Abrir los ojos. Y ver sin falta ni sobra, a colmo perfecto el mundo, completo. Secretas medidas rigen gracias sueltas, abandonos fingidos, la nube aquella, el pájaro volador, la fuente, el tiempo del chopo. Está bien, mayo, sazón. Todo en el fiel. Pero yo… Tú, de sobra. A mirar, y nada más que a mirar la belleza rematada, que ya no te necesita. Cerrar los ojos. Y ver incompleto, tembloroso, de será o de no será –masas torpes, planos sordos-, sin luz, sin gracia, sin orden un mundo sin acabar, necesitado, llamándome a mí, o a ti, o a cualquiera que ponga lo que falta, que le dé perfección. En aquella tarde clara, en aquel mundo sin tacha, escogí: el otro. Cerré los ojos.
Comenzamos con esta poesía precisamente porque aporta los elementos básicos más humanos que implica el discernimiento espiritual, Aquel que pone en contacto con la voluntad de Dios y es capaz de reconocer su Presencia en el acontecer cotidiano.
Hacer discernimiento es primeramente encontrar un nuevo modo de “decir” la realidad, esto es, de nombrarla y de acercarse a ella. Nadie puede quedarse en los “hechos mismos”, y un signo de confianza y de alegría con la propia vida es “decir” las cosas según las vivo y no simplemente “decir” “he ido a la universidad, al trabajo”. Al final del día la persona no puede quedarse en la enumeración de sus actividades, sino que está imperiosamente llamada a “ir más allá”, al menos hasta sus sentimientos, y luego llegará a cómo lo han vivido los demás, hasta preguntarse por Dios. En este momento comienza con sentido el discernimiento, cuando en el día a día se deja que Dios tenga parte.
Por lo tanto es hacer algo “nuevo”, no en tanto que vaya a ser más poético o menos, sino en tanto que la poesía precisamente nos pone en contacto con una realidad vivida subjetivamente, mirada con atención e incluso escuchada de forma particular. Esta poesía de Pedro Salinas añade a todo lo anterior las distintas perspectivas en las que puede recogerse la realidad. La realidad, como decían los antiguos, no es transparente, no se cuenta ella a sí misma por ella misma sino que espera ser contada. Nosotros tampoco podemos dejar que “nuestra vida se cuente a sí misma”, sino que tenemos que ser precisamente nosotros, sus principales actores y agentes quienes entablen esta tarea. Este es uno de los grandes secretos del discernimiento, aprender a contar la realidad. Pero, en el plano en que nos movemos, dejamos de ser los únicos agentes de nuestra propia realidad y nos abrimos a una Palabra que es última sobre nuestra vida. Dejamos, de forma activa, de querer “contar solos” esta historia para abrirla a Dios. El discernimiento lleva a la persona por tanto a reconocer que Dios es, en última instancia nuestro fundamento. Al principio parece que se deja a Dios que sea nuestro apoyo y roca con confianza y a veces con esfuerzo, para llegar a decir que “Dios ha sido siempre nuestro fundamento”. En una vida vivida auténticamente desde Dios se produce un cambio hermosísimo, que comienza con la persona empeñada en el discernimiento y culmina dejando que Dios discierna. La poesía llama al inicio “contemplar la realidad”, y a lo segundo “mirar con los ojos de Otro”. Es importante darse cuenta de que la estructura de cualquier persona es una estructura discernidora. O lo que es lo mismo, que Dios, creándonos para la libertad, tuvo que hacer de nosotros “homo discerniente”. Se pueden poner muchas situaciones comunes y ordinarias, frágiles y aparentemente sin sentido, donde se comprueba esto: la persona está hecha y ha sido creada para distinguir lo bueno de lo malo, lo verdadero de lo falso. Sin ese discernimiento primero su vida no podría llevarse a cabo. Es más, no sólo en el momento de la elección, sino que también ha sido creada para vivir poniéndose a prueba a sí misma, con capacidad de reflexión. Expresión de lo primero puede ser “buscar pareja”, no conformándose con cualquiera, o “no tolerar el ser engañados o el sentimiento que queda después de darse cuenta de que “me están manipulando”. Expresión de lo segundo puede ser el sentimiento de culpa por una palabra mal dicha, por “salirse de tono” con alguien, o por haber hecho algo, y la alegría de mostrar un premio conseguido con esfuerzo, la necesidad de celebrar algo con la gente que apreciamos deseando reunir a muchos a nuestro alrededor. Discernimiento, a nivel humano, es por tanto “no conformarse con cualquier cosa”, “mantener una actitud de búsqueda crítica”, “diferenciar acontecimientos y personas”, “distinguir por las consecuencias”, “saber jerarquizar en mi vida”. Pero el discernimiento a este nivel también incluye un punto de vista “más allá de mí mismo”. No discierne el que mantiene su criterio y su juicio sin contar con otros, sin escuchar en definitiva. Es decir, que la misma vida tiene que incluir irremediablemente a otros al menos en dos direcciones: porque de los otros voy a recibir criterios, y se equivoca aquella persona que dice que puede construir su pensamiento y sus actitudes ante la vida por sí misma y sola, sin que nadie la influya; y porque con los otros tengo la oportunidad de ir guiando mi vida la mayor parte del tiempo. La primera dirección por ser más evidente, la dejamos, aunque no sin decir que es necesario para el desarrollo de la propia libertad “asumir y acomodar” los criterios de otros para hacerlos propios y que nazcan de la propia libertad y autonomía. También respecto de Dios. La segunda dimensión o dirección es semejante pero no igual. Desde que somos pequeños se nos educa para que “obremos” conforme a una determinada imagen pidiendo “aprobación” de nuestras decisiones casi de forma continua. A medida que ganamos en edad y juicio los agentes principales de esas decisiones se hacen más “inconscientes”, es decir, no se requiere que estén continuamente presentes físicamente. Ha sido suficiente por tanto el aprendizaje tenido desde niños. Y aparecen contextos en los que tenemos que tomar decisiones sin que estén físicamente presentes y ante otras personas a las que “pedimos” de igual manera “aprobación” de nuestras conductas. Esto, especialmente intenso a nivel emotivo y afectivo en la adolescencia, se prolonga a cualquier edad, cada vez con mayor complejidad. Tomamos decisiones siendo “hijos de nuestros padres”, “amigos de nuestros amigos”, “miembros de determinados grupos religiosos”, “trabajadores en tal lugar”, “ciudadanos de determinado nivel social”, “pareja del tal persona”… y así sucesivamente. Aunque parezca complejo por sí mismo no lo es. Se solucionaría sencillamente tomando decisiones en el ambiente según lo que “actúo en determinado lugar o ante determinada persona”. ¿Qué provoca entonces la necesidad del discernimiento según lo estamos planteando? Tres cuestiones principalmente: no puedo dejar que tomen decisiones por mí mismo, sino es con el riesgo de “perder” mi vida o “dejar que otros la vivan por mí”; que no soy personas diferentes en los distintos ambientes en los que me muevo, sino una sola persona en distintas esferas pero sin tener sentido en una sola esfera como persona sino en el resultado de todas ellas; y el drama de mi libertad, irrenunciable, con sus aspectos cómicos y trágicos vivida en el escenario del mundo en primera persona, de forma inalienable.
Se comprende fácilmente por tanto que “sin discernimiento” y “sin examinar mi vida” realmente no merezca la pena vivirla, parafraseando a Sócrates. O más aún, sin poner la vida en diálogo constantemente con el Padre no encuentre sentido ni al inicio de la misma ni a su final, llevándola al extremo de vida de Jesús en la Encarnación y en la Pascua. Y aquí tenemos por tanto todo lo que un discernimiento busca: lo radical del día a día, tomado con máxima seriedad y sabiendo que no hay grandes momentos fuera de lo pequeño de lo cotidiano; el diálogo de Amor y Obediencia que mantiene el discernimiento con la confianza de que Dios no sólo escucha y responde, sino que es Libre para comunicarse y actuar; la fragilidad humana que sin conocer a dónde le lleva su vida tiene que seguir caminando, que el al mismo tiempo la grandeza de su libertad y de su confianza; la debilidad con la que Dios parece que se ofrece al hombre, y su fuerza al mantener todo en su Vida y hacerse presente donde pocos (como decía Calasanz al referirse a la Cruz) le esperan encontrar.
En el NT hay dos verbos que suelen traducirse como el “discernimiento” que tanto se repite. Dokimazein y diacrinein. El primer verbo significa probar, como en Rom 12,2. Y el segundo significa separar por el medio, como “cortar” la realidad para ver qué tiene en el centro, como en Hch 10,20 “sin vacilar”.
CONSOLACIÓN y DESOLACIÓN
Conocer y saber cómo actuar en cada uno de estos momentos. San Ignacio parte de que hay dos espíritus (cf. Mt 13,24-30): uno sería el “Dueño y Señor”, y otro “el enemigo”. En un único campo se plantan semillas contrarias que van creciendo e intentando adueñarse del terreno. El uno trabaja de día, el otro de noche. Esta Palabra nos refleja lo que “es propio del Espíritu de Dios” frente a lo que sería “el que Divide”, “el Mentiroso” (por usar los términos bíblicos). En lenguaje más actual podríamos decir que se trata de “las intenciones buenas” frente a las “malas intenciones”, las luces y las sombras, las aperturas y cerrazones. A pesar de tener una rica simbología para estas dos situaciones comunes para toda persona, nos falta lenguaje actualmente para suplir expresiones como “el combate cristiano” que aluden a esta oposición dentro de nosotros, a este conflicto inevitable que es interior a la propia persona.
Discernir es “advertir y conocer (estar atentos, ver venir, conocerse, ser conscientes) nuestros movimientos (tendencias en determinadas circunstancias, impulsos, tensiones, preferencias, momentos en los que nos dejamos caer, en que nos abandonamos)”, según Ignacio.
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