buscando un mismo sueño: construir una casa. Ambos disponen de materiales similares y de todo el mundo. Sin embargo asientan sus edificaciones en terrenos (aun teniendo todo el mundo) dispares: por un lado la arena, por otro la roca. Matiz sublime: lo débil e incapaz de sostener; lo robusto e impenetrable. Aquí está la maravilla. La cualidad debe ser asentada. Pero siendo roca o arena, se nace.
Aún creyendo que las cualidades definen la persona, no podemos decir lo mismo (ni análogamente siquiera) de Dios. A Dios no le definen cualidades en la misma medida que a los hombres, puesto que su ser no puede negarse a sí mismo. Aquello que Dios es se muestra como huella en las personas dejando en éstas un hálito (aliento, espíritu) potente de vida, que algunos interpretan como cualidad pero va más allá de ellas, porque tiene vida por sí misma. Este don de Dios es vida de Dios en el corazón de las personas, que nunca cejará de la lucha por la bondad, la belleza, la verdad y la unidad. Explicada la diferencia, viene ahora la invitación: encuentra en tus cualidades aquello invariable que te mantiene unido a Dios, que te hace buscar la justicia y la paz, que está al servicio de los demás y los débiles… Quien construye sobre roca, no verá derribada su vida. Pase lo que pase, lo construido se mantendrá a pesar de los zarandeos, de las incomprensiones, de las luchas… No soy yo, es Cristo que vive en mí.
Descubrir las cualidades no es un ejercicio estúpido, por otro lado. Quien se asombra ante la belleza de sí mismo es como un genio capaz de las mejores fórmulas matemáticas, o el mejor de los pintores, o el escritor más locuaz. Conocer las propias cualidades (y su inevitable tendencia a la ambigüedad) es una llamada permanente a cuidad de sí mismo, a estar atento para no desaprovecharse y perderse. Es un grito hacia la responsabilidad.
Un saludo.
Qué palabra más rara para iniciar un texto de este estilo. Pero tiene su sentido. Es más, creo que la mayor parte de las cosas que ocurren bajo el sol tienen su sentido, reflejo de aquello que yace -no muerto, sino en reposo y tranquilidad- más allá de él. Ya me he repetido varias veces, y es una cosa que quienes se esfuerzan por aprender a escribir tienen que evitar. A mí en cambio me encanta recrearme en este monosílabo: “más“. Porque creo -y sé que vuelvo a caer en el mismo error de los expertos literatos, pero ciertamente creo y confío- que hay muchos “más” en la existencia de aquellos “menos” en los que siempre nos detenemos. Son detalles, suspiros y momentos históricamente insustituibles. Hay un “más” entre todos los “más” que me resulta especialmente luminoso: “el más del amor“.
Algún avispado lector, si los hubiera, que continúe a estas alturas con la vista pegada a las letras y conserve al mismo tiempo una singular memoria, puede percatarse de que el título que ofrezco no ha vuelto a surgir ni una sóla vez en estas líneas. El avispado lector me lo haría saber. Pero sólo el sabio, esto es, quien está dispuesto a aprender porque sabe con la sabiduría y lógica implacable de Sócrates, puede constatar su hilazón profunda. No hay más que decir, porque el “más” del amor se revela de forma tremenda y fascinante en la gratuidad.
Si alguien quiere saber “más”, pregúntele a su experiencia, porque una vida que no es pensada no merece la pena ser vivida.