No sólo con palabras


Llevar la Palabra a la vida (2)

Un segundo ejercicio, relacionado con lo anterior.

El centro de la Palabra es Jesucristo. Es evidente. Quienes oramos con el Evangelio nos detenemos especialmente en sus actitudes, en su relación con el Padre, en su persona. Intentamos orar acercándonos a Él.

Pero esto no puede ser simplemente una cuestión de reflexión personal e interior. Si ha sido realmente “orada” también se tiene que mostrar al mundo. En el Evangelio esto lo percibimos al revés: sabemos la especial relación entre el Padre y Jesús de Nazaret por su vida, no por las veces que se retiraba a orar, no por sus comentarios sobre la oración o por sus charlas espirituales. Lo conocemos en la medida en que nos adentramos en su vida, a con-vivir con él, a disfrutar de su presencia acogedora.

Ejercicio para la vida. Hacer presente esa Palabra viviéndola, es decir, que durante la jornada se encarne aquella Palabra que hemos orado el día anterior. Para esto tenemos que estar atentos a los momentos de los que disponemos y a la escucha del Padre. Se puede vivir la curación del leproso en las heridas de algún jóven abriéndole a la esperanza; se puede encarnar el anuncio que recibe María en la alegría por el hombre nuevo que nace en nosotros; se puede ser testigo de la Cruz en el mundo aproximándonos a quienes sufren; se puede vivir la comunidad evitando ciertos comentarios, uniendo personas y esforzándonos por compartir con otros; se puede ser testigo de la luz iluminando; y sal nueva dando un sabor evangélico a cuanto hacemos.

Los caminos son muchos pero quedan abiertos a la escucha de la Palabra y a las circunstancias de cada uno, donde está llamada a encarnarse para hacernos “hijos”, para incrementar nuestra relación con el Padre de forma cualitativa. Y también para experimentemos nuestra fragilidad, debilidad, flaquezas o pecado como aquello que, pese a su fuerza, no puede nunca superar el Amor de Dios.



Mi vida al descubierto
Septiembre 8, 2007, 11:39 pm
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Es cuestión de luz y de claridad. La luz la necesito para guiar mis pasos y no provocarme en falso. La claridad, creo que es más interior, creo que es más personal y potente. Se requieren ambas. La una sin la otra se confunden porque se demandan para mostrarse diferentes.

Para descubrir la vida se requiere amor. La luz se asemeja al amor por el calor y frescura que supone su presencia. Los rayos que desprenden enlazan, se centran, tocan y languidecen pareciendo no ser eternos. Pero la huella ha sido dejada. Como ocurre con la luz, que nunca se ilumina a sí misma, el amor supone servicio. Por eso es capaz de descubrir la vida, mi vida. Empuja y sale de sí. El amor a sí mismo es como estrella que todo lo absorve y se convierte en oscuridad. Para nuestra imagen, una estrella así ha dejado de ser estrella, porque no se muestra y nadie se puede acercar. La luz no arrastra. La luz no empuja, ni absorve. La luz toca. El amor es necesario para descubrir la propia vida; sin amor la confianza es absurda e insufrible; lo mismo que sin luz. La confianza dispone las personas para abrir caminos y arriesgar, y ¿qué sería vivir al descubierto sino precisamente esto?

La claridad es distinta. Algunos conversan sobre su definición. Para mí la claridad es algo personal. Decimos si tenemos o no claridad sobre las cosas, porque es importante. Cuando todo se confunde, se junta y se desordena afirmamos con total claridad sobre la situación: “Esto no está claro.” ¿Paradójico? ¿Contradictorio? ¿Posible? Sí. Tenemos claridad sobre las cosas, sobre todo cuando están des-clarificadas. Es como si en nuestro corazón permaneciese siempre presente, pase lo que pase alrededor, la constante llamarada de la verdad. Cuando me miro a mí mismo, ocurre lo mismo. Soy capaz de decirme si están o no las cosas claras, dispuestas con orden o al margen de la verdad. ¿Paradójico? ¿Posible? Para vivir al descubierto necesito esta claridad, ahogarla o no escucharla, sería condenarme a la oscuridad. Cuando hablo o callo, esta claridad está presente. Es más, la claridad me hace vivirme con verdad, arriesgado, al límite de lo que soy y hago, vivir al descubierto, mostrando, enseñando … no cosas, sino lo que soy. De igual manera que antes decía que esta llama es complicado apagarla, igualmente creo que es igualmente complicado vivir “sin mostrarme” de alguna manera. Para algunas personas, con nombres y rostros concretos, esta claridad sirve para ordenar y mostrar orden, pero para otros esta claridad lo único que hace es transparentar vidas desordenadas, tensas, necesitadas y demandantes.

Mi vida al descubierto requiere del amor y la verdad. ¿La tuya? Yo necesito amar y decir la verdad, y confío en ser amado de verdad y que me digan la verdad con amor. ¿Te ha ocurrido alguna vez esto? ¿Has sentido la presencia de lo contrario? ¡Es aterradora!



Ama y haz lo que quieras
Septiembre 5, 2007, 11:07 pm
Archivado en: bien y mal, cristiano, pensamiento, reflexiones, vida

Esta frase es de Agustín de Hipona. Os invito a ver una reflexión que hay sobre él en esta página:

http://www.alcala.escolapios.es/catequiastas/rincondeoracion/sanagustin.htm

Leí sus Confesiones siendo más joven de lo que ahora mismo soy. Y ya es decir. Me lancé a ello cuando me lo recomendaron en las clases de Teología y quedé sorprendidísimo. Está escrito en primera persona y es casi una oración.

Hacer, hacemos muchas cosas. Yo por lo menos desde que me levanto hasta que me acuesto. Últimamente tengo un afán creativo grande, disfruto escribiendo sin leerme. Este es uno de los dos blogs que tengo (http://vocacion.wordpress.com y todavía desarrollo la página web antes mencionada. Si me dejasen todo el tiempo para escribir, lo haría. Disfruto y me pregunto si estoy amando de esta manera. Si comunico amor, esperanza, preguntas, o todo lo contrario.

Yo gozo escribiendo, y creo que cuando uno encuentra una faceta de estas en la que se puede ir mostrando… es porque Dios está detrás animando, impulsando, que es una inclinación del corazón que luchará frente a las pasiones y renglones torcidos del mundo. En el fondo, incluso escribir puede ser un acto de amor. Conozco blogs que así lo hacen, es su forma de amar, pero no su única forma de amar. http://caballerotrueno.wordpress.com es un ejemplo de ello, y más links que podría citar.

Amar, amar… haz lo que quieras, pero ama y si tienes que hacer algo por amar no lo dudes. Al final, se confirmará.

Hoy no ha sido buen día, por eso quizá he escrito tanto, para soltar cuanto llevaba. Pero lo hago con esperanza. Vivo con esperanza.

Un saludo



Sé que suena a tópico
Septiembre 3, 2007, 6:30 pm
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Sé que puede sonar a tópico, y ojalá lo fuera. Viajaba hoy en tren, algo que habitualmente he dejado de hacer. Ya saben, el poder de los coches, te ahorra tiempo y esfuerzo aunque te quite dinero del bolsillo. Durante el viaje, por ser el primer día de trabajo aquí en España, todos íbamos de pie, menos los típicos afortunados que viven más lejos, que se suben antes a la carreta.

Ya no es un tópico ver cómo alguien cede su sitio a otra persona. Lo contrario sí. Comienzan a ser tópicas las miradas entre los pasajeros postrados en sus sillones, como invitando a otros cómodos compañeros de trayecto a levantarse por educación. En España es una desgracia pero ya no ocurre. De hecho hoy, una señora con una niña pequeña ha conseguido hacerse un hueco entre tanta persona reunida, y ha llegado al centro de todos prácticamente. Allí, pensaría la señora, soy más visible. Lo contrario hubiera sido más acertado, colocarse delante inmediatamente de un pasivo y dormilón señor, o de una joven con su aislante música. Nada. En mitad, justo en mitad, en la no vista de todos.

Suena la distancia de la estación y, contra mis pronósticos poco esperanzados, una chica de hermoso interior se levanta. Esto es poco usual, por eso lo cuento. Arranca de su trasero el asiento que parece pegarse a quien lo posee, y lo cede. Impresionante hecho.

Dos estaciones más allá, junto al asiento símbolo de la generosidad y la supervivencia de la especie en su esencia humana, un hueco. Reacción menos tópica que la anterior: la señora que ha recibido el favor, coge los dos asientos, y mientras levanta la voz para llamar a su generosa promotora de seguridad vial. ¡Hay un asiento, siéntese!

Lección doble en la respuesta: “No por favor, continúe usted sentada. Deje a su hija pequeña que se siente en el otro lugar, y así no tiene que llevarla en sus rodillas.”

Señores, es triste que no sea un tópico. Pero a algunas personas, les ha “sentado” muy bien la vuelta al trabajo. También, pese a todos los comentarios sobre el posestress vacacional y mandangas varias, he de observar que pese a gestos como estos las caras (largas y duras) de la gente continúan siendo las mismas que en marzo, abril, mayo, junio y julio prevacacionales.

Hay cuestiones que se pueden hacer depender de nada. La generosidad, una de ellas.



Relato. Cruzando
Agosto 25, 2007, 1:50 am
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Cada vez que Pedro cruza la calle se encuentra solo. Ha llegado a la conclusión de que es difícil cambiar en la vida, dejar atrás el portal de su casa e iniciar una vida al margen de las seguridades que le ofrece el hogar: su madre tiene todo hecho para él diariamente, su padre se preocupa de su forma de estar y le corrige con cariño cada vez que cree que debe hacerlo, no sin antes consultar con su mujer; en su casa tiene también su pequeño rinconcito, su dulce habitación llena de lo que a él le parece más adecuado y que más le va, pues en ella están sus fotos más preciadas, sus recuerdos más vivos, la imagen de sus amigos, sus tareas del colegio pero también sus juegos y su ocio, y cómo no, en un rincón de sus cajones tiene sus secretos bien guardados. Pedro en casa tiene todo, y por eso le gustaría quedarse en ella siempre.  Pero se ha dado cuenta de que no puede seguir así. Desde que siente que va creciendo la habitación, la casa, sus padres, todo se le hace pequeño. Desea más y más. Algo le mueve interiormente hacia fuera. Sí. Eso es exactamente lo que le ocurre. Algo le mueve interiormente hacia fuera. Pedro escribe en su diario frecuentemente sus sueños, lejos de su habitación aunque los escriba en ellos. Sus sueños se realizan algunas veces en lugares lejanos de los que ha escuchado hablar o de los que ha visto fotos, siempre acompañado por gente que quiere. Otros sueños, es cierto, sólo en su misma ciudad. Pero un sueño muy peculiar le espera al cruzar el paso de cebra que hay junto a su casa. Siente que algo nuevo sucederá allí. Quiere, pero no tiene fuerzas suficientes. Desea, aunque también interiormente se pone frenos. Algo, algo nuevo. ¿Qué será?



Relato. Sobre dos amigas
Agosto 25, 2007, 1:49 am
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Luisa acaba de llegar a casa. Su madre lo sabe al segundo porque en un instante la busca por la casa para darle un beso y sentarse a hablar con ella sobre el día en el colegio. Su padre lo sabrá más tarde, al llegar de su trabajo. Parece un momento más de la jornada. Todo se vuelve a vivir contándolo, y sus padres escuchan admirados sus historias. Esa misma noche, Ernesto, padre de Luisa, le dice a Carmen, su madre: “Nuestra hija está creciendo.” Marta tarda algo más hasta que entra por la puerta del colegio. En su casa sus padres también están esperando, como siempre, que cruce la puerta. Será entonces, al instante, cuando le pregunten a Marta: “¿Por qué has tardado tanto? No me digas más: Otra vez tenías que ayudar a tu amiga Luisa. Como siempre.” Y Marta contestará sin dudarlo: “Pues sí. Yo tengo amigas y tengo que cuidarlas.” Lo cierto es que Marta ya no era amiga de Luisa a causa de un malentendido, y no iba a casa a la hora que sus padres querían que fuese porque estaba con otros compañeros del colegio en el parque. Ramón, que es el padre de Marta, ya no se creía la historia de siempre, y no entendía por qué ya no podía sentarse a hablar con su hija Marta. Esa misma noche, después de las luchas y discusiones de siempre antes, durante y después de la cena, Ramón se fue a la cama. No podía más entre trabajo y su hija mayor. Esa misma noche, Ramón le dijo a Beatriz, la joven madre de Marta: “Nuestra hija está creciendo.”



Relato. Sobre nosotros mismos
Agosto 25, 2007, 1:48 am
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Van pasando los años curiosamente. Segundo tras segundo, minuto tras minuto, una hora después de otra hora, un día se junta a otro día y así hasta siete para formar una semana, que se dan la mano para ir sumando los meses del año, y los años…  para hacer que la vida siga adelante. Igual que se puede sumar el tiempo, se puede sumar la experiencia.  Un día de estos, un día de los primeros de muchos días, se levantó de su cama. Estamos hablando de Tomás. Se acercó al lavabo, se lavó las manos y después se despejó la cara de legañas y de sueño. Acto seguido regresó a su habitación. Después de pensar qué podría ponerse aquel día, después de pensar dónde estaba aquello que quería ponerse y de encontrar otras prendas que irían más conjuntadas incluso, después de tomarlas y comprobar que aún le sentaban bien, después de verificar que estaba… estupendo… delante del espejo, al final salió de su habitación con su cartera del colegio, la cual había preparado menos, la verdad, y se fue a desayunar. Casi sin darse cuenta había pasado la primera hora de aquel día de primavera y no se había alimentado. Bueno, de alguna manera se había alimentado, pero sólo de sí mismo y había bebido, por decirlo de algún modo, soñando con las miradas que le iban a dirigir sus compañeros y sus compañeras, y todos los que le vieran en el camino.  Y así van pasando sus mañanas. Cada una de ellas, de las que había vivido hasta ahora, las había dedicado a sí mismo. A mirarse a sí mismo esperando que los demás hicieran igual que él.  Como así empezaba, y se va sumando el tiempo. Así terminaba su jornada. Pensando si se habían fijado en él tal y como él deseaba. Un día, de golpe, al levantarse por la mañana e intentar repetir lo de siempre, y verse sin camiseta ante el espejo, y ver su… y ver aquello que a otros nunca había dejado ver.



Relato 2. Contando otras cosas
Agosto 23, 2007, 4:03 pm
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Vuelve a ser protagogista Andrés, que no se llama nunca a sí mismo. Miento, se llama cuando recuerda el número de su segundo móvil. En esas ocaciones, hoy dos veces, tiene que marcar el número que conoce, el de su primer móvil. Es entonces cuando en la pantalla de éste puede tomar nota y entregarlo a quien lo requiera. Así son las cosas. Piensa en estas ocaciones que no debería ocurrirle, que esta es la última vez. En el fondo, aunque Andrés piensa y reflexiona mucho las cosas, es totalmente consciente de que no será, ni mucho menos, la última. La penúltima en todos casos, como dicen los jóvenes.

Y es cierto, vivimos y convivimos contando relatos. Unos cortos y jugosos, otros entretenidamente largos y en contadas ocasiones acertamos con el meollo de la vida. Precioso. Siempre contando relatos, como Big Fish. Entre relato y relato es cierto que metemos un cuento, de los de Calleja, casi sin saberlo incluso. Y es cierto, vivimos y convivimos contando cuentos. Se entremezclan en nuestra vida relatos y cuentos como se suceden en el parlamento los partidos políticos en el debate sobre el estado de la nación. Unos insultan a los otros como “cuentistas” y los otros responden “relatistas”. De igual manera nos sucede a cada uno en particular, en la asombrosa reproducción microcósmica del macrocosmos y sus reglas.

Andrés, que de vez en cuando se llama a sí mismo, seamos sinceros, tiene una existencia curiosa que ni él quiere comprender. A Andrés, de familia quizá normal y acomodada a la clase media con asombrosa perfección, le inculcaron (palabra fea donde las haya, pero necesaria) aquel viejo refrán, que no recuerdo pero incitaba a no decir mentiras y ser siempre gallardo defensor de la verdad. En esas se movió durante años, los años más importantes de la vida según los psicólogos, su infancia. El Andrés infante parecía más bien un caballero de la mesa redonda (siempre que fuera redonda) respetando el juramento de honor que le permitía llevar espada y otorgaba derechos de caballero del reino, porque nunca mentía. Como en las películas modernas, esto se vuelve incómodo. Sabemos que los niños no dicen mentiras (jajaja, creemos más bien) pero a Andrés mejor no preguntarle nada. El padre de Andrés tenía un oficio vulgar por tanto, mientras los de su generación presumían sin medida. Y la profesora (cruela) se aprovechaba incesantemente de su dolorosa virtud. Donde Andrés estaba no había problemas, ni nadie quería que los hubiese, porque en breve se entereba Pili, no la madre, sino la profesora. Cuando sus compañeros querían gastar alguna broma o estaban dispuestos a dar rienda suelta a sus picardías por saltarse las normas, no la miraban a ella (que normalmente era fácil de burlar) sino a Andrés.

Y es que es cierto. Andrés pensaba de mayor que sus padres le habían engañado, que eran los primeros mentirosos del mundo porque no le habían dicho cómo funciona todo aquí, no en el mundo de los platónicos deseos e ideas, sino de lo más real. No le habían dicho que había mentiras y mentiras, y que casi todos aprenden de pequeños a vadearse entre relatos y cuentos cuando él aprendía sincrónicamente a ser un incrédulo al que todos podían engañar.

Y es cierto, conocer la mentira va parejo de aprender a dudar, a sospechar. Peligrosa senda. Por aquí no entro.

¿Quién está libre? ¿Quién no ha puesto más de una excusa diaria pensando que es mejor decirla, porque si no mi amigo o amiga se va a sentir mal? ¿Quién no sueña ser, más de tres veces al día, otra persona y se narra a sí mismo sus cuentos hasta el punto de creerlos? ¿Quién ha superado ya el momento de las, por lo memos, cuatro mentiras diarias a sus padres para que le dejaran tranquilamente en el sillón o agitadamente en la calle lanzado a nuevas emociones? ¿Quién cree que no hay quinto malo?

Como Andrés y con Andrés, todas y cada una de las personas se enfrentarán en su día a esta cuestión, pero de forma real y consciente: “Verdad o mentira”. Para sí todos elegirán una, pero no tendrán claro que le quede igual de bien, la misma cuestión, al resto de personas. Me parece que, junto a la Verdad debería aparecer la palabra Amor. ¿Estaría dipuesto a darme cuenta de que, abrazando mentiras, nadie me conoce y realmente no me querrán, a mí realmente no a mis cuentos, en la vida? A lo mejor así se torna diferente el asunto.

Yo no estoy dispuesto. Y ahora es cuando siento que puedo vencer el miedo, que puedo atravesar las dificultades y sospechas que lanzan otros sobre mí, sin piedad. Ni estoy dispuesto ni quiero. Y si no lo vivo del todo, no me excuso, pido perdón.

Que conste, como final, que me admira la capacidad de la mentira. En absoluto la menosprecio. E igualmente creo que no podría vivir sin dudar. Me hace grande saber que delante de mí tengo razones tan poderosas para creer que la verdad existe. Esto me estremece, sin más.



Discer 2. Desolación
Agosto 22, 2007, 9:03 am
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Fuera de la adolescencia, donde predominan los estados de ánimo por encima del resto de cosas, podemos identificar en la vida espiritual en dos grandes momentos o situaciones vitales prolongadas: la consolación y la desolación. Estos son los nombres que reciben clásicamente en la tradición eclesial, y que se hicieron “famosos” tras s. Ignacio de Loyola. De ellas vamos a hablar hoy, en clave de discernimiento, para comprender a qué atiende, cómo comprende y cómo discierne la persona espiritual en estas circunstancias.

La semana pasada estuvimos contemplando la parábola de la viña. En ella aparece un único campo con dos frutos contrapuestos por la acción de dos agentes diferentes. Lo importante es aprender a ponerle nombre, reconocernos en una situación de conflicto personal, no de simplicidad o de pasotismo. Nuestra vida, que es la viña, es una vida disputada. ¿Cómo podemos hablar de esto? ¿Qué palabras deberíamos usar para no “desvirtuar”(nos)? Podemos hacerlo de distintas maneras: las intenciones buenas y las malas intenciones, o las luces y las sombras, o como las llamó San Ignacio, consolación y desolación.

Ambas situaciones por las que atravesamos no han de ser confundidas con la simple euforia, sensación de bienestar, buen o mal humor, tristeza natural, pesimismo, meras consecuencias del mal o buen tiempo o de una mala digestión, una noticia, un triunfo o un fracaso. Estos sentimientos pueden mezclarse, o no, con la consolación o la desolación. Las distinguimos porque las primeras no llevan la experiencia a nivel espiritual, y la consolación y la desolación son propiamente vivencias de la persona a ese nivel (que por otro lado implica el resto, pero desde esa dimensión personal).

En forma de avance, antes de desglosarlo más podemos decir que:

       Consolación espiritual: todo aumento de fe, esperanza y caridad y toda alegría interna que llama y atrae a las cosas de Dios pacificando el alma en el Señor. Calor, fervor interior, amor que unifica y dirige a su verdadero centro: Dios.

       Desolación espiritual: cuando lo que se siente es aridez o disgusto por la oración y por las cosas de Dios. Cuando el alma se inclina hacia las cosas bajas y terrenas, se siente agitada, tentada y turbada. Sin esperanza, sin amor, totalmente perezosa, tibia.

Consolación y desolación reciben “mociones” y movimientos contrarios entre sí. Es importante entender que básicamente son “generadores de mociones”, de movimientos interiores, personales. En estos campos se recibe el sentido y la vida de forma contrapuesta entre sí.

DESOLACIÓN ESPIRITUAL

“Entre tantos pastores destrozaron mi viña y pisotearon mi parcela,

convirtieron mi parcela escogida en desierto desolado,

la dejaron desolada, yerma, ¡qué desolación!

Todo el país desolado ¡y a nadie le importaba!”

(Jr. 12,10-11)

La desolación es por definición “todo lo contrario de la consolación”. Lo normal es la consolación, y como variante en algunos momentos –aunque sean largos- aparece la desolación espiritual. Pero por definición es transitoria, inestable.

Una forma de definirlo claramente puede ser la expresión “no estamos en nuestro sitio”. Nos damos cuenta de que lo que vivimos no corresponde con nuestra intimidad y personalidad, con el don que hemos recibido y descubierto, porque parece que la voz cantante de nuestra vida se entona fuera de nosotros, en la noche en que la cizaña planta. Nos levantamos, como en la parábola, y descubrimos que hay algo que no hemos plantado. Alguien, en plena noche y aprovechando nuestro descanso o descuido, ha sembrado sin que nosotros ahora podamos “despejar” la cizaña a riesgo de llevarnos la siembra buena. Nos quedamos mirando, estupefactos, porque parte de nuestra obra se ha contaminado.

Cada sensación va por su lado, nos golpean sin saber por qué y qué son, y parece que nos quieren destruir como personas empujándonos de aquí hacia allí sin sentido ni salida, dejándonos reducido a un grado puramente sensitivo de vida (a una situación en la que dependemos básicamente de estímulos o de sensaciones): oscuridad, turbación, tentación, inquietud, pereza, tristeza…

Además somos incapaces, al ser apresados por lo meramente “sensitivo”, por nuestras sensaciones, de hacer una lectura profunda de nuestra vida y de lo que nos ocurre.

En desolación no vivimos nuestra vida, la sentimos y padecemos. Nos sentimos por lo tanto desprotegidos, desarmados, desamparados o perdidos. En la Escritura las experiencias de “abandono” son las que se corresponderían con la situación de desolación espiritual. El pueblo siente que Dios lo ha abandonado en el desierto, que lo ha llevado hasta allí para condenarlo; cuando suben los primeros reyes de Israel al poder el pueblo se alegra, pero poco a poco va percibiendo que se centran en sus intereses, y comienzan a pensar que Dios ha elegido un rey para ellos con el objetivo de que sufran, de que luchen contra pueblos más poderosos que ellos y sean derrotados; en tiempos de “contaminación con los ídolos de pueblos extranjeros” el pueblo de Israel se siente a merced de las nuevas modas, sin criterios fuertes para defenderse de ellos, sin haber echado raíces en su campo, y ve cómo se plantan junto a sus altares, junto a su Dios, otros ídolos que son adorados por los poderosos. Estas situaciones se corresponden con la desolación espiritual.

La primera palabra que podemos contemplar en relación a la desolación espiritual es la “oscuridad”, que sugiere un ambiente externo, ambiental y pasajero, que no tiene que ver con la persona propiamente, sino que se le impone a ella. La oscuridad que todo lo llena afecta a la vida personal, pero no se puede confundir, a riesgo de perecer en la noche, con la persona. Pero afecta. Pero necesita de un “milagro” para convertir esta oscuridad o ceguera en luz y visión clara.

De esta oscuridad provienen la mayor inclinación a la tentación. Perdidas las riendas de la propia vida, alguien las toma o las quita. Ahora es otro quien ha adquirido poder sobre la vida de quien esta en la oscuridad. La tentación es entonces “ser llevado a cosas bajas y terrenas”, empujado a ellas, como inclinado, encaminado. No es que haya cosas de suyo “bajas y terrenas”, sino que todo se puede convertir en “bajo y terreno” porque la persona lo vive sin capacidad para trascenderlo, sin darle sentido, y queda encerrado en ellas como su fuera realmente una “cárcel”, o “droga”, o “dependencia”, que genera la necesidad o sensaciones de necesitar satisfacerse continua y repetidamente.

Por bajo y terreno entendemos entonces todo aquello que es vivido y que se cierra sobre sí mismo, sin poder ir al fondo de las cosas y comprender toda su belleza y toda su utilidad y todo su sentido.

De alguna manera queremos hablar de que la persona se deshumaniza y desdiviniza, y por lo tanto su vida adquiere un matiz casi instintivo (sin ser dueño de sí mismo) que la pone en contacto diaria y constantemente con una necesidad de poder y de placer que “aparenten” que no está en oscuridad y que es dueño de sí. En conclusión: no puede marcar su propio rumbo ni se siente capaz de sostenerse, puesto que se hunde.

En resumen, la persona desolada está “in-quieta” (inhibida como persona, con tendencias internas variadas, diversas, incoherentes, chocantes, generadoras de conflictos continuos, en guerra), agitada y tentada. De tal manera que frente a la robustez de la persona en consolación (que aumenta continuamente en fe, esperanza y caridad) quien está en momentos de desolación siente que el amor, la fe y la esperanza decrecen y se agotan, perdiendo su propia alegría interior y convirtiéndose en pereza, tibieza y sensación de separación y soledad.

Esta última indicación, “sensación de separación” es el padecimiento más importante: se siente separado de Dios y de la comunidad. En la búsqueda tiende a sustituir a Dios por cualquier cosa ante el vértigo de quedarse vacío y buscará desesperadamente ese “amor de su alma”. En la búsqueda por tanto se vuelve víctima de su inquietud, de sí mismo.

Los pensamientos que nacen en ella son contrarios. Conviene no hacerles caso, pero quien no sabe esperar con calma y paciencia, y se deja llevar por ellos, se mueve de un sitio a otro creyendo tomar caminos que le sacarán cuanto antes. Sin embargo, la sensación que provoca este devenir es semejante a dar vueltas en un laberinto y en cada cruce pensar que esta vez sí que cogeré el camino definitivo, que va a tener suerte, y así arriesgar de forma permanente, liándose y desorientándose.

Cuando Ignacio habla de poner “la esperanza en las cosas bajas” se refiere a eso precisamente. La esperanza nunca se pierde. En el fondo, ninguna persona puede vivir, lo quiera o no, sin esperanza. La esperanza es como la vida, y quien la pierde permanece muerta, sin horizonte, descarriada. La cuestión es diferente para Ignacio, no pensar tanto en la esperanza o no, sino en qué cosas sitúo mi esperanza.

A modo de inciso hay que decir que la situación que vivimos en Occidente es menos prudente respecto a la esperanza de lo que era en tiempos de Ignacio. Si bien es cierto que la persona no puede vivir sin esperanza, que todos somos seres con esperanza por el hecho de ser humanos, la verdad es que no somos concientes de esta situación debido al “presentismo”, a la importancia moderna y postmoderna que se le da al “hoy”, “ahora”, “aquí”. Nosotros, por decirnos las cosas claras, tenemos que hacer un doble esfuerzo para descubrir esto (que es el mismo tema que el de los ídolos, que es el de la confianza…): por un lado tenemos que descubrirnos “sedientos”, “deseantes”, “esperanzados”; por otro, descubrir en qué situamos estas esperanzas o donde saciamos nuestra sed.

¿Qué ocurre con la esperanza en los momentos de desolación? Que se pone en las “cosas terrenas y bajas”. De igual manera a lo dicho anteriormente, no porque sean bajas, sino por la incapacidad para trascenderlas. La herramienta principal para trascender, para ahondar la vida espiritual, que es la oración se vuelve difícil: “hacer oración y permanecer en ella resulta casi imposible.” Aquí reside la causa de muchos abandonos. La fuente de la esperanza y espiritualidad se parece a un desierto inhóspito donde es imposible encontrar fuentes y agua, que cansa, que no dibuja ningún camino.

Por último comentar que la tendencia más fuerte, lo que con más pasión actúa en nosotros en tiempos de desolación es la ruptura. En diálogo con lo que anteriormente hemos dicho de la separación y abandono, el espíritu malo en la desolación rompe con lo anterior y provoca que quien se encuentra en estas situaciones deje, por tibieza y tristeza, de conducirse por el camino de siempre: “busca desviarnos del camino comenzado de nuestra conversión a Dios y a los demás, busca desviarnos el camino del amor, de la fe y de la esperanza; propiamente no puede detenernos, ni desviarnos directamente, pero sí poner inconvenientes desde fuera pero sin dominio interior sobre la persona.” Hace sufrir entonces con tristeza “sin causa” y con “derelicción” (abandonamos una cosa para que otro pueda tomarla) en forma de “renuncia” a lo que antes teníamos. Como lo que antes tenía sentido parece haberlo perdido… sentimos que hemos sido humillados, engañados, imposibilitados. Las sospechas y el miedo son las principales fuerzas. 

Hoy vivimos una situación de desolación que no comprendemos y en múltiples ámbitos. Vivimos desolaciones múltiples como si fueran irremediables y conformados con ellas.

Los rasgos típicos de la desolación:

       De orden espiritual: la fe se perturba, se oscurece; se rompe la armonía y se buscan intereses parciales, egocéntricos, en grupos cerrados; acabamos viviendo como si Dios no existiese, aun en los ámbitos en los que más presente debería hacerse.

       De orden psicológico, donde sentimos la desolación: tristeza, oscuridad, inseguridad, falta de horizonte, dolor afectivo.

Estamos hoy expuestos a la desolación en los siguientes ámbitos:

       Vivimos eclesialmente mezquindad con respecto al don recibido. Cristianos comúnmente conformes con su situación y sin apertura a la conversión a Dios, sin apertura a recibir el Evangelio tal cual y a un diálogo continuo con Dios. El embotamiento del espíritu es tan grande que ni siquiera sabrá de desolación espiritual propia, y menos desolación de los demás. Sólo de vez en cuando aparece algún remordimiento de conciencia. Se intenta vivir con los mandamientos y algo de moral… pero poco más. La vida cristiana no adquiere un matiz de compromiso, sino de ética, de imposición externa. La desolación que podríamos llamar “por estancamiento”, “porque siempre fue así y nada más”, “por tradición familiar o social”. Quedamos en el cumplimiento de lo establecido, experimentado la esclavitud de la Ley. El paso definitivo de una a otra actitud es la pregunta: “¿Qué debo hacer por Cristo a partir de ahora?” Quienes se preguntan por esto superan el estancamiento espiritual.

       Decir adiós a la vida interior, que genera angustia y turbación. Agarrándonos por lo tanto a cualquier cosa. Incapaces a la larga de salir de sí hacia el otro a causa de su falta de defensas y precariedad personal.

       Miedo a los sentimientos impactantes y al compromiso. La búsqueda de seguridad y estabilidad como lo principal de la vida personal. Encontrará seguridad en lo de todos, en lo social y lo que se afirma a su alrededor como bueno y aceptado, que no genera complejos. Buscará por tanto lo de los demás, sin saber quién se lo presenta y por qué, sin crítica.

       La divinidad escondida en nuestra sociedad y el empeño laicista de “dejar a Dios para cosas de sacristía”, para la vida personal del individuo pero sin repercusión real en su vida, sin compromiso y sin testimonio de lo que vive. Lo que genera es la dualidad, en la que al final hay que optar, como quien construye dos casas paralelamente y tiene que decidir en cuál de las dos vive definitivamente. Es entonces cuando se plantea el tiempo  que ha dedicado a una y a otra… En el fondo, no podemos mantenernos en medianías por mucho tiempo. La divinidad escondida va de la mano de “la vida me la construyo yo”, del individualismo más atroz y sangrante. Este ocultamiento de Dios en la propia vida, del centramiento de nosotros en ella, concluye y termina porque hemos desordenado la realidad y esta es incapaz de reflejar la utopía atrayente y posible del Reino.

       Dentro de una sociedad proclive a la depresión, la causa espiritual más profunda es la falta de amor. Es una relación directa que quien está en desolación no llega a contemplar con seriedad nunca: no se puede decir que no nos sentimos verdaderamente amados, por lo que no se buscará el verdadero amor; no seremos de igual manera fuentes de verdadero amor para otros, ni dejaremos que Dios hable de ese amor utópico e irreal. Frente al amor, está la autoafirmación de uno mismo y de los propios criterios, como únicos. De ahí a la depresión por soledad, por incapacidad e impotencia, por el contacto con la realidad…

       La relación de la desolación y la gratitud. (1) La falta de gratitud de amor provoca respuestas tibias, perezosas y negligentes. No se responde al amor ni se entra en diálogo de amor. (2) Dios desea ejercitarnos en la gratuidad para que aprendamos el servicio y la alabanza.



Discernir 1
Agosto 22, 2007, 9:00 am
Archivado en: bien y mal, cristiano, gracia, pensamiento, vida

Abrir los ojos. Y ver sin falta ni sobra, a colmo perfecto el mundo, completo. Secretas medidas rigen gracias sueltas, abandonos fingidos, la nube aquella, el pájaro volador, la fuente, el tiempo del chopo. Está bien, mayo, sazón. Todo en el fiel. Pero yo… Tú, de sobra. A mirar, y nada más que a mirar la belleza rematada, que ya no te necesita.  Cerrar los ojos. Y ver incompleto, tembloroso, de será o de no será –masas torpes, planos sordos-, sin luz, sin gracia, sin orden un mundo sin acabar, necesitado, llamándome a mí, o a ti, o a cualquiera que ponga lo que falta, que le dé perfección. En aquella tarde clara, en aquel mundo sin tacha, escogí: el otro.  Cerré los ojos.

Comenzamos con esta poesía precisamente porque aporta los elementos básicos más humanos que implica el discernimiento espiritual, Aquel que pone en contacto con la voluntad de Dios y es capaz de reconocer su Presencia en el acontecer cotidiano.  

Hacer discernimiento es primeramente encontrar un nuevo modo de “decir” la realidad, esto es, de nombrarla y de acercarse a ella. Nadie puede quedarse en los “hechos mismos”, y un signo de confianza y de alegría con la propia vida es “decir” las cosas según las vivo y no simplemente “decir” “he ido a la universidad, al trabajo”. Al final del día la persona no puede quedarse en la enumeración de sus actividades, sino que está imperiosamente llamada a “ir más allá”, al menos hasta sus sentimientos, y luego llegará a cómo lo han vivido los demás, hasta preguntarse por Dios. En este momento comienza con sentido el discernimiento, cuando en el día a día se deja que Dios tenga parte.

 Por lo tanto es hacer algo “nuevo”, no en tanto que vaya a ser más poético o menos, sino en tanto que la poesía precisamente nos pone en contacto con una realidad vivida subjetivamente, mirada con atención e incluso escuchada de forma particular.   Esta poesía de Pedro Salinas añade a todo lo anterior las distintas perspectivas en las que puede recogerse la realidad. La realidad, como decían los antiguos, no es transparente, no se cuenta ella a sí misma por ella misma sino que espera ser contada. Nosotros tampoco podemos dejar que “nuestra vida se cuente a sí misma”, sino que tenemos que ser precisamente nosotros, sus principales actores y agentes quienes entablen esta tarea. Este es uno de los grandes secretos del discernimiento, aprender a contar la realidad. Pero, en el plano en que nos movemos, dejamos de ser los únicos agentes de nuestra propia realidad y nos abrimos a una Palabra que es última sobre nuestra vida. Dejamos, de forma activa, de querer “contar solos” esta historia para abrirla a Dios.  El discernimiento lleva a la persona por tanto a reconocer que Dios es, en última instancia nuestro fundamento. Al principio parece que se deja a Dios que sea nuestro apoyo y roca con confianza y a veces con esfuerzo, para llegar a decir que “Dios ha sido siempre nuestro fundamento”. En una vida vivida auténticamente desde Dios se produce un cambio hermosísimo, que comienza con la persona empeñada en el discernimiento y culmina dejando que Dios discierna. La poesía llama al inicio “contemplar la realidad”, y a lo segundo “mirar con los ojos de Otro”.              Es importante darse cuenta de que la estructura de cualquier persona es una estructura discernidora. O lo que es lo mismo, que Dios, creándonos para la libertad, tuvo que hacer de nosotros “homo discerniente”. Se pueden poner muchas situaciones comunes y ordinarias, frágiles y aparentemente sin sentido, donde se comprueba esto: la persona está hecha y ha sido creada para distinguir lo bueno de lo malo, lo verdadero de lo falso. Sin ese discernimiento primero su vida no podría llevarse a cabo. Es más, no sólo en el momento de la elección, sino que también ha sido creada para vivir poniéndose a prueba a sí misma, con capacidad de reflexión. Expresión de lo primero puede ser “buscar pareja”, no conformándose con cualquiera, o “no tolerar el ser engañados o el sentimiento que queda después de darse cuenta de que “me están manipulando”. Expresión de lo segundo puede ser el sentimiento de culpa por una palabra mal dicha, por “salirse de tono” con alguien, o por haber hecho algo, y la alegría de mostrar un premio conseguido con esfuerzo, la necesidad de celebrar algo con la gente que apreciamos deseando reunir a muchos a nuestro alrededor.  Discernimiento, a nivel humano, es por tanto “no conformarse con cualquier cosa”, “mantener una actitud de búsqueda crítica”, “diferenciar acontecimientos y personas”, “distinguir por las consecuencias”, “saber jerarquizar en mi vida”. Pero el discernimiento a este nivel también incluye un punto de vista “más allá de mí mismo”. No discierne el que mantiene su criterio y su juicio sin contar con otros, sin escuchar en definitiva. Es decir, que la misma vida tiene que incluir irremediablemente a otros al menos en dos direcciones: porque de los otros voy a recibir criterios, y se equivoca aquella persona que dice que puede construir su pensamiento y sus actitudes ante la vida por sí misma y sola, sin que nadie la influya; y porque con los otros tengo la oportunidad de ir guiando mi vida la mayor parte del tiempo. La primera dirección por ser más evidente, la dejamos, aunque no sin decir que es necesario para el desarrollo de la propia libertad “asumir y acomodar” los criterios de otros para hacerlos propios y que nazcan de la propia libertad y autonomía. También respecto de Dios.  La segunda dimensión o dirección es semejante pero no igual. Desde que somos pequeños se nos educa para que “obremos” conforme a una determinada imagen pidiendo “aprobación” de nuestras decisiones casi de forma continua. A medida que ganamos en edad y juicio los agentes principales de esas decisiones se hacen más “inconscientes”, es decir, no se requiere que estén continuamente presentes físicamente. Ha sido suficiente por tanto el aprendizaje tenido desde niños. Y aparecen contextos en los que tenemos que tomar decisiones sin que estén físicamente presentes y ante otras personas a las que “pedimos” de igual manera “aprobación” de nuestras conductas. Esto, especialmente intenso a nivel emotivo y afectivo en la adolescencia, se prolonga a cualquier edad, cada vez con mayor complejidad. Tomamos decisiones siendo “hijos de nuestros padres”, “amigos de nuestros amigos”, “miembros de determinados grupos religiosos”, “trabajadores en tal lugar”, “ciudadanos de determinado nivel social”, “pareja del tal persona”… y así sucesivamente.  Aunque parezca complejo por sí mismo no lo es. Se solucionaría sencillamente tomando decisiones en el ambiente según lo que “actúo en determinado lugar o ante determinada persona”. ¿Qué provoca entonces la necesidad del discernimiento según lo estamos planteando? Tres cuestiones principalmente: no puedo dejar que tomen decisiones por mí mismo, sino es con el riesgo de “perder” mi vida o “dejar que otros la vivan por mí”; que no soy personas diferentes en los distintos ambientes en los que me muevo, sino una sola persona en distintas esferas pero sin tener sentido en una sola esfera como persona sino en el resultado de todas ellas; y el drama de mi libertad, irrenunciable, con sus aspectos cómicos y trágicos vivida en el escenario del mundo en primera persona, de forma inalienable.  

Se comprende fácilmente por tanto que “sin discernimiento” y “sin examinar mi vida” realmente no merezca la pena vivirla, parafraseando a Sócrates. O más aún, sin poner la vida en diálogo constantemente con el Padre no encuentre sentido ni al inicio de la misma ni a su final, llevándola al extremo de vida de Jesús en la Encarnación y en la Pascua. Y aquí tenemos por tanto todo lo que un discernimiento busca: lo radical del día a día, tomado con máxima seriedad y sabiendo que no hay grandes momentos fuera de lo pequeño de lo cotidiano; el diálogo de Amor y Obediencia que mantiene el discernimiento con la confianza de que Dios no sólo escucha y responde, sino que es Libre para comunicarse y actuar; la fragilidad humana que sin conocer a dónde le lleva su vida tiene que seguir caminando, que el al mismo tiempo la grandeza de su libertad y de su confianza; la debilidad con la que Dios parece que se ofrece al hombre, y su fuerza al mantener todo en su Vida y hacerse presente donde pocos (como decía Calasanz al referirse a la Cruz) le esperan encontrar.

En el NT hay dos verbos que suelen traducirse como el “discernimiento” que tanto se repite. Dokimazein y diacrinein. El primer verbo significa probar, como en Rom 12,2. Y el segundo significa separar por el medio, como “cortar” la realidad para ver qué tiene en el centro, como en Hch 10,20 “sin vacilar”.

CONSOLACIÓN y DESOLACIÓN

Conocer y saber cómo actuar en cada uno de estos momentos. San Ignacio parte de que hay dos espíritus (cf. Mt 13,24-30): uno sería el “Dueño y Señor”, y otro “el enemigo”. En un único campo se plantan semillas contrarias que van creciendo e intentando adueñarse del terreno. El uno trabaja de día, el otro de noche. Esta Palabra nos refleja lo que “es propio del Espíritu de Dios” frente a lo que sería “el que Divide”, “el Mentiroso” (por usar los términos bíblicos). En lenguaje más actual podríamos decir que se trata de “las intenciones buenas” frente a las “malas intenciones”, las luces y las sombras, las aperturas y cerrazones. A pesar de tener una rica simbología para estas dos situaciones comunes para toda persona, nos falta lenguaje actualmente para suplir expresiones como “el combate cristiano” que aluden a esta oposición dentro de nosotros, a este conflicto inevitable que es interior a la propia persona.

 Discernir es “advertir y conocer (estar atentos, ver venir, conocerse, ser conscientes) nuestros movimientos (tendencias en determinadas circunstancias, impulsos, tensiones, preferencias, momentos en los que nos dejamos caer, en que nos abandonamos)”, según Ignacio.