No sólo con palabras


Diferente a las cualidades
Julio 28, 2007, 11:01 am
Archivado en: bien y mal, cristiano, gracia, pensamiento

Entiendo que una cualidad es algo maravilloso, o no. Pero en cualquier caso defiene a la persona, porque a la persona como tal no la pueden distinguir “cantidades”. Por eso se requiere que hablemos de algo cualitativo, algo denso, algo que empapa todo. Es necesario  decir esto por muchas razones, aunque no puedo detenerme en su análisis con profundidad.

Pero no es todo lo que podemos decir. Una cualidad personal puede tornarse una experiencia de bondad o de crueldad terrible y maléfica. Esto es costoso de reconocer su tentadora ambigüedad. A Philip Morrison y a Marie Currie una misma cuestión les unía: son personas que han pasado a la historia de la humanidad definidas por una cualidad común, la inteligencia. Pero en un caso y en otro, la persona que dibuja esta “inteligencia” es diferente, y la persona que refleja es igualmente diferente. Esta equivocidad de la cualidad (llamar y tintar de diversos colores la realidad) es por lo tanto evidente, aún cuando en nuestro lenguaje cotidiano algo cualitativo parece siempre bondadoso. El creador de la bomba atómica y la excelente investigadora médica han contribuído de distinta manera a esa historia humana.

Comprendido esto, recuerdo que hay una parábola evangélica en la que Jesús narra cómo dos personas cabalgan buscando un mismo sueño: construir una casa. Ambos disponen de materiales similares y de todo el mundo. Sin embargo asientan sus edificaciones en terrenos (aun teniendo todo el mundo) dispares: por un lado la arena, por otro la roca. Matiz sublime: lo débil e incapaz de sostener; lo robusto e impenetrable. Aquí está la maravilla. La cualidad debe ser asentada. Pero siendo roca o arena, se nace.

Aún creyendo que las cualidades definen la persona, no podemos decir lo mismo (ni análogamente siquiera) de Dios. A Dios no le definen cualidades en la misma medida que a los hombres, puesto que su ser no puede negarse a sí mismo. Aquello que Dios es se muestra como huella en las personas dejando en éstas un hálito (aliento, espíritu) potente de vida, que algunos interpretan como cualidad pero va más allá de ellas, porque tiene vida por sí misma. Este don de Dios es vida de Dios en el corazón de las personas, que nunca cejará de la lucha por la bondad, la belleza, la verdad y la unidad. Explicada la diferencia, viene ahora la invitación: encuentra en tus cualidades aquello invariable que te mantiene unido a Dios, que te hace buscar la justicia y la paz, que está al servicio de los demás y los débiles… Quien construye sobre roca, no verá derribada su vida. Pase lo que pase, lo construido se mantendrá a pesar de los zarandeos, de las incomprensiones, de las luchas… No soy yo, es Cristo que vive en mí.

Descubrir las cualidades no es un ejercicio estúpido, por otro lado. Quien se asombra ante la belleza de sí mismo es como un genio capaz de las mejores fórmulas matemáticas, o el mejor de los pintores, o el escritor más locuaz. Conocer las propias cualidades (y su inevitable tendencia a la ambigüedad) es una llamada permanente a cuidad de sí mismo, a estar atento para no desaprovecharse y perderse. Es un grito hacia la responsabilidad.

Un saludo.



Gratuidad
Julio 28, 2007, 8:04 am
Archivado en: cristiano, gracia, pensamiento

Qué palabra más rara para iniciar un texto de este estilo. Pero tiene su sentido. Es más, creo que la mayor parte de las cosas que ocurren bajo el sol tienen su sentido, reflejo de aquello que yace -no muerto, sino en reposo y tranquilidad- más allá de él. Ya me he repetido varias veces, y es una cosa que quienes se esfuerzan por aprender a escribir tienen que evitar. A mí en cambio me encanta recrearme en este monosílabo: “más“. Porque creo -y sé que vuelvo a caer en el mismo error de los expertos literatos, pero ciertamente creo y confío- que hay muchos “más” en la existencia de aquellos “menos” en los que siempre nos detenemos. Son detalles, suspiros y momentos históricamente insustituibles. Hay un “más” entre todos los “más” que me resulta especialmente luminoso: “el más del amor“.

Algún avispado lector, si los hubiera, que continúe a estas alturas con la vista pegada a las letras y conserve al mismo tiempo una singular memoria, puede percatarse de que el título que ofrezco no ha vuelto a surgir ni una sóla vez en estas líneas. El avispado lector me lo haría saber. Pero sólo el sabio, esto es, quien está dispuesto a aprender porque sabe con la sabiduría y lógica implacable de Sócrates, puede constatar su hilazón profunda. No hay más que decir, porque el “más” del amor se revela de forma tremenda y fascinante en la gratuidad.

Si alguien quiere saber “más”, pregúntele a su experiencia, porque una vida que no es pensada no merece la pena ser vivida.



No es mitad y mitad
Julio 28, 2007, 7:21 am
Archivado en: bien y mal, cristiano

El gozo que se muestra cuando contemplamos una obra bien hecha tiene muchos rostros. Tan pronto nos alegramos y saltamos de júbilo, como nos dedicamos a felicitarnos a nosotros mismos y deseamos que toda persona se entere. Es una buena obra, una acción bella, una única acción hecha y ha sido espléndida. Y así caminamos.

Pero no ocurre lo mismo con otros momentos en los que nos descubrimos inmersos en columnas de fuego o batallas que no comenzamos sin saber bien cómo o quién es debe hacerse responsable de la lucha. Al mismo tiempo, porque somos personas y por ende imperfectos, que contamos nuestra grandísima y bellísima acción, vamos cayendo en la cuenta de su terrible mediocridad. Siempre a caballo, siempre sin terminar del todo, nunca plena, siempre mejorable, siempre a distancia del bien e incapaz de identificarse con el bien mismo. Al terminar la obra, justo en ese momento, somos capaces de decirnos y decir que esto no es todo cuanto podríamos haber acometido con decisión y voluntad.

Y es el misterio de las personas. Todas sus acciones y su vida entera es mediocre e inconfundiblemente intermedia (entre el bien y el mal).

Pero no sólo eso. Si hemos comenzado de esta manera es porque también somos sinceros y verdaderos, no hemos sido engañados en esto, cuando nos percatamos de la bondad de nuestra vida. No será el bien mismo, ni la plenitud humana, pero sí participa misericordemente de lo bueno, lo bello, lo verdadero y lo único. Sí, es cierto. Y cada vez que decimos esto, algo se nos revuelve por dentro al contemplar nuestra capacidad receptora y perceptora respeto a lo más excelso de la existencia.

Pero no es mitad y mitad. Junto a estas semillas han sido sembradas otras diferentes de otros frutos de maldad, de fealdad, de mentira y de dispersión. Y al mirarnos, también hay quienes aprehenden esta realidad: todo puede sucumbir ante la fragilidad de nuestra primera percepción.

Dos cuestiones finales: hay quienes miran y lo ven todo vacío o lleno, y no es ninguna de las dos cosas; y lo mejor de la existencia (no su condena) es la libertad que nace de la cualidad humana que se deriva de la intermediaridad (contemplar siempre a distancia el bien y el mal, pero sufrir en parte su acción y nuestra participación en sus designios). Así es nuestra vida, quien lo niegue quedándose con una de las partes, ha ahorcado sin piedad parte de lo que él es (y lo ha hecho antes de tiempo).

Ser sabios es reconocer que nunca es mitad y mitad. Siempre es sublimente más bello el bien, y el mal nunca puede quebrar del todo la bondad. ¿De qué lado estás? ¿De los que se preocupan por acrecentar el bien, o de quienes andan estimando que el mal debe ser derrocado? Cada día tiene su afán. El nuestro es vivir entre ambos, y sufrir esta mediocridad apostando cada vez con más empeño del lado de lo mejor.

Un saludo.