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Un segundo ejercicio, relacionado con lo anterior.
El centro de la Palabra es Jesucristo. Es evidente. Quienes oramos con el Evangelio nos detenemos especialmente en sus actitudes, en su relación con el Padre, en su persona. Intentamos orar acercándonos a Él.
Pero esto no puede ser simplemente una cuestión de reflexión personal e interior. Si ha sido realmente “orada” también se tiene que mostrar al mundo. En el Evangelio esto lo percibimos al revés: sabemos la especial relación entre el Padre y Jesús de Nazaret por su vida, no por las veces que se retiraba a orar, no por sus comentarios sobre la oración o por sus charlas espirituales. Lo conocemos en la medida en que nos adentramos en su vida, a con-vivir con él, a disfrutar de su presencia acogedora.
Ejercicio para la vida. Hacer presente esa Palabra viviéndola, es decir, que durante la jornada se encarne aquella Palabra que hemos orado el día anterior. Para esto tenemos que estar atentos a los momentos de los que disponemos y a la escucha del Padre. Se puede vivir la curación del leproso en las heridas de algún jóven abriéndole a la esperanza; se puede encarnar el anuncio que recibe María en la alegría por el hombre nuevo que nace en nosotros; se puede ser testigo de la Cruz en el mundo aproximándonos a quienes sufren; se puede vivir la comunidad evitando ciertos comentarios, uniendo personas y esforzándonos por compartir con otros; se puede ser testigo de la luz iluminando; y sal nueva dando un sabor evangélico a cuanto hacemos.
Los caminos son muchos pero quedan abiertos a la escucha de la Palabra y a las circunstancias de cada uno, donde está llamada a encarnarse para hacernos “hijos”, para incrementar nuestra relación con el Padre de forma cualitativa. Y también para experimentemos nuestra fragilidad, debilidad, flaquezas o pecado como aquello que, pese a su fuerza, no puede nunca superar el Amor de Dios.
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Es cuestión de luz y de claridad. La luz la necesito para guiar mis pasos y no provocarme en falso. La claridad, creo que es más interior, creo que es más personal y potente. Se requieren ambas. La una sin la otra se confunden porque se demandan para mostrarse diferentes.
Para descubrir la vida se requiere amor. La luz se asemeja al amor por el calor y frescura que supone su presencia. Los rayos que desprenden enlazan, se centran, tocan y languidecen pareciendo no ser eternos. Pero la huella ha sido dejada. Como ocurre con la luz, que nunca se ilumina a sí misma, el amor supone servicio. Por eso es capaz de descubrir la vida, mi vida. Empuja y sale de sí. El amor a sí mismo es como estrella que todo lo absorve y se convierte en oscuridad. Para nuestra imagen, una estrella así ha dejado de ser estrella, porque no se muestra y nadie se puede acercar. La luz no arrastra. La luz no empuja, ni absorve. La luz toca. El amor es necesario para descubrir la propia vida; sin amor la confianza es absurda e insufrible; lo mismo que sin luz. La confianza dispone las personas para abrir caminos y arriesgar, y ¿qué sería vivir al descubierto sino precisamente esto?
La claridad es distinta. Algunos conversan sobre su definición. Para mí la claridad es algo personal. Decimos si tenemos o no claridad sobre las cosas, porque es importante. Cuando todo se confunde, se junta y se desordena afirmamos con total claridad sobre la situación: “Esto no está claro.” ¿Paradójico? ¿Contradictorio? ¿Posible? Sí. Tenemos claridad sobre las cosas, sobre todo cuando están des-clarificadas. Es como si en nuestro corazón permaneciese siempre presente, pase lo que pase alrededor, la constante llamarada de la verdad. Cuando me miro a mí mismo, ocurre lo mismo. Soy capaz de decirme si están o no las cosas claras, dispuestas con orden o al margen de la verdad. ¿Paradójico? ¿Posible? Para vivir al descubierto necesito esta claridad, ahogarla o no escucharla, sería condenarme a la oscuridad. Cuando hablo o callo, esta claridad está presente. Es más, la claridad me hace vivirme con verdad, arriesgado, al límite de lo que soy y hago, vivir al descubierto, mostrando, enseñando … no cosas, sino lo que soy. De igual manera que antes decía que esta llama es complicado apagarla, igualmente creo que es igualmente complicado vivir “sin mostrarme” de alguna manera. Para algunas personas, con nombres y rostros concretos, esta claridad sirve para ordenar y mostrar orden, pero para otros esta claridad lo único que hace es transparentar vidas desordenadas, tensas, necesitadas y demandantes.
Mi vida al descubierto requiere del amor y la verdad. ¿La tuya? Yo necesito amar y decir la verdad, y confío en ser amado de verdad y que me digan la verdad con amor. ¿Te ha ocurrido alguna vez esto? ¿Has sentido la presencia de lo contrario? ¡Es aterradora!