No sólo con palabras


Relato 4. Orden y desorden
Agosto 28, 2007, 5:00 pm
Archivado en: bien y mal, pensamiento, reflexiones, relato, vida

Andrés se encuentra hoy despistado y no encuentra lo que busca. Da vueltas por aquí y por allí, casi podríamos decir que da vueltas en activa, pasiva y voz media, y no sospechaba las cosas que se iba a encontrar. Su habitación tiene un extraño orden que provoca a menudo momentos como éste, en los que el tiempo se echa encima mientras él parece estar entretenido sin hacer nada, si bien se cansa de moverse de un sitio para otro y de mover las cosas de sitio no sea que, como más de una vez ocurre, se encuentre lo que se desea debajo de un montón de indeseables.

Permanecemos impasibles mientras dura el proceso de desorden, y sólo cuando necesitamos que esté todo ordenado, recordamos que en algún momento nuestro camino se torció y no quisimos colocar las cosas, los objetos, la realidad donde realmente le correspondía. Así empieza todo, porque todo tiene un inicio. Más que linea, un inicio cíclico. Andrés recuerda que esto también sucedió hace unos días, y antes de esa otra búsqueda numerosas búsquedas se acumulan en sus espaldas. Si Andrés estuviera casado, su mujer, siempre más ordenadas y delicadas, se lo estaría diciendo y diciendo y diciendo para crispar más sus nervios, que fruto del ajetreo del detectivesco análisis de las huellas que ha podido dejar el objeto ansiado, andan también desordenados. Todo está en desorden, en desorden familiar, en desorden interior y en desorden interior.

Si digo “orden” me suena a limpio, la imagen que me surge es de todo colocadito (con delicadeza y armonía) en sus estanterías, cajones, a la vista o en lo oculto. Si fuese sólo algo visible, sería mera apariencia, falsedad y engaño, y una y otra se dan de morros contra el orden, que no permite que entresijos inesperados o situaciones insospechadas. De repente, en mi imagen, algo de la palabra “orden” me suena también a aburrido.

Pero no termina la historia. “Orden”, cuando me la dan, ya no es tan dulce. Sin embargo descubro que tiene relación con la belleza anteriormente narrada. En el fondo, me doy cuenta de que “ordenar” proviene de mi capacidad de mando sobre el mundo, sobre las cosas, de mi superioridad, de mi distinción respecto a lo inanimado y sin vida. Si yo ordeno mi mundo es porque éste se deja apaciblemente y pasivamente ordenar por mí. Él es ordenado, porque yo ordeno.

Y ahora llego al gran misterio de la vida, en el hay que obedecer para que esto funcione. ¿Obedecer? De alguna manera tiene que ser así, aunque como he dicho, he llegado al misterio, a un punto en el que viendo no lo veo todo claro y toca confiar. Mi razón me lo muestra, mi experiencia con el desorden también. Sé y no sé, creo que es el punto al que he llegado en esta reflexión andresiana, en este monólogo publicable y legible.

Hoy la cosa va de orden y desorden, de vida obediente (¿a la propia vida?) y de vida desobediente (¿a la propia vida?). Recuerdo un pasaje para terminar, que refleja esto con hermosura. Una vez más, cuando es bello, no es mío: “¡Tarde te amé, belleza tan antigua y tan nueva, tarde te amé! El caso es que tú estabas dentro de mí y yo fuera. Y fuera te andaba buscando y, como un engendro de fealdad, me abalanzaba sobre la belleza de tus criaturas. Tú estabas conmigo, pero yo no estaba contigo. Me tenían prisionero lejos de ti aquellas cosas que, si no existieran en ti, serían algo inexistente. Me llamaste, me gritaste, y rompiste mi sordera. Relampagueaste, resplandeciste, y tu resplandor disipó mi ceguera. Exhalaste tus perfumes, respiré hondo, y suspiro por ti. Te he saboreado, y me muero de hambre y de sed. Me has tocado, y ardo en deseos de tu paz.” (Agustín de Hipona) 


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